El hombre amable (Freeman 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Esta vez sí fue a la policía.

Llegó con el periódico doblado dentro del bolso y pasó los primeros minutos intentando convencerse de que estaba exagerando.

La recibió Simmons.

Ana todavía no sabía quién era.

Solo vio a una mujer de pelo corto, con varias carpetas sobre la mesa y el cansancio de quien había escuchado demasiadas historias aquella semana.

—¿Qué puedo hacer por usted?

Ana sacó el periódico.

—Vengo por esto.

Simmons miró la portada.

—¿Ha visto al hombre?

—Creo que sí.

La forma en que Simmons dejó el bolígrafo cambió ligeramente.

—Cuénteme.

Ana empezó mal.

Disculpándose.

—Seguramente no es nada.

—Eso déjeme decidirlo a mí.

—Es que no quiero hacerle perder el tiempo.

—Cuéntemelo igual.

Ana respiró.

Contó lo de la moneda.

Después lo del coche.

La llave.

La segunda coincidencia.

Simmons escribía.

No parecía impresionada.

Hasta que Ana llegó al final.

—Y cuando se fue me dijo «Cuídese, Ana».

El bolígrafo dejó de moverse.

Simmons levantó la vista.

—¿Le había dicho usted su nombre?

—No.

—¿Está segura?

—He intentado acordarme de todas las maneras posibles.

Ana tragó saliva.

—Estoy segura.

Simmons cerró la libreta.

—¿Recuerda el coche?

—Sí.

—¿Color?

—Gris.

Hubo un cambio casi imperceptible en la cara de Simmons.

—¿Cuatro puertas?

Ana frunció el ceño.

—Sí.

Simmons se levantó.

—Espere aquí.

—¿Qué pasa?

—Un momento.

Cruzó la sala.

Ana la vio llegar hasta un despacho y hablar desde la puerta.

El hombre que estaba dentro levantó la cabeza.

Después se puso de pie.

En menos de un minuto había tres personas alrededor de Ana.

El hombre grande y cansado se presentó como Reynolds.

Arrastró una silla y se sentó frente a ella.

No tan cerca como para incomodarla.

—Soy el detective Reynolds. Quiero que vuelva a contármelo desde el principio.

Ana miró a Simmons.

—¿He dicho algo importante?

—Puede que sí —dijo Reynolds.

—¿El qué?

Reynolds apoyó las manos sobre las rodillas.

—Llevamos tiempo intentando identificar a un hombre que aparece alrededor de varias desapariciones.

Ana miró el periódico.

—Entonces es él.

—Todavía no sabemos eso.

La respuesta la sorprendió.

Reynolds continuó:

—Pero lo que usted acaba de contar coincide con varias cosas que llevamos meses intentando aclarar.

—¿Cuántas mujeres?

Reynolds no contestó inmediatamente.

—Bastantes como para que estemos escuchando con mucha atención lo que usted tiene que decir.

Ana sintió frío.

—Yo estuve con él dos veces.

—Sí.

—A plena luz.

—Sí.

La palabra fue suficiente.

Ana miró sus manos.

Recordó la moneda.

Lo fácil que había sido cogerla.

La segunda vez, las lágrimas.

La frase sobre los meses malos.

—Yo le di las gracias —dijo.

Nadie respondió.

—Dos veces.

Simmons se acercó un poco.

—Ana, escúcheme.

Ana levantó la vista.

—Nada de lo que nos ha contado tenía por qué parecerle peligroso en ese momento.

Ana tragó saliva.

—Pero ustedes creen que sí lo era.

—Creemos que necesitamos saber más.

Reynolds señaló el periódico.

—Y usted puede ayudarnos porque habló con él. Lo vio bien. Estuvo cerca. Recuerda su voz.

Ana volvió a mirar los dibujos.

—Pensé que era buena persona.

—Eso también es importante —dijo Reynolds.

Ella lo miró.

—¿Por qué?

Reynolds tardó un momento en responder.

—Porque necesitamos entender por qué alguien confiaría en él.

Ana no dijo nada.

Aquella pregunta le dolió de una manera distinta.

Porque ella sabía la respuesta.

No completa.

Pero sí la parte que le pertenecía.

Porque había sido amable.

Porque no había pedido nada.

Porque había aparecido precisamente cuando el día era demasiado grande y ella demasiado pequeña para cargarlo sola.

—No parecía que quisiera nada —dijo.

Simmons escribió la frase.

—Eso.

Trabajaron con ella el resto de la tarde.

No fue un interrogatorio.

Más bien una reconstrucción.

Un dibujante fue trazando el rostro mientras Ana corregía detalles.

Los ojos un poco más juntos.

La mandíbula menos marcada.

La sonrisa no tan grande.

—Así.

El hombre del papel terminó pareciéndose al del periódico.

Pero el de Ana tenía algo distinto.

Más cotidiano.

Más fácil de cruzarse en una tienda y olvidar cinco minutos después.

Reynolds puso los dibujos juntos.

No dijo «es él».

Solo los observó.

—Se parecen mucho —dijo Simmons.

Ana señaló uno.

—Este.

—¿Está segura?

—Sí.

Reynolds se quedó mirando el retrato.

—¿Recuerda algo más?

Ana cerró los ojos.

Ropa normal.

Manos cuidadas.

No llevaba anillos.

No recordaba perfume.

—Olía a limpio —dijo.

Simmons levantó la vista.

—¿A limpio?

—A nada, casi.

Ana siguió buscando.

Entonces recordó.

—Una cosa.

—Diga.

—La segunda vez miró su muñeca.

Reynolds no se movió.

—¿Llevaba reloj?

Ana pensó.

—No.

Simmons y Reynolds se miraron.

Ana lo vio.

—¿Qué?

Reynolds negó.

—Siga.

—No hay más.

Después de un momento añadió:

—Eso creo.

Cuando terminaron, Ana estaba agotada.

El dibujo quedó sobre la mesa.

Por primera vez desde que había entrado, Reynolds parecía menos tenso.

No satisfecho.

Solo como si una parte borrosa de algo hubiera adquirido contorno.

—Nos ha ayudado mucho —dijo.

Ana guardó el bolso.

—¿Voy a estar segura?

Reynolds no contestó enseguida.

Y Ana agradeció que no lo hiciera.

Prefería una duda verdadera a una mentira tranquilizadora.

—No puedo prometerle eso.

Simmons miró hacia él.

Reynolds continuó:

—Pero ahora sabemos quién es usted. Sabemos que ese hombre estuvo cerca de usted y sabemos que conoce su nombre. Si ocurre cualquier cosa extraña, aunque le parezca una tontería, nos llama.

Le dio una tarjeta.

Ana la cogió.

—¿Cree que volverá?

—No lo sé.

Otra respuesta que no intentaba fingir.

—Pero no vamos a ignorarlo.

Ana guardó la tarjeta.

Antes de levantarse volvió a mirar el retrato.

—No parece malo.

Reynolds siguió la dirección de sus ojos.

—No.

Aquello pareció inquietarle más que si hubiera dicho lo contrario.

Ana llegó a casa cuando empezaba a oscurecer.

Cenó de pie en la cocina.

No tenía hambre, pero comió algo porque últimamente su hermana le preguntaba cada noche si había cenado y Ana estaba cansada de mentir.

Fregó el plato.

Cerró la puerta con llave.

Después volvió a comprobarla.

En la cama no consiguió dormir.

Cada vez que cerraba los ojos veía escenas que hasta aquella mañana habían sido completamente distintas.

La moneda.

El carro.

La llave.

La bolsa pequeña que él llevaba.

Su voz diciendo que los meses malos existen.

Cuídese, Ana.

Dos encuentros que había guardado en la memoria como pequeñas casualidades buenas dentro de un mes horrible.

Ahora ya no sabía qué parte había sido casualidad.

Quizá toda.

Quizá ninguna.

Y esa incertidumbre era peor de lo que había imaginado.

Se giró en la cama.

Intentó recordar si lo había visto antes del día de la moneda.

No pudo.

Intentó recordar dónde podía haber oído su nombre.

Tampoco.

Entonces apareció un recuerdo distinto.

No del hombre.

De ella misma.

La noche después de la segunda vez.

Sentada en el sofá.

Pensando en él.

Ana abrió los ojos.

Se quedó mirando el techo.

Había esperado volver a encontrárselo.

La idea llegó tan clara que le dio vergüenza, aunque no había nadie allí para verla.

Había deseado una tercera coincidencia.

No porque hubiera sido ingenua.

No porque hubiera creído cualquier cosa.

Sino porque, durante unos minutos en un aparcamiento, aquel desconocido había conseguido que volver a verlo pareciera una buena noticia.

Ana se incorporó en la cama.

Y entonces entendió por qué la policía había escuchado con tanta atención cuando dijo que él no parecía querer nada.

Eso era precisamente lo que recordaba.

No la insistencia.

No una amenaza.

No algo extraño que hubiera decidido ignorar.

Todo lo contrario.

La facilidad.

Lo normal.

La ausencia de cualquier motivo para tener miedo.

Hasta que abrió aquel periódico, Ana había estado deseando volver a encontrárselo.

Había esperado una tercera vez.

Y eso era lo que más miedo le daba.