Capítulo 10
Ana llevaba tres semanas divorciada y aún no había aprendido a estar sola sin que le doliera.
Parece una tontería. No lo es.
Uno cree que echará de menos las cosas grandes —la compañía, la cama compartida, los planes— y al final lo que te hunde son las pequeñas: llegar a un aparcamiento y no tener a nadie esperando, hacer la compra para una, sacar el carro tú sola de la fila encadenada de la entrada.
Y para sacar el carro hacía falta una moneda.
Aquella tarde, plantada delante de la hilera bajo la marquesina del centro comercial, Ana descubrió que no llevaba ninguna.
Rebuscó en el monedero.
Nada.
Volvió a mirar, como si una moneda pudiera aparecer por vergüenza.
Nada.
Y sintió subir por el pecho esa cosa caliente y absurda que últimamente le llegaba por cualquier motivo: ganas de llorar en mitad de un aparcamiento por una moneda.
Por una moneda de nada.
—¿Le hace falta suelto?
Ana levantó la vista.
Un hombre.
Cuarenta y pocos, quizá. Camisa clara, limpia. Facciones corrientes. Una forma tranquila de estar allí sin invadir el espacio.
No la miraba como algunos hombres la miraban desde el divorcio, calculando algo.
La miraba como quien simplemente ha visto a alguien que necesita una moneda y tiene una moneda.
—Es que no llevo —dijo Ana, y se odió un poco por la fragilidad de su voz.
—Tenga.
Se la ofreció.
—No hace falta que...
—En serio. A mí me pasa cada semana.
Ana cogió la moneda.
—Se la devuelvo. Espere un momento que...
—No hace falta.
Él ya estaba apartándose.
—Que le vaya bien la tarde.
Y se fue.
Sin preguntar cómo se llamaba.
Sin pedir nada.
Sin esa insistencia que convierte una ayuda pequeña en una deuda.
Ana liberó el carro y entró en el supermercado.
Para cuando llegó a las cajas casi había olvidado al hombre.
Casi.
Le quedó una sensación agradable. Pequeña, pero agradable.
Aquella noche se lo contó incluso a su hermana por teléfono.
—Un señor me ha dado una moneda para el carro y ni siquiera ha querido que se la devolviera.
Su hermana se rió.
—Aún queda gente maja.
—Eso he pensado yo.
No volvió a pensar en él.
Hasta el jueves siguiente.
El jueves siguiente fue peor.
Uno de esos días en que el divorcio no parecía una decisión ni un hecho, sino algo físico que llevaba pegado al cuerpo. Todo pesaba más. La bolsa de la compra. El calor. El camino hasta el coche.
Ana llegó al aparcamiento empujando el carro, guardó las bolsas y sacó las llaves.
La cerradura llevaba semanas dando problemas.
Tendría que haberla arreglado.
Tendría que haber arreglado muchas cosas.
Giró la llave.
Algo cedió.
Ana se quedó mirando el trozo que tenía en la mano.
El resto había quedado dentro de la cerradura.
Durante unos segundos no hizo nada.
Después probó otra vez, como si aquello pudiera deshacerse.
No podía abrir el coche.
No podía llevarse la compra.
No sabía a quién llamar.
Y ese pequeño desastre, precisamente porque era pequeño, terminó de romperle la resistencia del día.
—¿Otra vez usted?
Ana se giró.
Era él.
El hombre de la moneda.
Salía del centro comercial con una bolsa pequeña y se había detenido al reconocerla.
—El de los carros —dijo con una sonrisa—. ¿Qué ha pasado?
Ana miró la llave.
—Se ha partido.
Él se acercó lo justo para mirar.
—Vaya.
Y no hizo lo que ella esperaba.
No dijo que podía llevarla.
No le pidió un teléfono.
No aprovechó el problema para quedarse.
Simplemente intentó ayudar.
Con paciencia y una pequeña herramienta consiguió liberar el fragmento que había quedado atrapado.
Después le devolvió la parte de la llave.
—Con esto debería poder salir del apuro hoy. Pero mañana llame a un cerrajero.
Ana probó.
El coche abrió.
Y aquella tontería fue suficiente.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Perdone —dijo enseguida—. Es que llevo un mes...
Se secó con rabia.
—No me haga caso.
Él no pareció incómodo.
—No pida perdón.
Ana lo miró.
—Los meses malos existen —dijo él—. Y usted parece que lleva uno de los de verdad.
Fue una frase sencilla.
Probablemente cualquiera podía haberla dicho.
Pero Ana llevaba semanas escuchando que tenía que animarse, salir, pasar página, acostumbrarse.
Nadie le había dicho simplemente: sí, esto está siendo difícil.
Asintió.
—Gracias.
—No hay de qué.
Él recogió la bolsa.
—Cuídese, Ana.
Y se alejó.
Ana tardó unos segundos en reaccionar.
Después entró en el coche.
Arrancó.
Condujo hasta casa pensando que, por primera vez en semanas, le había pasado algo bueno.
Una persona decente.
Eso era todo.
Una de esas coincidencias pequeñas que luego uno cuenta para demostrar que el mundo todavía no está completamente perdido.
Fue en el ascensor cuando algo cambió.
Ana miraba su reflejo en la puerta metálica cuando recordó la despedida.
Cuídese, Ana.
Frunció el ceño.
Repasó la conversación.
La moneda.
El coche.
La llave.
No.
No le había dicho su nombre.
Intentó recordar si lo había hecho la primera vez.
Tampoco.
Quizá alguien la había llamado desde lejos.
Quizá llevaba el nombre en alguna tarjeta.
Quizá lo había dicho sin darse cuenta.
El ascensor llegó a su planta.
Ana salió.
—No empieces —se dijo en voz baja.
Últimamente desconfiaba de todo.
Del teléfono cuando sonaba.
De los silencios.
De lo que había querido decir su ex con una frase tres meses antes.
No iba a empezar ahora con un desconocido que le había hecho dos favores.
La gente amable existía.
Tenía que existir.
Abrió la puerta de casa.
Aquella noche durmió mal.
No fue a la policía.
¿Qué iba a decir?
Un hombre le había dado una moneda.
Una semana después la había ayudado con el coche.
Y sabía su nombre.
No era una denuncia.
Era, como mucho, una rareza.
Y Ana estaba cansada de parecer una mujer a la que todo le parecía más grave de lo que era.
Así que lo dejó.
Hasta que vio el periódico.
Fue unos días después, en la sala de espera del médico.
El hombre sentado a su lado tenía el diario abierto por la portada.
Ana vio primero los dibujos.
Dos retratos a carboncillo.
Dos caras colocadas una junto a la otra.
Tardó unos segundos en leer el titular.
Después volvió a las caras.
El periódico decía que dos testigos de lugares distintos habían descrito por separado a un hombre que podía estar relacionado con varias desapariciones.
Un hombre de aspecto corriente.
Educado.
Difícil de recordar.
Mencionaban también un coche gris.
Ana dejó de oír la sala.
—Perdone.
El hombre del periódico levantó la vista.
—¿Sí?
—¿Me lo puede dejar un momento?
—Claro.
Ana cogió el diario.
Acercó la portada.
No necesitaba comparar los dos dibujos entre sí.
Le bastaba con uno.
Los ojos.
La forma de la cara.
La sonrisa breve.
Era él.
El hombre de la moneda.
El hombre que la había ayudado con el coche.
El hombre que sabía su nombre.
Volvió a leer el artículo.
Mujeres desaparecidas.
Distintos condados.
Un hombre que aparecía cerca de ellas sin resultar amenazante.
Ana apretó el periódico con ambas manos.
Y, de pronto, la frase del aparcamiento dejó de sonar amable.
Cuídese, Ana.
Notó cómo se le iba la sangre del cuerpo.