Capítulo 9
Reynolds se enteró por el periódico, como todo el mundo.
Y esa fue la primera humillación.
Brooks lo llevaba en la mano cuando entró. Por cómo lo sujetaba —doblado, apretado, casi arrugado— Reynolds supo que algo iba mal antes de leer una sola línea.
Brooks lo dejó sobre la mesa.
La portada ocupaba cinco columnas.
Dos retratos a carboncillo.
Dos hombres que, a primera vista, parecían el mismo.
Y un titular atravesándolos:
DOS CONDADOS. EL MISMO HOMbrE.
Debajo, más pequeño:
¿QUÉ CONEXIÓN NO HA VISTO LA POLICÍA?
Reynolds no dijo nada durante unos segundos.
Después se sentó.
—No me jodas.
Leyó el artículo entero.
Luego volvió al principio y lo leyó otra vez.
El periodista era joven. Reynolds había visto su nombre un par de veces en sucesos menores, pero nunca había pensado demasiado en él.
Ahora sí.
El chico había empezado con las desapariciones.
No con la investigación policial.
Había hablado con familias, vecinos, compañeros de trabajo. Gente de diferentes condados que nunca había tenido motivo para saber que existían los demás casos.
Y había encontrado dos testigos.
El primero vivía frente al edificio de una de las desaparecidas.
Recordaba un sedán gris estacionado varias veces en la calle durante los días anteriores.
Aquello ya constaba, de forma imprecisa, en el expediente.
Lo que no constaba era que el vecino había visto al conductor más de una vez.
No durante mucho tiempo.
No de cerca.
Pero lo suficiente.
Un hombre de mediana edad.
Pelo castaño.
Correcto.
Nada especialmente memorable.
El periódico había llevado un dibujante.
De aquello había salido el primer rostro.
El segundo testigo pertenecía a otro condado.
Había trabajado cerca de uno de los lugares frecuentados por otra de las mujeres desaparecidas. Recordaba al hombre porque había aparecido varias veces y porque, una tarde, había hablado con ella durante bastante tiempo.
Tampoco sabía su nombre.
Tampoco había pensado que tuviera importancia.
Hasta que el periodista le enseñó las fotografías de las desaparecidas y le preguntó si recordaba a alguien que hubiera aparecido poco antes.
Lo recordó.
Otro dibujante.
Otro retrato.
Dos testimonios obtenidos por separado.
Dos condados.
Dos personas que no se conocían.
Y dos dibujos extraordinariamente parecidos.
Simmons se inclinó sobre la mesa.
—Joder.
Brooks señaló la portada.
—Eso he dicho yo.
Reynolds seguía mirando las caras.
No eran idénticas.
Un retrato policial nunca lo era.
En uno, la mandíbula aparecía algo más marcada.
En el otro, los ojos parecían más juntos.
Pero debajo de las diferencias había algo demasiado parecido para ignorarlo.
La edad.
El pelo.
La forma general de la cara.
La boca.
La expresión tranquila.
Aquella maldita normalidad.
Simmons levantó la cabeza.
—Espera.
Se alejó de la mesa.
Reynolds ya sabía adónde iba.
Volvió con una carpeta.
La abrió.
Sacó una hoja.
Y la colocó entre los dos retratos del periódico.
El dibujo de Frank.
El que Morris había hecho en el Shooters.
Los tres se quedaron mirando.
Tres caras.
Tres testigos distintos.
Tres lugares distintos.
Brooks fue el primero en hablar.
—Es él.
Reynolds no respondió.
Simmons acercó una de las hojas.
—Mira la boca.
Brooks señaló el retrato de Frank.
—Y la línea de la mandíbula.
Reynolds seguía sin decir nada.
Desde que Frank había descrito al hombre del Shooters, tenían una cara.
Lo que no habían tenido hasta ese momento era una razón suficiente para afirmar que aquella cara pertenecía al hombre que empezaba a aparecer alrededor de otros casos.
Ahora tenían algo mucho más importante.
Corroboración.
Frank había visto al hombre salir con Jessy.
Dos personas de otros condados habían descrito, sin conocer el retrato de Frank, una cara muy parecida.
Reynolds tomó el dibujo del Shooters.
Después uno de los del periódico.
Los puso lado a lado.
—No nos han dado una cara —dijo.
Simmons lo miró.
—No.
—Nos han dicho que la nuestra probablemente era la correcta.
Brooks dejó escapar el aire.
—No sé qué es peor.
Reynolds sí.
Que lo supiera todo el estado al mismo tiempo que ellos.
Volvió al artículo.
El periodista había escrito que los departamentos implicados no habían confirmado oficialmente que las desapariciones estuvieran relacionadas.
Eso era cierto.
También había escrito que distintas policías llevaban años guardando expedientes que, vistos juntos, podían formar una serie.
Eso también era cierto.
Después venía la frase que hizo que Reynolds apretara el periódico.
Mientras las distintas jurisdicciones discuten competencias, un mismo hombre podría llevar años atravesando sus fronteras.
—Hijo de puta —murmuró.
—¿Porque miente? —preguntó Brooks.
Reynolds negó.
—Porque escribe mejor que nosotros.
Simmons siguió leyendo.
—Aquí pone que intentó hablar con Broward.
Reynolds levantó la cabeza.
—¿Con quién?
—No lo dice.
—Pues con Wallace no.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque seguiríamos oyéndolo gritar desde aquí.
Brooks miró hacia la puerta.
—Dale tiempo.
Como si lo hubiera invocado, Wallace apareció.
Llevaba otro ejemplar del periódico.
No lo lanzó sobre la mesa.
Eso habría sido mejor.
Lo dejó con mucho cuidado.
—El alcalde.
Nadie habló.
—La fiscal.
Se quitó las gafas.
—Tres jefaturas de otros condados.
Señaló la portada.
—Y un periodista de televisión que quiere saber si tenemos un asesino en serie recorriendo Florida mientras nosotros nos pasamos expedientes por fax.
Brooks bajó la vista.
Wallace miró a Reynolds.
—¿Quiere adivinar cuál es la pregunta favorita de todos?
—Tengo varias candidatas.
—¿Por qué un periódico ha conseguido vincular visualmente a un hombre con tres investigaciones antes de que nosotros hayamos hecho pública una sola fotografía?
Reynolds señaló las hojas.
—Nosotros teníamos el retrato de Frank desde el principio.
—Lo sé.
—Lo que no teníamos era prueba para decir que el de Jessy era el mismo que aparecía en los otros casos.
—También lo sé.
—Pues esa es la respuesta.
Wallace cruzó los brazos.
—Intente contárselo al alcalde en menos de cinco minutos y sin utilizar la palabra jurisdicción.
—¿Cuánto tiempo tengo para practicar?
—Ninguno.
Reynolds volvió a mirar la portada.
—El periodista podía hacer algo que nosotros no.
—¿Qué?
—Ir a cualquier puerta, enseñar fotografías y hacer preguntas sin pedir permiso a nadie.
Wallace no respondió.
—Nosotros estábamos intentando no contaminar testimonios, no convertir una sospecha en un hecho y no anunciar a medio estado que tenemos un asesino sin demostrar siquiera que las veintitrés desapariciones pertenecen al mismo hombre.
—Ya lo sé, Reynolds.
—Pues deje de preguntármelo como si no lo supiera.
Brooks miró discretamente hacia Simmons.
Simmons hizo como si estuviera leyendo.
Wallace sostuvo la mirada de Reynolds.
—No estoy enfadado porque el periodista haya hecho su trabajo.
—Bien.
—Estoy enfadado porque, a partir de esta mañana, nosotros tendremos que hacer el nuestro con todo Florida mirando.
Eso sí cambió algo.
Reynolds bajó la vista al periódico.
Wallace tenía razón.
Hasta ese momento ellos controlaban quién conocía la posible conexión.
Ahora no.
La cara estaba fuera.
Los condados estaban fuera.
Las desapariciones estaban fuera.
Y el hombre, dondequiera que estuviera, podía comprar el mismo periódico.
—¿Qué hacemos? —preguntó Simmons.
Wallace miró a Reynolds.
—Eso mismo quiero saber.
Reynolds observó los tres retratos.
Su primera reacción había sido rabia.
La segunda, vergüenza.
La tercera empezaba a ser otra cosa.
—Lo usamos.
Wallace frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Ya está publicado. No podemos meterlo otra vez en una carpeta.
Tocó los tres dibujos.
—Hasta ayer, la gente no sabía qué cara recordar.
—Ahora tampoco sabemos que sea exacta —dijo Simmons.
—No. Pero tenemos tres aproximaciones independientes que coinciden bastante.
Volvió a mirar el retrato de Frank.
—Y una de ellas viene de un hombre que sabemos que estuvo con Jessy la noche que desapareció.
Brooks entendió.
—Van a llamar.
—Muchos —dijo Reynolds.
—Demasiados —añadió Wallace.
—Sí.
Reynolds cogió una hoja.
—Necesitamos separar desde el principio los «me recuerda a mi cuñado» de la gente que pueda decirnos dónde lo vio, cuándo y por qué lo recuerda.
Wallace asintió.
—Pongo gente con teléfonos.
—Y quiero que todos los condados de la reunión reciban los tres retratos.
—Eso ya lo puedo autorizar.
Reynolds lo miró.
—Milagro.
—No lo estropee.
Las primeras llamadas empezaron antes del mediodía.
Una mujer juraba que el hombre era su dentista.
Un hombre decía que se parecía al vecino de enfrente.
Alguien llamó para acusar a un presentador de televisión.
Otro estaba convencido de que era su cuñado y parecía más interesado en que lo detuvieran por razones familiares que en las desapariciones.
Brooks colgó una llamada y se masajeó la frente.
—Voy a matar al periodista.
—Ponte a la cola —dijo Simmons.
Reynolds no escuchaba.
Había vuelto a poner los tres retratos juntos.
El de Frank en medio.
Los dos del periódico a cada lado.
Tres versiones del mismo rostro posible.
Marty había dicho algo en el Shooters.
Este no tiene dónde agarrarlo.
Ahora Reynolds entendía mejor la frase.
Incluso teniendo tres dibujos delante, le costaba explicar qué debía recordar alguien.
No había una cicatriz.
No había una deformidad.
No había un rasgo que pudiera convertirse en una frase útil.
Hombre blanco.
Cuarenta y pocos.
Pelo castaño.
Rostro corriente.
Podía describir a miles.
—Mark.
Simmons estaba a su lado.
—¿Qué?
—Estás haciendo otra vez lo de mirar el dibujo como si fuera a hablar.
Reynolds señaló las tres hojas.
—Tres personas lo vieron.
—Sí.
—Y las tres recordaron casi la misma cara.
—Sí.
—Eso significa que existe.
Simmons tardó en entender qué quería decir.
No que existiera el hombre.
Eso ya lo sabían.
Que existía una imagen compartida de él.
Algo que podía pasar de un expediente a otro.
Por primera vez, el fantasma empezaba a tener límites.
A última hora de la tarde, Reynolds volvió a leer el artículo.
Ya sin rabia.
El periodista había cometido errores.
Había mezclado sospechas con certezas.
Había escrito como conexión demostrada lo que para ellos seguía siendo una hipótesis.
Pero había hecho algo que la policía todavía no había podido hacer.
Había obligado a dos testigos de dos lugares distintos a recordar al mismo hombre en la misma página.
Y ahora cualquiera que abriera aquel periódico podía mirarlo.
Eso incluía a los testigos que ellos todavía no conocían.
Reynolds dobló el ejemplar.
—¿Sabes cuál es el problema? —dijo.
Simmons levantó la vista.
—Tengo unos cuantos.
—Ahora todo el mundo va a mirar esa cara intentando reconocerla.
—Eso es lo que queremos.
—Sí.
Reynolds guardó el retrato de Frank dentro de la carpeta.
—Pero también él sabe que lo estamos mirando.
Simmons no respondió.
No hacía falta.