Capítulo 8
Empezaron a llegar antes de las ocho, y Reynolds los vio entrar desde la ventana de su despacho, uno por uno, como reses que vuelven solas al mismo abrevadero.
Los reconocía a casi todos, aunque no los hubiera visto en años.
Se les nota a los detectives de homicidios: entran en un sitio nuevo mirando primero las salidas.
Marsh, el veterano —encorvado, con unas gafas de leer colgando de un cordón y las manos ya manchadas por la edad—, llegó de los primeros, con una caja de cartón bajo el brazo y cara de no haber dormido.
Una mujer seca de un condado del sur, Ferro, con un maletín y ni un gramo de conversación.
El de Collier. El de Hendry, el de más edad, que se quedó un momento en el aparcamiento fumando, mirando el edificio como quien calcula si merece la pena entrar.
Vinieron de seis condados, cada uno cargando lo suyo: carpetas atadas con gomas, sobres de fotos, cajas con años de polvo. Cada uno traía a sus víctimas.
No venían por orden de nadie. Wallace había dado una mañana, extraoficial, en la sala grande, y había dejado claro que si aquello se torcía, el que cargaba era Reynolds.
Así que allí estaban, ocho detectives de seis jurisdicciones que no se debían nada, reunidos por una corazonada y un favor personal, con el café malo de la máquina en vasos de plástico, esperando a ver si el tal Reynolds tenía algo o les había hecho perder la mañana.
Reynolds había pasado la noche preparando la pared.
La había forrado entera de corcho, de lado a lado de la sala, y encima había clavado un mapa grande del sur del estado.
El resto lo había dejado vacío a propósito.
Cuando los detectives se sentaron, con sus vasos y su desconfianza, él no encendió ninguna diapositiva ni repartió ningún dosier.
Solo se puso de pie junto a la pared desnuda y dijo:
—Gracias por venir. Sé que ninguno tenéis por qué estar aquí.
Así que no os voy a hacer perder el tiempo con presentaciones.
Vamos a hacer una cosa muy sencilla. —Señaló la pared vacía—.
Cada uno de vosotros ha traído a las suyas.
Las que archivasteis como fugas y no os creísteis.
Id saliendo, de uno en uno, y clavadlas aquí. Con nombre. Nada más. Luego hablamos.
Hubo un silencio incómodo. Nadie quería ser el primero. Después Marsh se levantó, abrió su caja, y clavó una fotografía en una esquina del corcho —la viuda, la de la nota al margen— y escribió el nombre debajo con un rotulador. Volvió a sentarse sin decir nada.
Se levantó Ferro. Clavó tres. Se levantó el de Collier.
El de Hendry sacó de un sobre una foto sola, muy antigua, y la clavó con un cuidado casi tierno, como quien devuelve algo a su sitio después de mucho tiempo.
Y así, uno tras otro, en un silencio que se iba volviendo espeso, la pared empezó a llenarse de caras.
Cuando terminaron y volvieron a sentarse, nadie hablaba. Todos miraban la pared.
Eran veintitrés.
Veintitrés mujeres clavadas en un arco torcido que cruzaba medio estado, mirando a la sala desde el corcho.
Y lo primero que se sintió en aquella habitación no fue triunfo, ni siquiera miedo.
Fue una especie de vértigo. Porque una desaparición suelta, en el archivo de un condado, es una desgracia.
Veintitrés juntas en una pared son otra cosa.
Veintitrés juntas son un patrón. Y todos los que estaban en esa sala sabían leer un patrón, y ninguno había visto nunca uno tan grande.
Reynolds los dejó mirar un rato largo. Dejó que el silencio hiciera el trabajo. Luego se puso al lado de la pared y empezó a hablar, sin levantar la voz, porque no le hacía falta.
—Mirad bien. Tomaos el tiempo. Y decidme qué veis.
—No se parecen —dijo Ferro, al cabo. Fue lo primero que dijo alguien—. En nada.
—En nada —repitió Reynolds—. Seguid.
Y a medida que las miraban, la incomodidad fue creciendo, porque cuanto más las miraban, menos las entendían.
Había una joven afroamericana de veinte años, con una beca.
Al lado, una viuda de más de cincuenta, de buena casa.
Una latina, madre soltera, de treinta y tantos.
Una chica de dieciocho —y varios apartaron la vista de esa—.
Dos mujeres de complexión grande, acostumbradas a pasar inadvertidas.
Y a tres fotos de distancia, dos jóvenes atléticas, fuertes, corredoras, de las que uno pensaría que sabrían defenderse.
—Yo llevo veintiséis años en esto —dijo el de Hendry, despacio, sin levantarse—.
Y lo primero que aprendes es que estos tipos tienen un gusto.
Les van las rubias. O las que hacen la calle.
O las que se parecen a su madre. Siempre hay un tipo.
—Señaló la pared con la barbilla—. Yo ahí no veo un tipo.
Veo una chica de dieciocho y una mujer de más de cincuenta.
Veo dos mujeres de complexión grande y dos atletas.
Veo mujeres blancas, afroamericanas, latinas.
Si me dices que las cogió el mismo hombre, te digo que ese hombre no tiene gusto ninguno.
—O que su gusto no está en el cuerpo —dijo Reynolds.
La frase quedó suspendida en la sala.
—Ese es el nudo —dijo Reynolds.
Miró otra vez la pared.
—Hasta ayer todavía podíamos discutir si estábamos obligando a casos distintos a entrar en la misma historia. Yo ya no lo creo.
Nadie habló.
—No después de ver esto junto. No después de escuchar lo que cada uno encontró por separado. Hay demasiadas coincidencias que nacieron en expedientes distintos y en condados que no se hablaban entre sí.
Señaló las fotografías.
—No estoy diciendo que ya tengamos lo que necesita un fiscal. Estoy diciendo otra cosa.
Miró a los ocho detectives.
—Esto ya es una serie.
Dejó que la frase se asentara.
Después señaló las caras.
—Y ahora tenemos un problema nuevo. No se parecen.
Ferro, que no se alteraba por nada, se removió en la silla.
—Entonces, ¿qué busca? —dijo—. Porque algo busca. Nadie coge a veintitrés al azar. Hay un criterio. Tiene que haberlo.
—Tiene que haberlo —dijo Reynolds.
Miró a Ferro.
—Que nosotros no lo veamos no significa que no exista.
Volvió hacia las fotografías.
—Veintitrés elecciones no son azar. Hay algo que estas mujeres comparten para él.
Brooks miró la pared.
—Pues yo no lo veo.
—Yo tampoco.
Reynolds recorrió las caras una vez más.
—Y esa es ahora la pregunta.
Marsh levantó la cabeza.
—¿Por qué ellas?
Reynolds asintió.
—Por qué ellas.
Silencio. Un silencio distinto del de antes. Ya no era desconfianza. Era el silencio de ocho detectives que acababan de entender, todos a la vez, que llevaban años guardando cada uno una pieza de la misma pesadilla, y que la pesadilla era mucho más grande de lo que ninguno había imaginado solo.
El de Hendry apagó el cigarrillo que ni siquiera debería haber encendido dentro.
—Está bien, Reynolds —dijo, mirando la pared—. Cuenta conmigo. Con lo mío y con lo que haga falta. —Miró a los demás—. Yo no me vuelvo a mi condado a dormir tranquilo después de haber visto esta pared.
Uno a uno, los demás asintieron. Nadie lo dijo en voz alta, pero algo se había sellado en aquella sala: dejaban de ser ocho detectives de seis condados y pasaban a ser una sola cosa, apuntando por primera vez a un solo hombre.
—Bien —dijo Reynolds. Pero no sonó a victoria, y él fue el primero en saber por qué.
Porque tenía la pared. Tenía las veintitrés juntas, tenía a los detectives, tenía por fin el patrón que llevaba meses persiguiendo.
Y delante de todo eso, mirándolo de frente, seguía sin entender nada.
Sabía qué había hecho el hombre. No sabía quién era.
No sabía cómo elegía, ni cómo miraba, ni qué veía en una chica de dieciocho y en una viuda de cincuenta que le dijera «esta sí».
Tenía por primera vez el mapa de la serie y ni una sola ventana a la cabeza del hombre que había detrás.
—Tenemos las desapariciones —dijo, más despacio, casi para sí—.
Tenemos el mapa. Tenemos el coche, la manera, el hombre amable.
Y no nos sirve de nada, porque todo eso nos dice lo que hizo, y nada de lo que es.
—Se volvió hacia la sala—. Podemos repartirnos el trabajo, volver cada uno a su condado, releer cada expediente.
Y os digo desde ya lo que vamos a encontrar: más de lo mismo.
Más coche gris. Más hombre amable sin cara.
Más pared. —Miró las veintitrés—. Lo que necesitamos no es más de lo que hizo.
Necesitamos a alguien que sepa leer por qué.
Alguien que se meta en una cabeza así y salga a contarlo.
Que mire a estas veintitrés y vea lo que él vio.
Porque yo no lo veo. Ninguno de nosotros lo ve.
Y hasta que alguien no nos lo enseñe, vamos a seguir llegando tarde.
Una mujer tarde. Siempre una mujer tarde.
Nadie contestó. No había respuesta en esa sala. Ocho detectives de homicidios, con más de un siglo de oficio sumado entre todos, y ninguno sabía hacer lo que Reynolds acababa de pedir. Leer al hombre. Pensar como él.
Se repartieron el trabajo, cerraron sus cajas, y fueron saliendo de uno en uno hacia sus condados, cada uno con la promesa de volver a mirar a las desaparecidas de sus casos con ojos nuevos. Reynolds se quedó el último, solo en la sala, delante de la pared.
Veintitrés mujeres lo miraban desde el corcho, en silencio, esperando que alguien por fin supiera verlas.
Reynolds miró cada cara, una por una, buscando lo que las unía.
Y no lo encontró.