Capítulo 7
Después de Marsh, Reynolds ya no llamó por si acaso. Llamó sabiendo qué preguntar.
Cambió la manera de hacerlo, incluso la voz. Ya no pedía disculpas por molestar ni tanteaba con rodeos. Cerraba la puerta del despacho para que Wallace no oyera cada llamada, apoyaba una lista de números escritos a mano en el reverso de un atestado y preguntaba directamente:
—¿Tiene algún caso que nunca terminara de creerse?
Al principio, la pregunta desconcertaba.
—¿Creerme qué?
—La explicación con la que acabó cerrado.
Y después esperaba.
Funcionaba.
No siempre.
Pero lo suficiente.
Hendry fue el primero aquella mañana.
Contestó una mujer con una voz lenta y cansada.
—Detective Reynolds, Broward.
—Sí.
—Estoy revisando desapariciones antiguas de mujeres adultas. Casos sin cuerpo, sin indicios claros de violencia, que terminaron archivados como marcha voluntaria.
—Tenemos unos cuantos.
—No necesito todos.
Reynolds miró la frase que había escrito la noche anterior.
—Necesito los que a ustedes mismos nunca les terminaron de cuadrar.
Al otro lado hubo silencio.
Después:
—Espere.
Reynolds sonrió.
Simmons lo vio desde la mesa de enfrente.
—¿Otra?
Él levantó un dedo.
La mujer volvió.
—Tengo dos.
Reynolds dejó el bolígrafo preparado.
—Cuénteme.
La primera era Rachel Soto.
Camarera en un local de carretera.
Había desaparecido cuatro años atrás.
Vivía sola.
No había dejado nota.
No faltaba equipaje suficiente para pensar en una mudanza.
Una compañera recordó que, durante la semana anterior, un hombre la había ayudado un par de veces con unas cajas pesadas.
Nada más.
No conocían el nombre.
No tenían una descripción útil.
—¿Cómo lo describió la compañera? —preguntó Reynolds.
La detective buscó.
—Aquí pone: «educado». Y... espere.
Pasó una hoja.
—«Muy dispuesto a ayudar».
Reynolds escribió.
RACHEL SOTO — HOMbrE NUEVO / AYUDA
—¿Coche?
—Un vecino mencionó uno gris.
Reynolds dejó de escribir.
—¿Seguro?
—Seguro de que lo mencionó. No de que tuviera relación.
—Eso me sirve más.
La mujer pareció entender el tono.
—La segunda es Teresa Lang.
Maestra de guardería.
Recién separada.
Había contado a una compañera que hablaba a veces con un hombre en un parque cercano al trabajo. Él decía tener una hija con problemas para leer.
Teresa le daba consejos.
Habían vuelto a coincidir.
—¿Alguna persona lo vio?
—No bien.
—¿Nombre?
—No.
—¿Vehículo?
—Nada.
Reynolds escribió también su nombre.
No sabía todavía si aquellas dos fotografías acabarían en la pared.
Pero quería verlas.
—Mándeme los expedientes.
—¿Los dos?
—Completos.
—Le aviso de una cosa, detective.
—Dígame.
—Pueden no tener absolutamente nada que ver con lo que usted busca.
—Eso espero descubrir después de leerlos.
—Bien.
Colgó.
Simmons se acercó.
—¿Cuántas?
—Dos.
—¿Buenas?
Reynolds la miró.
—Desapariciones no son buenas.
—Sabes a qué me refiero.
—Lo sé.
Le pasó las notas.
—Rachel tiene un hombre que ayuda y un coche gris mencionado por un vecino. Teresa tiene un hombre nuevo con una historia sobre una hija.
Simmons leyó.
—¿Y tú qué ves?
—Dos expedientes que quiero leer.
—Te estás poniendo insoportablemente prudente.
—Me estoy haciendo mayor.
—No exageremos.
Glades llegó veinte minutos después.
Megan Ruiz.
Vivía sola en un tráiler en Moore Haven.
La denuncia la había presentado el hombre para el que limpiaba casas después de que faltara varios días seguidos.
Una amiga recordó que, poco antes, Megan había contado una anécdota sobre un desconocido que se había parado cuando tuvo un problema con el coche.
La ayudó.
Hablaron.
Nada especialmente extraño.
Nada que, leído dentro de un solo expediente, obligara a pensar en nada más.
—¿Descripción?
—Mala.
—¿Coche?
—No.
Reynolds anotó el nombre.
—Mándemela.
La tercera llamada útil fue Collier.
Un detective mayor respondió después de varios tonos.
—Donna Wheeler —dijo cuando Reynolds terminó de explicar lo que buscaba—. Hace tres años.
—¿Qué pasó?
—Eso es justo lo que nunca supimos.
—¿Se archivó?
—Sí.
—¿Usted estuvo de acuerdo?
Silencio.
—No del todo.
Reynolds dejó de escribir.
Aquella frase empezaba a importarle más que cualquier coche.
—Cuénteme.
Donna vivía sola.
Trabajaba en una tienda pequeña.
No había dejado cartas.
No había sacado dinero de la cuenta después de desaparecer.
No tenía pareja conocida.
El detective había pasado semanas convencido de que había algo que no entendía.
Después el caso perdió horas.
Luego perdió prioridad.
Finalmente perdió espacio.
—¿Alguna persona nueva? —preguntó Reynolds.
—Puede.
—¿Puede?
—Hay una declaración. Una compañera de trabajo recuerda que Donna habló de un hombre que había conocido poco antes. No sé dónde. Aquí no lo especifica.
—¿Qué decía de él?
El detective buscó.
—«Muy correcto».
Reynolds escribió.
DONNA WHEELER — HOMbrE NUEVO / CORRECTO
Miró el corcho.
Todavía no había clavado ninguna.
—Mándemela.
La máquina de fax empezó a trabajar antes del mediodía.
Chirriaba.
Se atascaba.
Escupía páginas torcidas y calientes.
Cada hoja era una mujer.
Brooks apareció con un café y se quedó observándola.
—Parece que se está muriendo.
—Está trabajando.
—Entonces entiendo cómo se siente.
Simmons arrancó la primera hoja.
Rachel Soto.
Una fotografía pequeña.
Sonrisa cansada.
Reynolds la tomó.
Después llegó Teresa.
Megan.
Donna.
Las fueron colocando sobre la mesa.
No en la pared todavía.
Primero leyeron.
Horas.
Declaraciones.
Notas.
Entrevistas que nadie había vuelto a tocar en años.
El sedán gris no aparecía en todos.
El hombre tampoco.
Y cuando aparecía, nunca lo hacía exactamente igual.
A Rachel la habían ayudado con unas cajas.
Teresa daba consejos sobre una supuesta hija.
Megan había recibido ayuda con el coche.
Donna hablaba de alguien correcto.
Reynolds no subrayó la palabra mismo en ninguna parte.
Porque todavía no podía.
A primera hora de la tarde, Simmons dejó una carpeta sobre la mesa.
—Hay algo aquí.
Reynolds levantó la vista.
—¿Qué?
Ella señaló los expedientes.
—No sé si tiene que ver con ese hombre.
—Eso ya es una mejora viniendo de ti.
—Cállate y mira.
Colocó Rachel sobre la mesa.
—Hendry.
Teresa al lado.
—Hendry otra vez.
Después Megan.
—Glades.
Donna.
—Collier.
Y finalmente la viuda de Marsh.
—Otro condado.
Reynolds la observó.
—¿Y?
Simmons señaló las carpetas.
—Cada una estaba sola.
—Eso ya lo sabíamos.
—No. Cada desaparición estaba sola.
Reynolds dejó el bolígrafo.
Simmons continuó:
—Un detective tenía una mujer que no volvía a casa. Otro tenía una joven que dejó de presentarse al trabajo. Otro, una viuda que aparentemente podía haberse ido de viaje.
Tocó las carpetas.
—Ninguno sabía que los demás tenían algo parecido.
Brooks se acercó.
—Porque nadie estaba comparando.
—Exactamente.
Simmons miró el corcho.
—No sé por qué desaparecieron estas mujeres. Y desde luego no sé por qué las habría elegido alguien.
Reynolds esperó.
—Pero sí empiezo a entender por qué nadie las juntó.
Aquello le interesó.
—Sigue.
—Cada caso era demasiado pequeño por separado.
—O demasiado distinto —dijo Brooks.
Simmons asintió.
—Una camarera. Una maestra. Una mujer que limpia casas. Una viuda. Diferentes edades, diferentes pueblos, diferentes policías.
Reynolds miró las fotos.
—Cada detective tenía una pieza.
—Sin saber que existían las otras.
Brooks contempló la mesa.
—Entonces no había dibujo.
Simmons negó.
—No había forma de verlo.
Reynolds se levantó.
Cogió la fotografía de Rachel.
La clavó.
Después Teresa.
Megan.
Donna.
Finalmente la viuda de Marsh.
Cinco nuevas.
Junto a Jessy, Marga, Alicia y Perla.
Nueve.
Brooks se quedó mirando.
—Nueve.
Nadie respondió.
—Esta mañana teníamos cuatro.
—Cinco si cuentas la de Marsh —dijo Simmons.
—Esta mañana no estaba en la pared.
—Porque Mark ahora necesita permiso de Dios para poner una chincheta.
Reynolds siguió mirando las nueve fotografías.
Brooks contempló las nueve fotografías.
—Entonces ¿qué tenemos?
Reynolds miró la pared.
—Nueve desapariciones que estaban en cajas distintas y que ya no pienso investigar como si no pudieran hablarse entre ellas.
Simmons señaló los expedientes.
—Eso sí podemos decirlo.
—Y podemos hacer otra cosa —dijo Reynolds.
—¿Cuál?
—Poner a los detectives que guardaron esas cajas en la misma habitación.
Brooks miró el corcho.
—¿Y si no hay nada?
Reynolds cogió otra carpeta.
—Entonces habremos perdido una mañana.
Simmons lo conocía demasiado bien.
—No crees eso.
—Ni por un segundo.
Reynolds señaló las carpetas.
—Pero sabemos qué nos ha impedido verlas juntas.
Simmons miró el mapa.
—Las fronteras.
Reynolds negó.
—Las cajas.
Fue después, revisando otra vez las declaraciones, cuando empezó a aparecer algo más.
No en todas.
Ni siquiera en la mayoría.
Pero sí lo bastante para que Reynolds empezara a marcarlo.
Un hombre.
No descrito como amenazante.
Al contrario.
Correcto.
Agradable.
Dispuesto a ayudar.
Alguien que entraba en una conversación y parecía no dejar nada detrás.
Reynolds fue marcando las palabras que se repetían.
Educado.
Correcto.
Dispuesto a ayudar.
Al llegar a la tercera declaración apretó tanto el bolígrafo que la punta rasgó ligeramente el papel.
Brooks se inclinó sobre él.
—¿Crees que es el mismo?
Reynolds leyó otra declaración.
—No lo sé.
—Pero lo estás pensando.
—Estoy pensando que quiero saber si puede serlo.
—Eso es básicamente pensar que es el mismo con corbata.
Simmons negó.
—No.
Brooks la miró.
Ella señaló los expedientes.
—Si fuera el mismo hombre, tendría sentido que cada testigo lo describiera distinto. No porque cambie él, sino porque cambia la situación.
Reynolds la miró.
—Eso sí es una hipótesis.
—Lo sé.
—Estoy orgulloso.
—No te acostumbres.
Wallace entró sin llamar, con esa calma suya que cortaba más que un grito.
Se quedó mirando el corcho durante unos segundos antes de hablar.
—A ver si lo he entendido.
Reynolds se preparó.
—Se ha pasado usted la mañana llamando a media Florida.
—No a media Florida.
Wallace levantó una mano.
—No me obligue a ampliar la frase.
Reynolds cerró la boca.
Wallace señaló las fotografías.
—Y ahora tengo nueve mujeres en una pared.
—Nueve desapariciones.
—¿Eso cree que mejora la situación?
—La hace más exacta.
Wallace se acercó.
—¿Y cuál es la gran conexión?
Reynolds señaló los expedientes.
—En varias aparece una persona nueva poco antes de desaparecer.
—¿Una persona nueva?
—Un hombre.
Wallace lo miró.
—Claro.
—En unos casos ayuda. En otros escucha. En otro pide consejo.
—¿Descripción?
—Mala.
—¿Nombre?
—No.
—¿Matrícula?
—No.
Wallace hizo un gesto hacia el corcho.
—Entonces tenemos... ¿amabilidad?
Reynolds ya conocía aquella expresión.
—No empiece.
—No, no. Quiero entenderlo. ¿La gran pista es que alguien fue amable con ellas?
—No he dicho eso.
—Todos son amables después —dijo Wallace—. Pregunte a cualquier vecino de cualquier tipo detenido por cualquier barbaridad. «Era tan educado. Siempre saludaba». La amabilidad no es una huella dactilar, Reynolds.
Señaló las fotografías.
—Yo también tengo coche gris.
Reynolds esperó.
Wallace abrió los brazos.
—Y soy amable.
Reynolds levantó lentamente la vista.
—Perdone. ¿Que usted es qué?
—Amable.
—No, sí, le he oído. Estoy procesándolo.
Brooks bajó la cabeza.
Simmons ya estaba mirando hacia otro lado.
Reynolds continuó:
—Lleva desde las siete sin decir buenos días. Le ha gruñido a la máquina del café. Ayer hizo llorar a la becaria porque grapó un informe por la esquina equivocada.
—Eso no tiene nada que ver.
—Tiene bastante que ver con su definición de amable.
—Yo soy amable por dentro.
—Ah. Por dentro. —Reynolds asintió despacio—. Como el vecino del sótano.
Wallace lo señaló con el dedo.
—Retire eso.
Brooks se mordió el labio.
Simmons se tapó la boca con una mano.
—Lo retiro —dijo Reynolds.
—No parece.
—Lo estoy retirando por dentro.
Brooks emitió un ruido que convirtió inmediatamente en tos.
Wallace cerró los ojos un momento.
Cuando volvió a abrirlos, señaló el corcho.
—Nueve mujeres.
—Nueve desapariciones —corrigió Reynolds.
Wallace giró la cabeza.
—Como vuelva a corregirme...
Reynolds levantó las manos.
—No sabemos si las nueve son delitos. No sabemos si pertenecen al mismo hombre. Y no sabemos siquiera si todos esos hombres de las declaraciones son uno.
Wallace lo miró con cierta sorpresa.
—Continúe hablando así y un día hasta parecerá detective.
Reynolds ignoró el comentario.
—Pero hace una semana estas fotografías estaban en archivos distintos y ninguno de esos detectives sabía que existían las demás.
Wallace dejó de bromear.
Reynolds señaló la pared.
—Eso sí es un hecho. Marsh llevaba cinco años pensando que había cerrado mal su caso. Hendry tenía dos. Glades otra. Collier otra. Cada uno miraba la suya.
Wallace permaneció callado.
—¿Y qué quiere?
—Ponerlos en la misma habitación.
—¿A quiénes?
—A los detectives. Con sus expedientes.
—¿Para qué?
—Para comprobar si estoy equivocado.
Aquello hizo que Wallace lo mirara de otra manera.
Reynolds continuó:
—Si juntamos los casos y no hay nada, lo dejamos.
—No se lo cree ni usted.
—Probablemente no.
—Reynolds.
—Pero quiero verlos juntos antes de decidir que son lo mismo.
Wallace se acercó al corcho.
Miró una fotografía.
Después otra.
—Por favor, Reynolds, déjeme jubilarme sin que me dé un infarto y me quede sin mi medalla de honor.
—Haré lo que pueda.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
—Como esto sea una de sus corazonadas...
—Lo sé.
—No. No lo sabe.
Wallace señaló la pared.
—Como esto sea verdad, es lo más grande que va a cruzar esta comisaría en veinte años. Y como no lo sea, acaba de convencer a media Florida de que sus desapariciones sin resolver pertenecen a un asesino que no existe.
Miró a Reynolds.
—¿Cuál de las dos cosas es?
Reynolds contempló las nueve fotografías.
—No lo sé todavía.
Wallace siguió la dirección de su mirada.
Pasaron unos segundos.
—Una reunión —dijo al fin.
Reynolds no se movió.
—Extraoficial. En la sala grande. Nada de prensa, nada de comunicados, nada de «asesino en serie». Cada uno trae su expediente y explica lo suyo.
—Eso necesito.
—Eso es lo que le doy.
Wallace empezó a caminar hacia la puerta.
Se detuvo antes de salir.
—Y como esto se filtre antes de que sepamos siquiera si existe un caso, el que va a desaparecer sin dejar rastro es usted.
—Entendido.
Wallace abrió la puerta.
Después se volvió.
—Y sigo siendo amable.
Reynolds bajó la vista hacia los expedientes.
—Por dentro, capitán.
Wallace lo señaló otra vez.
—Ni una palabra más.
Salió.
La puerta se cerró.
Brooks aguantó aproximadamente dos segundos.
—Como el vecino del sótano.
Simmons soltó la carcajada primero.
Reynolds negó con la cabeza y volvió al teléfono.
Todavía quedaban condados por llamar.
Pero ahora la pregunta había cambiado.
Ya no necesitaba que alguien le dijera que tenía el mismo caso.
Solo necesitaba saber si tenía uno que nunca había terminado de entender.
Marcó el siguiente número.
Esperó.
—Soy Reynolds, de Broward —dijo cuando contestaron—. Necesito que venga usted a ver una cosa.
Miró las nueve caras del corcho.
—Y que traiga a las suyas.