El hombre amable (Freeman 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

—A ver, dime cuál es el plan.

Brooks lo dijo sin mala intención, que fue lo que más le dolió.

—En serio, Mark. Tienes un sedán gris y el recuerdo de un crío que cree haber visto una K, quizá dos, y un cero. ¿Qué vas a hacer? ¿Parar todos los coches grises del sur de Florida y preguntarles la hora por si se miran una muñeca sin reloj?

Se encogió de hombros.

—No es un plan. Es una manera de volverte loco.

Reynolds no contestó enseguida.

Sobre el corcho estaban Jessy, Marga, Alicia y Perla.

Cuatro mujeres.

Y, al lado, una cara que apenas servía para distinguir a un hombre de otros miles.

—Tienes razón —dijo al fin.

Brooks levantó las cejas.

—¿Perdón?

—No puedo encontrarlo por el coche.

—Eso sí lo he oído.

—Ni por el retrato. Ni por una K que podría no ser una K.

Reynolds se levantó y fue hasta el corcho.

—Así que voy a dejar de buscarlo a él.

Brooks miró las fotografías.

—Vas a buscar más mujeres.

—Voy a buscar casos.

Simmons levantó la vista desde su mesa.

—Eso ha sonado bastante más sensato.

—Gracias por la confianza.

—No he dicho que lo sea. He dicho que lo parece.

Reynolds señaló las cuatro carpetas.

—Aquí tenemos cuatro desapariciones que, por separado, acabaron explicadas de maneras diferentes. Y en todas hay algo que no terminó de encajar.

—O que ahora te parece que no encaja porque las has puesto juntas —dijo Simmons.

Reynolds asintió.

—También.

Aquello hizo que ella lo mirara.

—¿Quién eres y qué has hecho con Mark Reynolds?

—Estoy intentando que Wallace no me despida antes de llegar al viernes.

Brooks cogió su café.

—Eso sí que es un plan.

Empezó aquella misma mañana.

No llamó preguntando por coches grises.

Ni por hombres amables.

Ni por mujeres relacionadas con un posible asesino.

Llamó preguntando por otra cosa.

Casos cerrados que el propio detective nunca hubiera terminado de creer.

La diferencia parecía pequeña.

No lo era.

En la primera llamada lo mandaron a paseo.

En la segunda, le dijeron que presentara una solicitud formal.

En la tercera, un sargento quiso saber por qué un detective de Broward estaba revisando trabajo ajeno.

En la cuarta, alguien prometió devolverle la llamada.

No lo hizo.

A la sexta, Reynolds dejó el auricular y se frotó los ojos.

—Es como pedir azúcar en casa del vecino con el que no te hablas.

Simmons seguía leyendo un expediente.

—Depende del vecino.

—Nadie quiere decir: «Tengo un caso que cerré y sigo pensando que lo cerré mal».

—Tú tampoco querrías.

—Precisamente.

Volvió a coger el teléfono.

—Entonces deja de preguntarles si lo cerraron mal.

Reynolds se detuvo.

Simmons levantó la vista.

—Pregúntales cuál es el que todavía recuerdan.

Él la miró.

—Eso ha sido bueno.

—Apúntalo. No se repetirá.

Wallace se enteró al día siguiente.

Naturalmente.

Entró con una hoja en la mano y esa calma suya que siempre significaba que alguien iba a pasarlo mal.

—Me han llamado de dos condados.

Reynolds no levantó la vista.

—Buenos días a usted también.

—No intente caerme bien. Ya sabemos que no funciona.

Simmons bajó la cabeza para esconder una sonrisa.

Wallace dejó la hoja sobre la mesa.

—Quieren saber por qué uno de mis detectives está preguntando por desapariciones archivadas fuera de su jurisdicción.

—Porque estoy preguntando por desapariciones archivadas fuera de mi jurisdicción.

Wallace lo miró.

—Cada día es una aventura con usted.

Reynolds dejó el bolígrafo.

—No estoy diciendo que sus casos estén relacionados con los nuestros.

—Eso me tranquiliza muchísimo.

—Estoy preguntando si tienen alguno que nunca terminó de convencerles.

Wallace señaló el corcho.

—Y supongo que casualmente todos acabarán ahí.

—Solo si hay motivos.

—¿Quién decide los motivos?

—De momento, yo.

—Ahí está la parte que me preocupa.

Wallace se acercó a las cuatro fotografías.

Las observó un momento.

—¿Qué tiene realmente?

Reynolds fue contando.

—Cuatro desapariciones sin una explicación convincente. En varias aparece una persona nueva poco antes. No siempre tenemos descripción. No siempre hay coche. No siempre sabemos siquiera si esa persona existió tal como la recuerda el testigo.

Wallace giró la cabeza.

—Eso suena muchísimo menos impresionante que como lo cuenta usted normalmente.

—Estoy madurando.

—No se emocione.

Wallace miró otra vez el corcho.

—Una semana.

Reynolds esperó.

—Extraoficial. No monte un grupo, no llame a la prensa y no diga «asesino en serie» a nadie que pueda repetirlo.

—No pensaba hacerlo.

—Me preocupa más cuando dice eso.

Fue hacia la puerta.

—Y quiero algo mejor que «un hombre agradable» y «un coche gris».

Se detuvo.

—Algo que pueda leer sin preguntarme si llevo treinta años pagando su sueldo para esto.

—Eso reduce mucho mis opciones.

—Una semana, Reynolds.

Salió.

Brooks esperó a que la puerta se cerrara.

—Creo que le caes bien.

—Por dentro —dijo Simmons.

Reynolds la señaló.

—No empecemos.

La llamada útil llegó al día siguiente.

Condado del interior.

Detective Marsh.

La voz parecía pertenecer a un hombre que llevaba demasiados años contestando teléfonos que nunca traían buenas noticias.

Reynolds hizo la pregunta como Simmons había sugerido.

—No busco un tipo concreto de desaparición. Busco una que usted recuerde todavía. Una cuya explicación oficial nunca terminara de creerse.

Al otro lado no hubo respuesta inmediata.

Después:

—¿Cuánto tiempo atrás?

—Lo que usted recuerde.

Otro silencio.

Esta vez Reynolds no lo llenó.

—Tuve una —dijo Marsh.

Reynolds cogió el bolígrafo.

—Cuénteme.

—Cinco años. Quizá algo más. Tendría que sacar la caja.

Oyó una silla.

Un cajón.

Papeles.

—Viuda. Cincuenta y tantos. Vivía sola desde hacía poco. Dinero suficiente. Familia fuera del estado.

Marsh pasó hojas.

—La explicación fue que se había marchado. Viaje, duelo, cambio de vida. La familia tardó en preocuparse porque era el tipo de mujer que podía coger un avión sin pedir permiso a nadie.

—¿Usted se lo creyó?

—No.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Reynolds dejó de escribir.

—¿Por qué?

Marsh tardó.

—Porque dejó demasiadas cosas a medias.

Reynolds miró las cuatro fotografías del corcho.

—Siga.

—Citas. Correspondencia. Una comida con su hermana que llevaba semanas planeando. Cosas pequeñas. Nada que demostrara nada.

Pasó otra hoja.

—Y había una asistenta.

—¿Qué dijo?

—Que la señora estaba distinta las últimas semanas.

Reynolds no dijo nada.

—Más animada. Ilusionada, dijo ella.

El bolígrafo volvió al papel.

—¿Por qué?

—Un hombre.

Reynolds levantó la mirada hacia Simmons.

Ella lo estaba observando.

—¿Nombre?

—No.

—¿Lo vio alguien?

—La asistenta, no. La señora hablaba de él.

Marsh volvió a revisar la carpeta.

—Aquí está. «Caballero». Esa fue la palabra que utilizó. Educado. Tranquilo. La escuchaba.

Reynolds no escribió durante un segundo.

Después sí.

HOMbrE NUEVO — EDUCADO / ESCUCHA

—¿Algo más?

—Un momento.

Más páginas.

Marsh dejó de hablar.

—¿Detective?

—Estoy leyendo una nota mía.

—¿Qué dice?

—Que un vecino mencionó un vehículo estacionado frente a la casa varios días.

Reynolds apretó ligeramente el bolígrafo.

—¿Qué vehículo?

Marsh tardó en responder.

—Gris.

Simmons se puso de pie.

Reynolds levantó una mano hacia ella.

Espera.

—¿La nota relaciona el coche con el hombre?

—No.

—¿El vecino vio al conductor?

—No según esto.

—Entonces no sabemos si tiene que ver.

Marsh soltó una risa seca.

—Está usted haciendo un esfuerzo enorme por fastidiarse su propia teoría.

—Estoy intentando no fabricar una.

Eso pareció gustarle al otro hombre.

—Bien.

Marsh volvió a las hojas.

—La nota dice simplemente: «Vehículo gris estacionado frente al domicilio en días previos. Sin relevancia aparente».

Hizo una pausa.

—Sin relevancia aparente. Eso escribí.

Reynolds miró el corcho.

No sintió triunfo.

Sintió otra cosa.

La desagradable sensación de haber oído una frase conocida en una habitación distinta.

—Quiero leer el expediente completo —dijo.

—Se lo mando.

—No solo esas declaraciones. Todo.

—Todo.

—Y una cosa más.

—Diga.

—No quiero que cambie ninguna nota antes de enviármelo. Ni que vuelva a entrevistar a nadie pensando en mis casos.

Marsh comprendió enseguida.

—No quiere contaminarlo.

—Quiero saber qué había ahí antes de que yo llamara.

Marsh guardó silencio un momento.

—Eso me gusta.

—A mí no demasiado.

—¿Por qué?

Reynolds miró las cuatro fotografías.

—Porque si el expediente dice lo que usted acaba de contarme, tendremos otra pregunta.

—¿Cuál?

—Si llevamos años mirando historias separadas que deberían haberse comparado.

Marsh dejó escapar aire.

—Llevo cinco años pensando en esa mujer.

Reynolds esperó.

—Nunca me creí que se marchara.

No había dramatismo en la voz.

Solo cansancio.

—No quiero que me diga que tenía razón —continuó Marsh—. Quiero saber qué pasó.

Reynolds asintió aunque el otro no pudiera verlo.

—Yo también.

Cuando colgó, Simmons ya estaba a su lado.

Brooks había dejado el café.

—Bueno —dijo—. Eso sí es algo.

Reynolds negó.

—Es un expediente que todavía no hemos leído.

Brooks abrió los brazos.

—Un hombre nuevo. Educado. Escucha. Coche gris.

—Un coche gris que no sabemos si era suyo.

—Te odio cuando haces esto.

—Lo sé.

Simmons cogió las notas.

—Pero hay una diferencia.

Reynolds la miró.

—Marsh dijo todo eso antes de saber lo que tenemos nosotros.

Reynolds asintió.

No habían llamado diciendo:

Busque un hombre amable.

No habían preguntado:

¿Había un coche gris?

Marsh había abierto una caja vieja y había encontrado las palabras solo.

Brooks miró el corcho.

—Entonces ¿la ponemos?

Reynolds observó el espacio junto a Perla.

—Todavía no.

—¿En serio?

—Cuando llegue el expediente.

Simmons sonrió.

—Definitivamente te estás haciendo mayor.

El fax empezó a trabajar poco después.

La primera hoja llegó torcida.

Después otra.

Después la fotografía.

Una mujer de cincuenta y tantos, bien peinada, mirando a la cámara con una sonrisa pequeña.

Reynolds la dejó sobre la mesa.

No la clavó.

Leyeron.

Durante casi una hora.

La historia de Marsh era correcta.

Pero también había cosas que no encajaban con las cuatro de Broward.

La mujer tenía dinero.

Viajaba.

Tenía familia.

No vivía como Marga.

No tenía la edad de Alicia.

No existía ningún testigo que hubiera visto al hombre.

El coche podía no tener absolutamente nada que ver.

Y, aun así, allí estaban aquellas palabras.

Caballero.

Educado.

La escuchaba.

Simmons dejó el expediente.

—¿Ahora?

Reynolds cogió la fotografía.

La llevó al corcho.

La colocó junto a las otras cuatro.

Cinco.

Brooks la contempló.

—¿Qué significa?

Reynolds retrocedió.

—Que tenemos cinco desapariciones que merecen mirarse juntas.

—Eso no suena muy emocionante.

—Perfecto.

Simmons se acercó.

—¿Y ahora qué?

Reynolds miró las cinco caras.

Después el teléfono.

Cogió una hoja en blanco.

En la parte superior escribió:

NO PREGUNTAR SI TIENEN MI CASO.

Debajo:

PREGUNTAR CUÁL ES EL SUYO QUE NUNCA TERMINARON DE CREERSE.

Brooks leyó por encima de su hombro.

—¿Eso es todo?

Reynolds cogió otra vez el teléfono.

—De momento.

Marcó el siguiente número.

Esta vez ya sabía qué preguntar.