El hombre amable (Freeman 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Wallace no le había dado un equipo, ni una orden ni recursos.

Le había dado margen.

Y ahora Reynolds tenía una cara.

El problema era que aquella cara no le decía dónde buscar.

El retrato de Frank llevaba toda la mañana clavado entre Jessy y Marga: un hombre de unos cuarenta años, pelo castaño, facciones corrientes, sonrisa fácil.

Una cara que tres empleados del Shooters aseguraban no reconocer y que, sin embargo, había conseguido convencer a Jessy de que aquel era su bar.

Reynolds llevaba casi una hora mirándolo cuando Simmons dejó una carpeta sobre su mesa.

—No va a cambiar.

—¿El qué?

—La cara.

Reynolds apartó la vista del corcho.

—Ya.

—La llevas mirando desde las ocho.

—Estoy esperando que haga algo útil.

—Avísame si habla.

Reynolds volvió a mirar el dibujo.

Un hombre sin nombre.

Un coche gris.

Una matrícula recordada a trozos.

Y dos mujeres desaparecidas que quizá ni siquiera pertenecieran a la misma historia.

Así no iba a encontrarlo.

Necesitaba más.

No más sobre él.

Más mujeres.

Cogió la chaqueta.

—Vamos abajo.

—¿Abajo dónde?

—Al archivo.

Simmons lo miró.

—Eso suena peor que la calle.

—Probablemente.

El archivo ocupaba una sala larga en el sótano, entre estanterías metálicas y cajas que olían a papel viejo, humedad y años sin preguntas.

Simmons miró las filas.

—¿Qué buscas exactamente?

Reynolds arrastró una silla hasta la mesa del fondo, bajo el único fluorescente que no parpadeaba.

—Marga no era nuestra. Llegó porque alguien decidió pasarme el informe.

—Sí.

—Y si nadie me lo hubiera pasado, seguiría en una caja de otro condado.

Simmons entendió.

—Quieres buscar más cajas.

—Quiero saber cuántas mujeres se fueron sin que nadie supiera por qué.

—Eso son cientos de expedientes.

—Entonces empezamos por los que más se parecen a esto.

Sacó la carpeta de Jessy.

Después la de Marga.

—Mujeres que desaparecen sin preparar una marcha. Sin equipaje. Sin una explicación clara. Casos cerrados como fugas porque no había nada mejor que escribir.

Simmons miró las estanterías.

—¿Cuántos años?

—Los últimos cinco, para empezar.

—«Para empezar».

—Puedes irte a casa.

Ella cogió una caja.

—Cállate.

La primera noche no encontraron nada.

Ni la segunda.

La mayoría de los expedientes tenían una explicación, aunque hubiera tardado meses en aparecer.

Una mujer que se había marchado con otra pareja.

Otra localizada en otro estado.

Una joven que volvió a casa después de dos semanas.

Una que dejó una carta que nadie encontró hasta que desmontaron un cajón.

Historias distintas.

Historias humanas.

Reynolds las apartaba.

No buscaba mujeres que hubieran desaparecido.

Buscaba otra cosa.

Una ausencia que no terminara de encajar con la vida que había quedado detrás.

A la tercera noche encontró a Alicia Ford.

—Lisa.

Simmons levantó la cabeza de su caja.

—¿Qué?

—Ven.

Reynolds tenía una fotografía encima de la mesa.

Una chica joven, afroamericana, pelo recogido, sonrisa enorme.

—Alicia Ford. Veinte años. Estudiante en el community college. Beca completa. Buen expediente académico. Desapareció hace tres años.

Simmons se acercó.

—¿Fuga?

—Eso pusieron.

—¿Por qué?

Reynolds pasó una hoja.

—Presión académica. Joven. Problemas económicos. El informe dice que no podía descartarse que hubiera decidido dejarlo todo.

—¿Había dejado algo preparado?

—No.

—¿Ropa?

—No.

—¿Dinero?

—No consta.

—¿Problemas en la universidad?

—Los normales.

Simmons cogió la fotografía.

—¿Qué te ha parado?

Reynolds señaló una declaración.

—Esto.

Era de una compañera de clase.

Reynolds leyó:

—«Alicia llevaba semanas buscando un libro antiguo para un trabajo. No estaba en la biblioteca y decía que tampoco lo encontraba en ninguna librería. Un día llegó contentísima porque un chico de la biblioteca tenía uno y se lo había prestado».

Simmons frunció el ceño.

—¿Un chico?

—Sigue.

Reynolds pasó el dedo por el texto.

—«Dijo que habían empezado a hablar porque él estaba leyendo precisamente el libro que ella necesitaba. Él ya lo había terminado y se ofreció a prestárselo. Después intercambiaron otros libros».

—¿Nombre?

—No.

—¿Descripción?

—«Tranquilo. Educado. Culto».

Simmons miró a Reynolds.

—Amable.

Él no respondió.

Volvió al expediente.

—La amiga dice que Alicia estaba encantada. Que le parecía una casualidad increíble.

—Podría serlo.

Reynolds levantó la vista.

—Sí.

Simmons pareció sorprendida.

—¿Sí?

—Una biblioteca está llena de gente con libros. Un hombre puede tener un libro que otra persona necesita.

—Eso no suena a ti.

—Estoy intentando mejorar.

Simmons volvió a leer la declaración.

—¿Y si no fue casualidad?

Reynolds tomó la hoja.

—Entonces necesito demostrarlo antes de convertirlo en otra cosa.

Miró la fotografía de Alicia.

—Pero quiero saber quién era ese hombre.

Volvieron sobre todas las entrevistas.

La amiga no lo había conocido personalmente.

Solo sabía lo que Alicia le había contado.

El hombre aparecía varias veces en conversaciones posteriores.

Habían hablado otra vez.

Habían intercambiado lecturas.

Alicia lo describía como alguien que escuchaba y que sabía recomendar libros sin hacerla sentir ignorante.

Nada amenazante.

Nada que un detective, tres años atrás, hubiera tenido motivos para subrayar.

Reynolds dejó la hoja junto al retrato de Frank que había bajado del despacho.

—No sabemos que sea este.

Simmons comparó el dibujo con el expediente.

—Ni siquiera sabemos cómo era el de Alicia.

—Exacto.

—Pero quieres ponerla en la pared.

—Quiero sacarla de la caja.

Simmons asintió.

La segunda apareció casi a medianoche.

Perla Aguirre.

Cuarenta y tres años.

Dos trabajos.

Un hijo adulto viviendo fuera del estado.

Facturas atrasadas.

El expediente estaba cerrado como abandono voluntario.

—Mira la justificación —dijo Simmons.

Reynolds leyó.

—«Situación económica inestable. Posibilidad de traslado voluntario».

—Porque debía dinero.

—Porque debía dinero y nadie encontró otra explicación.

Pasó páginas.

La declaración de una compañera de trabajo ocupaba apenas medio folio.

Perla había contado unos días antes de desaparecer una anécdota de una oficina de correos.

Había una cola enorme.

Ella tenía prisa.

Un hombre que estaba delante le cedió su turno.

Perla hizo el envío y salió corriendo.

Más tarde, al pasar de nuevo por la zona, lo encontró todavía allí.

Se acercó a darle las gracias.

Hablaron.

Nada más.

Simmons leyó dos veces.

—¿Eso es todo?

—Eso es todo.

—Un hombre le deja pasar.

—Sí.

—Y ella vuelve a hablar con él.

—Sí.

Reynolds se quedó mirando el papel.

Simmons señaló la carpeta de Alicia.

—Una necesita un libro.

Después la de Perla.

—Otra tiene prisa.

Reynolds no dijo nada.

—Y aparece un hombre que, casualmente, puede ayudar.

—Puede.

—Otra vez con «puede».

—Porque no sabemos si es el mismo hombre.

—No.

—Ni sabemos si el libro fue preparado.

—No.

—Ni sabemos si el de correos hizo nada más que dejar pasar a una mujer que tenía prisa.

Simmons lo miró.

—Pero ya no te parecen dos anécdotas cualquiera.

Reynolds negó.

—No.

Cogió la declaración de Alicia.

Después la de Perla.

—Lo que me interesa no es que las ayudaran.

—¿Entonces?

—Que en las dos historias la mujer se acerca después.

Simmons volvió a leerlas.

Alicia pregunta por el libro.

Perla vuelve para agradecer el favor.

—Él no tuvo que insistir —dijo.

—Si hablamos del mismo hombre.

—Sí.

Reynolds señaló la palabra con el bolígrafo.

—Eso.

SI.

La escribió en una hoja aparte.

—De momento todo esto lleva un «si».

Subieron a Homicidios poco después de las dos.

Reynolds llevaba las dos carpetas bajo el brazo.

Jessy.

Marga.

Alicia.

Perla.

Colocó las fotografías una junto a otra.

Cuatro mujeres que no parecían formar ninguna colección.

Jessy tenía veinticinco años.

Marga, cuarenta y seis.

Alicia, veinte.

Perla, cuarenta y tres.

Vidas distintas.

Trabajos distintos.

Barrios distintos.

Reynolds retrocedió.

Simmons se quedó a su lado.

—Si son cuatro.

—Sí.

—Vas a matarme con esa palabra.

—Nos mantiene honestos.

Ella señaló las fotografías.

—¿Qué tienen en común?

Reynolds tardó.

—No lo sé.

—Jessy conoce a un hombre haciendo papeles del carnet.

—Sí.

—Marga conoce a uno en la sala de espera del médico.

—Eso dice Ruth.

—Alicia, uno en una biblioteca.

—Sí.

—Perla, uno en correos.

Reynolds miró las cuatro.

—Sitios normales.

—Exacto.

Nada oscuro.

Nada que justificara tener miedo.

Una oficina.

Un médico.

Una biblioteca.

Correos.

Sitios donde uno espera.

Donde habla con desconocidos porque no tiene otra cosa que hacer.

Simmons miró el retrato de Frank.

—¿Crees que es él?

Reynolds observó aquella cara corriente.

—Creo que necesitamos más de una testigo antes de decir eso.

—Vas a hacerte insoportable con tanta prudencia.

—Wallace estaría orgulloso.

—No exageremos.

Reynolds sonrió apenas.

Después volvió a las cuatro fotografías.

Había otra cosa.

Jessy había hablado de un hombre que la ayudó con unos formularios.

Marga, de alguien que la escuchaba.

Alicia, de un hombre que compartía libros.

Perla, de alguien que le cedió el turno.

Gestos distintos.

Pequeños.

Tan normales que ninguno había sobrevivido como pista.

—Lisa.

—¿Qué?

—¿Qué habrías escrito tú en uno de estos informes?

—¿Sobre qué?

—Sobre el hombre de correos.

Ella pensó.

—Nada.

—¿Y el de la biblioteca?

—Nada, si no tengo nombre ni motivo para relacionarlo con la desaparición.

—¿El de Marga?

—Probablemente lo mismo.

Reynolds miró las cuatro caras.

—Ahí está el problema.

—¿Cuál?

—Que si existe, no deja una gran cosa detrás.

Señaló los expedientes.

—Deja cosas que nadie considera importantes hasta que las pones unas al lado de las otras.

Simmons miró el corcho.

—Y todavía no sabemos si deben estar unas al lado de las otras.

—No.

Esta vez ninguno sonrió.

Reynolds cogió el teléfono.

Después miró el reloj.

Las cuatro y diez de la madrugada.

Lo dejó otra vez en su sitio.

—¿A quién ibas a llamar?

—A los condados de alrededor.

—A las cuatro de la mañana.

—Por eso he colgado.

—Madurez. Estoy impresionada.

Reynolds volvió la vista al corcho.

Cuatro mujeres.

Quizá cuatro historias distintas.

Quizá no.

En la mesa, medio tapada por los expedientes, había una fotografía escolar que llevaba meses allí. La miró apenas un segundo antes de apartar la vista.

Simmons ya recogía sus cosas.

—Vete a casa, Mark.

—Ahora voy.

—Eso dices siempre.

Cuando se quedó solo, Reynolds acercó una silla al corcho.

No buscó semejanzas en las caras.

No las había.

Miró los lugares.

Un bar.

Una consulta.

Una biblioteca.

Una oficina de correos.

Después, las pequeñas cosas.

Un formulario.

Escuchar.

Un libro.

Ceder un turno.

Nada de aquello demostraba que hubiera un solo hombre detrás.

Pero por primera vez Reynolds tuvo una pregunta que podía hacer fuera de Broward.

No «¿tenéis un asesino como el mío?».

Ni siquiera sabía si tenía uno.

La pregunta era mucho más sencilla.

¿Tenéis una mujer que desapareció sin una explicación convincente?

Y, antes de irse, ¿habló de alguien nuevo que no parecía importante?

Reynolds cogió un papel y escribió una lista de condados.

A la mañana siguiente empezaría a llamar.