El hombre amable (Freeman 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

A la mañana siguiente, Reynolds llamó al Shooters antes de que Frank pudiera presentarse en comisaría.

—No vengas —le dijo.

Hubo un silencio al otro lado.

—¿Cómo que no vaya? Ayer me dijiste a las nueve.

—He cambiado de idea. Vamos nosotros.

—¿Con el dibujante?

—Con el dibujante.

—¿Por qué?

Reynolds miró la carpeta de Jessy.

—Porque tú lo viste allí.

Frank no entendió la respuesta, pero tampoco discutió.

—A las once empieza mi turno.

—A las once estaremos.

Colgó.

Simmons, desde su mesa, levantó la vista.

—¿Desde cuándo llevamos dibujantes a los bares?

—Desde que el testigo recuerda mejor una cara mirando el taburete donde estaba sentado que una pared gris de comisaría.

—Eso te lo acabas de inventar.

—Puede.

Cogió la chaqueta.

—Pero suena bien.

De día, el Shooters parecía más pequeño.

Sin música, sin humo y sin gente apretada frente a la barra, perdía casi todo su encanto. Las luces dejaban ver las marcas de vasos en la madera, una esquina del suelo levantada y las cámaras falsas que seguían apuntando a ninguna parte.

Frank estaba colocando botellas cuando entraron.

El dibujante se llamaba Morris. Rondaba los cincuenta, llevaba una carpeta enorme bajo el brazo y tenía el aire resignado de quien había pasado demasiadas horas intentando convertir frases como nariz normal y ojos de persona corriente en una cara reconocible.

Se sentaron en una mesa próxima a la barra.

—¿Aquí? —preguntó Morris.

Frank miró alrededor.

Después señaló.

—Él estaba ahí.

El taburete que Dana había dejado libre.

Reynolds lo observó.

Era absurdo que un objeto tan corriente pudiera empezar a parecer importante solo porque alguien se había sentado encima.

Morris abrió la carpeta.

—Bien. No intente hacerme un retrato entero de memoria. Vamos por partes.

Frank asintió.

—Edad.

—Cuarenta y pocos.

—¿Seguro?

—Treinta y muchos, cuarenta y pocos. Por ahí.

—Eso son casi diez años.

—Pues póngale cuarenta.

Morris miró a Reynolds.

—Así funcionan estas cosas.

Empezó a dibujar.

Frente.

Mandíbula.

Pelo.

Frank corregía poco.

—No tan cuadrada.

Morris borró.

—¿Así?

—Más o menos.

—¿Ojos?

Frank frunció el ceño.

—Normales.

Morris dejó el lápiz.

—Si todos los testigos que dicen «normales» tuvieran que pagarme un dólar, ya me habría jubilado.

Frank sonrió.

—Es que eran normales.

—¿Juntos? ¿Separados?

—Ni una cosa ni otra.

Morris volvió al papel.

Reynolds no dijo nada.

Simmons tampoco.

Poco a poco apareció un hombre.

No una persona todavía.

Solo piezas.

Pelo castaño.

Frente corriente.

Nariz sin nada especial.

Una boca que Frank recordaba mejor cuando sonreía que cuando estaba seria.

—Tenía buenos dientes —dijo.

—¿Muy blancos?

—No. Buenos. Todos. Rectos.

—Eso ayuda.

Morris cambió la boca.

Frank se inclinó.

—Sí.

Aquella fue la primera vez que lo dijo con verdadera seguridad.

Sí.

Morris siguió.

Al cabo de cuarenta minutos dejó el lápiz sobre la mesa.

—Mírelo.

Frank tomó el dibujo.

No respondió enseguida.

Reynolds notó que esperaba algo.

Una reacción.

Reconocimiento.

Tal vez incluso miedo.

Pero Frank solo frunció un poco el ceño.

—Se parece.

—¿Se parece o es él? —preguntó Reynolds.

—No sé cómo contestarte eso.

Le devolvió el papel a Morris.

—Si lo viera entrar ahora, seguramente diría que sí. Pero si me preguntas si pondría la mano en el fuego por ese dibujo, no.

Reynolds cogió la hoja.

Y entendió por qué.

El hombre del papel era extraordinariamente poco extraordinario.

No tenía una cicatriz.

Ni una mandíbula llamativa.

Ni unas cejas que uno pudiera describir después.

Ni el tipo de cara que obliga a mirarla dos veces.

Simmons se inclinó sobre su hombro.

—Parece alguien.

—Eso suele ser útil en un retrato —dijo Morris.

—No. Quiero decir que parece... cualquiera.

Frank asintió.

—Eso.

Morris se recostó.

—La mayoría de la gente parece cualquiera.

—Ya —dijo Reynolds.

Siguió mirando el dibujo.

—Pero no toda la gente tiene a una mujer desaparecida subiéndose a su coche.

A las doce cambió el turno.

Entró Marty, uno de los otros camareros de noche, con una bolsa de comida bajo el brazo. Detrás llegó Pete, que cubría los sábados cuando aquello se llenaba.

Frank les hizo un gesto.

—Venid un momento.

Pete dejó la chaqueta.

—¿Qué he hecho?

—Mirad esto.

Reynolds puso el retrato sobre la barra.

No les explicó de quién era.

—¿Os suena?

Marty se inclinó primero.

Negó.

—No.

Pete lo miró más tiempo.

—¿Debería?

—Solo dime si lo has visto aquí.

—No que recuerde.

Frank se cruzó de brazos.

—Es el hombre que salió con Jessy.

La expresión de Pete cambió.

—¿Jessy Harlan?

—Sí.

—A Jessy claro que la conozco.

Miró otra vez el dibujo.

—A este no.

Reynolds se apoyó en la barra.

—¿Cuánto llevas trabajando aquí?

—Cinco años.

—¿Y tú? —preguntó a Marty.

—Casi siete.

—¿Todos los turnos?

—Entre los tres nos repartimos las noches.

Reynolds señaló el dibujo.

—Él le dijo a Jessy que este era su bar.

Pete soltó una risa breve.

—Pues sería suyo espiritualmente.

Nadie respondió.

Pete volvió a mirar la hoja.

—Aquí no era habitual.

—¿Seguro?

—Mira, detective, no conozco el nombre de todo el que cruza esa puerta. Pero a los habituales sí. A los que vienen cada viernes, a los que se sientan siempre en el mismo sitio, a los que toman lo mismo, a los pesados, a los que dejan buena propina y a los que no dejan ninguna.

Señaló la fotografía de Jessy que Reynolds había dejado junto al retrato.

—A ella sí. Venía con las chicas. Buena cría.

Después señaló al hombre dibujado.

—Este no es de aquí.

Marty asintió.

—Yo tampoco lo recuerdo.

Frank miró a Reynolds.

—Ya te dije que no lo había visto nunca antes.

Reynolds volvió a observar el retrato.

Hasta entonces no tenía nada más que una sospecha y un coche gris.

Ahora tenía una cosa distinta.

Pequeña.

Pero cierta.

—Le mintió —dijo Simmons.

Reynolds negó ligeramente.

—Sabemos que dijo que era su bar.

—Y sabemos que ninguno de los tres lo conoce.

—Eso sabemos.

Simmons entendió la corrección.

No necesitaban ir más lejos.

Pete señaló el retrato.

—¿Puedo preguntar una cosa?

—Claro.

—¿Qué tiene este tipo de especial?

Reynolds miró la hoja.

—De momento, nada.

Y aquello era precisamente lo que empezaba a preocuparle.

El chico del aparcamiento llegó media hora después.

Frank lo llamó desde la puerta.

Apareció con las manos negras de haber estado tocando un motor y la misma expresión de quien esperaba que Reynolds volviera a preguntarle por una matrícula que no recordaba.

—Otra vez usted.

—Una más.

—Eso dijiste la otra vez.

—Esta vez traigo dibujos.

Le enseñó el retrato.

El chico se limpió las manos en los pantalones y cogió la hoja por una esquina.

La miró.

Después miró a Reynolds.

—Puede ser.

—¿Puede ser?

—Sí.

—¿Es él?

El chico volvió al dibujo.

—No sé.

—Tú lo viste salir con Jessy.

—De noche. Desde el aparcamiento. No le estuve mirando la cara como un idiota.

Le devolvió el papel.

—Se parece al tipo que recuerdo.

—¿Qué parte?

—No sé. Todo junto.

—Eso no me sirve demasiado.

—Pues es lo que hay.

Simmons intervino.

—No queremos que estés seguro si no lo estás.

El chico la miró, agradecido.

—Entonces no estoy seguro.

Reynolds guardó el retrato.

—Bien.

—¿Ya está?

—Casi.

El chico dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Madre mía.

—Piensa en aquella noche. No en su cara. En él.

—¿Qué significa eso?

—Cualquier cosa que te llamara la atención y que no nos dijeras porque te pareció una tontería.

—Ya os dije las llantas.

—Algo más.

El chico miró hacia el aparcamiento.

Varias personas entraban y salían.

Un hombre cerró un coche.

Una mujer buscaba algo dentro de su bolso.

—Hacía esto.

El chico levantó la muñeca y la giró hacia sí mismo.

Reynolds lo observó.

—¿Miró la hora?

—Supongo.

El muchacho repitió el gesto.

—Dos veces, creo.

—¿Qué reloj llevaba?

El chico se quedó con la muñeca levantada.

Después frunció el ceño.

—Ninguno.

Simmons miró a Reynolds.

—¿Seguro? —preguntó él.

—No me hagas decir seguro de todo.

—Bien. ¿Qué recuerdas?

—Que hizo así.

Volvió a mirar una muñeca imaginaria.

—Y que yo pensé que era raro porque no vi reloj.

Reynolds lo anotó.

Nada más.

—¿Otra cosa?

—Los zapatos.

—¿Qué pasa con ellos?

El chico miró los suyos.

—Estaban limpios.

—¿Y?

—Muy limpios.

Señaló el suelo del aparcamiento.

—Aquí tienes polvo aunque vengas cinco minutos. Y él los llevaba como recién sacados de la caja.

—¿Nuevos?

—No lo sé. Limpios.

Reynolds escribió también aquello.

MUÑECA SIN RELOJ (?)

ZAPATOS MUY LIMPIOS

El chico leyó por encima.

—Parece una lista bastante mala para encontrar a alguien.

—Lo es.

—Me alegra no ser policía.

—A mí algunos días también.

Volvieron a entrar en el bar.

El retrato seguía sobre la mesa de Morris.

Reynolds lo cogió.

Morris ya estaba guardando los lápices.

—¿Quieres que cambie algo?

Reynolds miró a Frank.

—¿Tú cambiarías algo?

Frank negó.

—No.

—Entonces se queda.

Morris guardó la carpeta.

—Eso es lo que vio.

—O lo que recuerda.

—Es lo mismo con lo que trabajamos.

Reynolds siguió contemplando el rostro.

Cuanto más se parecía el dibujo al hombre que Frank recordaba, menos parecía servir para encontrarlo.

Marty pasó junto a ellos cargando una caja.

Miró la hoja otra vez.

—Te digo una cosa.

Reynolds levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Si ese tío entra mañana con otra camisa, igual ni lo reconozco.

—Gracias por el ánimo.

—No, en serio.

Marty dejó la caja en el suelo.

—Hay gente que entra aquí y se te queda. Por la voz, por cómo anda, por una cara rara. Este...

Buscó la palabra.

—Este no tiene dónde agarrarlo.

Reynolds miró el retrato.

Una cara que no se agarraba a nada.

Un coche gris.

Una matrícula rota en la memoria de un muchacho.

Una muñeca sin reloj.

Unos zapatos limpios.

Y una mentira pequeña.

Este es mi bar.

No era mucho.

Pero había algo que Reynolds sí sabía.

El hombre había conseguido sentarse junto a Jessy como si ya perteneciera a aquel sitio.

Había hablado con ella como si encontrarse allí fuera una coincidencia perfectamente normal.

Y Jessy le había creído.

Reynolds guardó el retrato dentro de la carpeta.

—Vamos.

Simmons lo siguió hasta la puerta.

—¿Adónde?

—A comisaría.

—Pensaba que ibas a decir «a buscarlo».

—¿Dónde?

Ella sonrió.

—Me preocupaba que tuvieras respuesta.

Salieron al aparcamiento.

El chico estaba al fondo, moviendo un coche.

Reynolds se detuvo.

—Lisa.

—¿Qué?

—Tenemos una cara que nadie reconoce, un coche que conduce media Florida y dos detalles que podrían no significar absolutamente nada.

—Cuando lo dices así, estamos a punto de resolverlo.

—Exactamente.

Siguió andando.

—Así no lo voy a encontrar.

Simmons lo alcanzó.

—¿Entonces?

Reynolds abrió la puerta del coche.

—Si no puedo encontrar al hombre, voy a buscar a las mujeres.

Ella se quedó mirándolo.

—¿Qué mujeres?

Reynolds metió la carpeta de Jessy en el asiento trasero.

—Las que ya desaparecieron.

Aquella tarde colocó el retrato sobre el corcho, entre Jessy y Marga.

Por primera vez, el hombre tenía cara.

Reynolds retrocedió un paso.

No cambió gran cosa.

Seguía sin saber su nombre.

Seguía sin saber dónde vivía.

Seguía sin saber si Marga había visto a aquel mismo hombre.

Pero ahora sabía otra cosa.

Una cara podía ser una pista.

También podía ser un escondite.

Apagó la luz del despacho.

A la mañana siguiente bajaría al archivo.