Capítulo 3
La denuncia entró un martes por la mañana, y no la puso una madre ni un marido.
Ruth coordinaba un grupo de apoyo que se reunía los lunes en una sala de la parroquia. Estaba plantada en el mostrador con el gesto incómodo de quien no sabe si está haciendo el ridículo.
—A lo mejor no es nada —dijo—. Pero es que Marga no falla.
Nunca. Y ayer salió del grupo y hoy no ha ido a trabajar, y en el colegio dicen que no ha llamado, y ella siempre llama si surge algo por lo que no puede acudir al trabajo.
—Tragó saliva—. Dieciséis años sin faltar un día.
La gente así no desaparece de un día para otro.
Al agente del mostrador aquello le sonó a lo de siempre: una mujer adulta que no había vuelto a casa una noche.
Así lo habría archivado de no ser porque el nombre cayó sobre la mesa de Reynolds esa misma tarde.
Reynolds llevaba días sin quitarse a Jessy Harlan de la cabeza, y se le heló algo por dentro al leer el modo: salió sola, de noche, de un sitio fijo, y se esfumó limpiamente entre una puerta y una parada de autobús.
—Es él —le dijo a Brooks, antes incluso de tener nada—. Es la misma mano.
—No corras, Mark. No sabes ni quién es esta mujer.
—Pues vamos a saberlo.
Ahí empezó lo que a Reynolds se le daba mejor que nada: reconstruir a una persona a la que no había visto nunca a partir de lo que dejaban los demás.
Marga —Margaret Thompson, cuarenta y seis, administrativa de un colegio— no tenía a casi nadie que la reclamara, y eso, en sí mismo, ya era un dato.
Llamó una coordinadora de un grupo y una vecina que le daba de comer al gato.
El gato se llamaba Portero, y llevaba dos días maullando en un piso vacío.
Fue lo primero que encontraron al entrar: una casa pequeña, ordenada hasta el rigor, con plantas cuidadas en el balcón y novelas de la biblioteca apiladas de tres en tres en la mesilla.
La vida entera de una mujer cabía en dos habitaciones, y todo en ella decía lo mismo: aquí vivía alguien que no esperaba visitas y que se las arreglaba sola.
—Una mujer invisible —murmuró Simmons, mirando el piso—. De las que se hacen pequeñas para no molestar.
—De las que nadie echa de menos a tiempo —dijo Reynolds—. Salvo el gato.
Pero fue en el grupo del lunes donde la investigación empezó a avanzar de verdad.
Reynolds y Simmons se sentaron con las del grupo —una docena de personas que compartían con Marga lo mismo: un cuerpo vivido como una condena— y lo que salió de allí fue, a la vez, el retrato de una mujer y la primera sombra del hombre que la había hecho desaparecer.
Coincidían en todo. Que Marga era callada, que se sentaba siempre en el rincón, que llevaba veinte años sin que nadie la tocara sin motivo.
Pero coincidían, sobre todo, en otra cosa: que las últimas semanas Marga estaba distinta.
Contenta. Rara. Se había reído dos veces.
Había llevado bizcocho. Y cuando Ruth le preguntó, medio en broma, qué le pasaba que venía tan guapa, Marga se había puesto colorada como una cría y había dicho que nada, que había conocido a alguien.
—¿A quién? —preguntó Reynolds, y notó a Lisa Simmons —menuda, el pelo corto encaneciendo que no se molestaba en teñir— enderezarse a su lado.
—A un hombre. —Ruth dudó—. No del grupo.
Lo conoció fuera, en la sala de espera del médico, del endocrino.
Decía que le daba conversación mientras esperaban, como si fuera lo más normal del mundo.
Que le preguntaba por sus plantas. Que se acordaba de su gato.
—Ruth bajó la voz—. Nos contó una frase que él le había dicho, y a Marga se le llenaban los ojos al repetirla.
Que hablaba con ella como si su cuerpo no fuera un problema.
Como si no hubiera nada que perdonarle. —Miró a Reynolds—.
Hacía veinte años que nadie le decía algo así, detective. Estaba… ilusionada. Como una niña.
Reynolds anotó cada palabra con una calma que no sentía.
Un hombre amable. Que aparecía en la sala de espera exacta donde estaría una mujer peleada con su cuerpo.
Que se acordaba de su gato, de sus plantas.
Que decía la única frase capaz de desarmar a una persona que llevaba media vida avergonzada de sí misma.
No era un ligue de sala de espera. Era una llave hecha a medida para una cerradura muy concreta.
Buscó, sin querer, la última vez que él le había dicho a alguien algo que le llenara así los ojos, y no la encontró. No es que no se acordara: es que no la había dicho.
—Necesito que alguna de ustedes me lo describa —dijo.
Y ahí se toparon con lo mismo que con Jessy.
Nadie lo había visto de cerca. Marga nunca lo llevó al grupo.
Ninguna sabía su nombre, ni su cara, ni a qué se dedicaba —«cosas de un laboratorio, creo que dijo»—.
Un hombre del que solo quedaba una sensación agradable y ni un solo rasgo.
Presente en la vida de Marga las últimas semanas, y a la vez invisible, sin rostro, como si supiera exactamente hasta dónde dejarse ver.
De vuelta en comisaría, Reynolds puso las dos fichas encima de la mesa, la de Jessy y la de Marga, una al lado de la otra, e hizo lo primero que hace cualquier policía del mundo: buscar en qué se parecían las víctimas.
No podían parecerse menos. Veinticinco años contra cuarenta y seis.
Una chica menuda y con la vida por delante; una mujer con sobrepeso, veinte años mayor que Jessy, invisible.
Jessy salía de noche, bebía, ligaba. Marga no había pisado un bar en su vida, se acostaba a las diez, criaba plantas.
No compartían barrio, ni trabajo, ni médico, ni iglesia.
No se conocían. Reynolds lo cruzó tres veces —agendas, listas, teléfonos— y nada.
Dos vidas que jamás se habían tocado. Ni el pelo coincidía: una castaña ondulada, la otra corta y gris.
Si aquello era un asesino en serie, era uno sin tipo, sin gusto, sin firma. Y un asesino sin firma es casi peor que no tener asesino, porque no puedes predecir a quién va a coger. Cualquiera vale. Y si cualquiera vale, no puedes proteger a nadie.
El jefe se lo dijo apoyado en el marco de la puerta, con la paciencia gastada del que tiene doce casos abiertos.
—No hay nexo, Reynolds. Una joven que se va de fiesta. Una señora mayor que a lo mejor se ha cansado de su vida. No hay víctima común, no hay motivo, no hay ni un cadáver. No tienes un caso. Tienes dos ausencias que se te han juntado en la cabeza porque llevas cuarenta horas sin dormir.
Reynolds no discutió. Sobre el papel, el jefe tenía razón. Y sin embargo se quedó esa noche, ya vacía la sala, releyendo los dos atestados línea por línea, buscando el hilo. Y lo encontró donde no lo buscaba: no en las víctimas, sino en el margen. En lo que habían visto otros.
En el caso de Jessy, una vecina había declarado, casi de pasada, que un coche gris estuvo aparcado dos noches frente a la casa la semana anterior. Un coche que no era de la calle.
Y en el de Marga, enterrada en las declaraciones del grupo, otra frase suelta: que alguien había visto a Marga subir un día a un coche a la salida del médico. Un coche oscuro. Gris, le pareció.
Reynolds se quedó muy quieto.
No las unía el barrio, ni la edad, ni el cuerpo, ni la vida. No se habían visto nunca. Lo único que Jessy y Marga tenían en común en todo el ancho mundo era un coche gris que había estado cerca de cada una, unos días antes, esperando. Un coche que las había mirado antes de llevárselas.
No las había elegido por lo que eran. Las había elegido por algo que él veía y ellas no sabían que enseñaban. Y las había estudiado antes. A las dos. Con tiempo.
Reynolds no supo poner nombre todavía a lo que ya tenía nombre, pero era esto: que estaba delante de un cazador que no buscaba una presa, sino a una mujer que necesitaba que la escucharan, y que sabía reconocerla en mujeres que no tenían nada que ver entre sí.
Un cazador paciente, invisible, sin firma en la carne porque su firma estaba en otro sitio, en un lugar que Reynolds aún no sabía mirar.