Capítulo 2
El teléfono no sonó, y ese fue el primer aviso.
La madre de Jessy se despertó a las tres y diez de la madrugada sin saber por qué. Se quedó en la cama, escuchando la casa —la nevera, la lluvia, el silencio del pasillo—, hasta que cayó en la cuenta de qué faltaba: la llamada. Jessy no había llamado. Y Jessy siempre llamaba.
Se levantó y fue hasta su habitación. La cama estaba intacta.
La sudadera que Jessy se quitaba siempre al llegar no estaba sobre la silla, y tampoco estaban sus zapatos junto a la puerta.
Recorrió el pasillo una vez, absurda y silenciosamente, como si pudiera haberse escondido en algún rincón de la casa. No estaba.
Podían pelearse, Jessy podía volver de madrugada o estar enfadada con medio mundo: aun así marcaba el número desde una cabina y decía dos frases. Sin fallar una sola vez en cinco años.
A las seis encendió todas las luces de la casa, como si la luz pudiera traerla de vuelta. A las ocho llamó a Dana. La voz de Dana pasó de somnolienta a puro miedo en dos segundos, y ese cambio fue lo que hizo romper a llorar a la madre de Jessy.
A media mañana la madre de Jessy estaba en el mostrador de la comisaría del condado de Broward, con un bolso de mimbre agarrado con las dos manos y los nudillos blancos, diciéndole a un agente joven que su hija no había vuelto.
Dana, que se había negado a dejarla ir sola, esperaba un paso por detrás, con los brazos cruzados y la cara de quien ya intuye lo que le van a contestar.
—Ella siempre avisa —repetía—. Me llama desde el teléfono de monedas para que me vaya a dormir. Usted no la conoce. Nunca hace esto. Siempre llama si no va a dormir en casa.
El agente O'Malley rellenó el formulario con el gesto automático del que lleva tres años oyendo lo mismo. Madrugada de viernes, chica joven, unas copas, no volvió a dormir a casa. Una estadística.
—Empezaremos por lo habitual —dijo, sin levantar del todo la vista—. Hospitales, accidentes, un par de llamadas a sus amigas. Váyase a casa, señora; nueve de cada diez vuelven solas el domingo, con resaca.
La madre firmó, y la tinta azul se le corrió con el sudor de la palma. No se fue. Se quedó de pie en el vestíbulo, como si marcharse fuera soltar la cuerda que aún ataba a su hija al mundo.
Diez horas después, el papel de O'Malley estaba sobre el escritorio de Homicidios, y el detective Mark Reynolds lo leía con una mancha de mostaza seca en la corbata y cuarenta horas sin ver su cama.
La corbata la llevaba manchada desde el martes.
Reynolds era un hombre grande y cansado que comía de pie, sobre el fregadero de un piso que aún le sonaba a alquiler, y esas cosas —la mancha, el botón que faltaba— hacía dos años que no las miraba nadie antes de que saliera por la puerta.
Llevaba dos noches durmiendo en el despacho.
Se decía que era por el caso; la verdad era que el piso vacío se le hacía más difícil de aguantar que el escritorio.
—Hace mucho que no nos entraba una así —dijo, soltando el informe—. Una chica joven que avisa siempre, que no falta al trabajo. Y un viernes no llega a casa y no ficha en la tienda a las diez. Sin una llamada, sin una nota, sin nada.
Observó la foto que había traído la madre: Jessy sonriendo, de perfil, con el pelo ondulado. Una de esas fotos llenas de vida que se vuelven insoportables la primera vez que las mira un policía.
—Empecemos por donde se la vio por última vez.
—Es mayor de edad, y no han pasado ni setenta y dos horas —dijo su compañero.
—Ya lo sé. Pero esta chica no falta al trabajo, y no se va a dormir fuera sin llamar a su madre. Nunca. —Reynolds cogió la chaqueta—. ¿Vamos?
—¿Adónde?
—A donde se la vio por última vez.
Brooks y Reynolds hablaron primero por teléfono con las amigas de Jessy.
Todas contaron lo mismo: habían salido cinco, habían pasado la noche en el Shooters, unas copas, bailes, nada especial.
Se fueron marchando una detrás de otra, y Dana fue la última en irse.
Al despedirse, Jessy le dijo que se quedaba un rato más, que había quedado con un conocido nuevo —un hombre al que había conocido haciendo cola para el carnet de conducir; él estaba renovando el suyo—.
Ninguna de las chicas llegó a verle la cara.
Todas se habían ido antes de que él apareciera.
—Resumiendo —dijo Brooks, colgando—, nadie vio al tipo.
—Pues vamos al bar. —Reynolds ya estaba de pie—. Y por el camino te invito a un café, que si no, no llegas vivo hasta las cinco de la tarde.
Brooks se rió.
—Envidia, que me tienes. A ti te dejó tu mujer por estar enamorado de tu trabajo y no de tu mujer, así que no me des lecciones.
—No me dejó. Se acabó el amor. Es distinto —dijo Reynolds, y lo dijo sin drama, como quien lee un parte.
Fueron al coche. Brooks conducía de buen humor, coloradote y con esa barriga de hombre que cena bien en casa: le había dejado el desayuno hecho a su mujer, para cuando se despertara. Llevaban cuatro años y todavía lo contaba como quien no se acostumbra a una suerte.
—Cuatro años y aún le haces el desayuno. —Reynolds miró por la ventanilla—. Ya se te pasará.
—A ti se te pasó.
Reynolds no contestó.
El Shooters, de día, era feo y estaba vacío. El camarero resultó más útil que las amigas: un tal Frank, que había llevado la barra esa noche y tenía buena memoria.
—Estamos investigando la desaparición de esta chica. —Reynolds le enseñó la foto—. ¿Le suena?
—Estuvo aquí anoche, con sus amigas. Cuando ellas se fueron, sobre las once, se le acercó un tipo.
Al poco, salieron juntos. —Frank se encogió de hombros—.
Me acuerdo porque me preguntó si habíamos arreglado el teléfono para llamar a su madre.
Lo hacía siempre antes de las doce. Son clientas habituales, chicas majas.
—Veo cámaras —dijo Brooks, señalando el rincón.
—Vas espabilando. Lo que no haga un buen café —murmuró Reynolds.
—Son de mentira —dijo Frank—. Maquetas. Pero la gente, si las ve, bebe con más cabeza.
Reynolds miró la cámara de pega apuntando a la barra. Un bar sin grabaciones de verdad y una cara que nadie vio de cerca.
—¿Y del hombre qué me puede contar?
—Pagó en efectivo. Sin prisa. Dejó una propina justa: ni tacaña ni espléndida, de esas que no te hacen fijarte. Salieron juntos por la puerta principal. Ella iba contenta.
Contenta. Esa fue la palabra que se le quedó a Reynolds.
Reynolds miró otra vez la cámara de pega.
—No nos ha dejado mucho —dijo.
—¿Podría describirlo?
—Un tipo normal. Pelo castaño, agradable, buenos dientes. —Frank lo pensó—. Podría pasarse por comisaría y ayudarles con un retrato, si quieren.
—Mañana a las nueve —dijo Reynolds—. ¿Lo había visto antes por aquí?
—Nunca. Y eso que dijo que este era su bar de siempre. Pero yo no lo había visto en la vida. Aunque somos tres en los turnos de noche; a lo mejor alguno de los otros sí.
—Si sacamos el retrato, hablamos con el resto del personal —dijo Brooks.
—Vas espabilando de verdad. —Reynolds cogió las llaves—. Vamos al aparcamiento. Si alguien estuvo trabajando allí anoche, quizá haya visto el coche.
El chico del aparcamiento seguía allí, un crío flaco que los viernes ayudaba a ordenar los coches cuando el Shooters se llenaba. No sabía nada de Jessy, pero sí de coches, y eso resultó ser casi mejor.
—El gris —dijo cuando Reynolds se lo describió—. No le sabría decir la marca ni nada. Pero las llantas se me quedaron. No sé, me fijé. Como cuando algo no cuadra y no sabes qué es.
—¿Viste salir a la chica con él?
—Sí. Él le abrió la puerta del copiloto. Ella se rió por algo y entró sola. No la empujó ni nada. Parecía que se conocían.
—¿Y la matrícula?
El chico apretó los ojos, buscando la imagen en la memoria.
—No entera. Era de Florida, de las de tres letras y tres números. Me acuerdo de una K; puede que hubiera dos. Y los números… juraría que empezaban por cero, pero no me fijé. Me quedé con eso más que con la placa.
Reynolds anotó cada fragmento y clavó la nota junto a la foto de Jessy. No era una matrícula. Ni siquiera era todavía una pista. Pero era algo que el conductor había dejado atrás sin saberlo porque otro, por casualidad, miraba coches.
Reynolds se quedó hasta tarde con la nota del chico del aparcamiento junto a la fotografía de Jessy.
Lo que le inquietaba no era solo lo poco que tenían. Era la forma en que había ocurrido.
Nadie había oído un grito. Nadie había visto una discusión. Nadie había tenido que obligarla a subir.
Jessy había salido del bar contenta.
Había cruzado el aparcamiento por su propio pie.
Y cuando aquel hombre le abrió la puerta del coche, había entrado.
Reynolds volvió a mirar la foto.
Eso era lo que no entendía todavía.