Capítulo 54
Capítulo Cincuenta Y Cuatro
A lderian se vio rodeado por al menos quince experimentados guerreros, todos equipados con armas de primer nivel.
—¡Karivan! —gritó y la espada saltó de su cinto, brillando incandescente. El vivo color de sus llamas sobresaltó a sus oponentes, pero no parecían sorprendidos. Ya habían sido testigos del combate público y estaban advertidos.
Alderian no tenía tiempo que perder.
No esperó a que se acercaran demasiado, necesitaba alejar el combate de Augustine.
Empleando su transmutación alquímica, asestó el primer golpe de improviso sobre el guerrero más cercano.
Su impredecible danza mortal logró ser lo suficientemente efectiva como para contenerlos, aunque no lograba ocasionar gran daño, pues la mayoría de sus movimientos eran defensivos para resguardar el perímetro que rodeaba a Augustine.
Si bien no lograba mantenerla en su mira, podía vislumbrar desde el rabillo del ojo que estaba a salvo, aunque la veía de nuevo atormentada por sus Sombras.
¿Qué le estarían gritando?
No podía detenerse a preguntar.
Era momento de pelear con seriedad. Se elevó un par de metros sobre el suelo y se arrojó en una embestida salvaje y precisa.
Intencionadamente, evitó atacar en puntos vitales, pero Karivan estaba ansiosa de probar sangre, podía sentirla vibrar de emoción, y satisfizo sus deseos.
A su pesar, reconocía que el fragor de la batalla lo colmaba de una sensación adrenalínica que, incluso en esas circunstancias, le resultaba placentera.
Cuando su Hilo de Plata se tensó, se giró de lleno a mirar a Augustine.
Desde el mismo pasillo por donde habían entrado, venían refuerzos del exterior.
La distracción le costó recibir un fuerte impacto en el costado que le hizo perder el equilibrio.
Estaba por ejecutar un rápido traslado usando su transmutación cuando vio a Augustine murmurar algo.
De sus pies surgieron Sombras reptando como serpientes acuáticas que nadaban por el suelo de plata.
Nadie las esperaba, por lo que ninguno de los guerreros reparó en ellas.
Uno a uno fueron absorbidos sin siquiera emitir un sonido.
No sabría decir si habían sido devorados, pero sí, al menos, habían sido trasladados a otro plano o dimensión.
Augustine miraba el pasillo vacío impávida. Hizo un leve movimiento con la mano y las Sombras volvieron a sus pies tan sigilosas como habían emergido.
Alderian sintió un escalofrío recorrer su espalda. Su mujer era de temer.
La puerta que conducía al Gran Salón del Alto Consejo se abrió de golpe. La Guardiana de los Hilos cruzó el umbral con el rostro descompuesto.
—¿Quién ha sido? —exclamó con la voz estrangulada.
Le seguía de cerca el Guardián del Orden que, con una expresión agria, observaba a los guerreros caídos.
La escena se presentaba, en efecto, confusa. Una docena de soldados derrotados, vertiendo plateada sangre desde sus heridas abiertas, Alderian de pie al medio del caos, aportando colores impensados al acromático A´aru, mientras Augustine esperaba a un costado, como una muda espectadora.
—¿Has sido tú, pequeño salvaje? —preguntó la Guardiana acercándose a Alderian.
Alderian ladeó la cabeza.
¿De qué estaba hablando?
—Después de todo, eres un asesino en serie. Has eliminado nueve Hilos sin siquiera dudar… ¡Guardián del Orden! ¡Tu soberanía, tu decisión! —bramó furiosa, clamando justicia.
Alderian miró con disimulo a Augustine, inquieto por cómo pudiera reaccionar. Se tranquilizó al verla imperturbable, aparentemente no entendiendo la implicancia de lo que estaba ocurriendo.
—Sea lo que sea que ha ocurrido acá, solo empeorará…
—amenazó Alderian—. Augustine debe regresar al mundo humano.
Su extracción fue forzada, irregular y completamente arbitraria…
¡Guardián del Orden! Sea cual sea la condena que se me imponga, recuerde la injusticia que se ha cometido con ella.
Ni como humana ni como A’aruin merece estar en medio de este conflicto.
¡Ella no pertenece a esta dimensión todavía!
No mientras su cuerpo humano aún respira…
—Qué conmovedor —se mofó el Guardián del Orden, mirando a la joven de reojo—. No me digas que es inocente. Quizás ahora es un alma en pena, pero antes sí se traía algo entre manos.
—Si piensas que haré siquiera un esfuerzo por salvar su Hilo de Plata, estás equivocado —repuso la Guardiana acercándose—. Aunque, si lo hiciera, habría un precio que tendrías que pagar.
Alderian se puso en guardia.
—Un consejo —continuó la Guardiana sonriendo sensual—, pon los brazos a la altura de tu cabeza…
No entendió a qué se refería hasta que un Hilo Blanco le emergió como un látigo de la mano y se enrolló en su cuello para estrangularlo. Sentía el contacto del hilo como una cerda fría, metálica.
—¿Qué haces, Guardiana de los Hilos? —increpó el Guardián del Olvido, que hasta ese momento había permanecido en el interior del Gran Salón.
—No eliminaré el Hilo de este pequeño salvaje.
Lo dominaré. Será mío y verán cómo lo someteré a mi voluntad —exclamó con fervor.
Alderian sentía que el Hilo penetraba su piel dolorosamente, pero no era capaz de romperlo o aflojar su presión—.
Tu preciosa humana podrá vivir, Alderian, alégrate.
La uniré con alguien digno. Y tú… tú también tendrás también una compañera digna.
—¡Detente! —pidió el niño imperioso.
—¡Mi soberanía! ¡Mis reglas! —gritó la mujer. Alderian percibió que el Hilo Blanco se tensaba más en su cuello. Un delgado hilo de sangre comenzó a recorrer su piel. Sangre roja.
—¿Tu soberanía…? ¿Tus reglas? —la pregunta provino de un rincón olvidado de la habitación, donde Augustine miraba a la Guardiana con ojos inquietantes. La habitación pareció perder parte de su luz.
—¿Así que podías hablar, pequeña humana? —se rio la mujer, aunque su voz dejaba entrever cierto desasosiego.
—Solo un consejo… —repitió Augustine, imitando su sensualidad—. Pon los brazos a la altura de tu cabeza.
La Guardiana de los Hilos la miró sin comprender.