El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 53
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Capítulo 53

Capítulo Cincuenta Y Tres

N o quería enfrentar la realidad.

Quería permanecer ahí, en esa burbuja que solo los contenía a los dos. Augustine dormitando en sus brazos, el cielo imperturbable de A´aru y un Hilo de Plata que brillaba entre ambos.

Alderian sabía que era una ilusión, pero no quería romperla.

Sin embargo, el tiempo estaba en contra. Le rompía el corazón pensar que su Augustine quisiera sacrificar su divinidad arrancando sus alas para permanecer con él, aunque eso en realidad no cambiara los hechos. No quería que ella pensara en renunciar a nada. Por el contrario, quería dárselo todo…

Ya desde antes había considerado las opciones que tenían y, siendo honesto, no veía muchas.

Debía ir a la boca del lobo. Si alguien tenía la respuesta de cómo hacer que Augustine volviera a su cuerpo humano, era alguno de los Guardianes Soberanos.

Se encontraba indeciso sobre si debía ir solo o llevar a Augustine con él.

La respuesta era obvia, por más que lo pensaba. Debía hacerlo.

Su instinto protector se resistía, no quería exponerla a un peligro desconocido, pero si, había alguna oportunidad, era con ella en el mismo lugar y no lejos.

Debía confiar en ella.

No.

Él ya confiaba en ella.

—Amor mío… despierta —dijo suavemente, acariciando su rostro. Augustine se despabiló y abrió los ojos.

—¿Es hora de despedirnos? —preguntó con la voz apagada.

—No todavía, pero debes ir a un lugar conmigo. No será agradable y puede que se ponga feo en algún momento, pero confía en mí.

Augustine asintió levemente y comenzó a vestirse. Antes de que terminara, Alderian la abrazó fuerte, en busca de la calidez de su piel contra la suya.

—Te amo, Augustine —declaró con voz ronca. La muchacha lo abrazó sin decir nada.

Bajaron las escaleras, tomados de la mano, y llegaron al hall de altos muros. Antes de acercarse a la puerta, Augustine se detuvo.

—Quedémonos aquí —suplicó, con la voz estrangulada.

Alderian no sabía cómo consolarla, cuando su propio corazón estaba roto. La tomó en brazos, como si fuera una novia, y la besó con dulzura. Llevándola así, salieron al jardín, donde emprendió el vuelo camino al Palacio de Flor de Loto.

Al descender frente a la edificación que resguardaba a los Guardianes Soberanos, notó de inmediato el inusual resguardo militar presente en el lugar, que contrastaba con la aparente paz que irradiaba la estructura.

Su huida había alertado a todas las facciones de combate, lo que le adelantó el clima que encontraría entre los miembros del Alto Consejo. Lo consideraban un enemigo, un traidor, lo que hacía más improbable que ayudaran a regresar a Augustine al mundo humano.

En cuanto lo vieron descender, fueron rodeados por una docena de guerreros, todos equipados con armaduras y armas de primer nivel.

Alderian iba sencillamente ataviado, solo con su espada pendiendo de su cinto.

No quería enfrentarse a ellos, no tenía intención de derramar sangre de A’aruin inocentes.

—Abrid paso —ordenó al mismo tiempo que dejaba lentamente a Augustine en el suelo. Se erizó de emoción al verla con porte majestuoso, como una reina en sus dominios. No la veía asustada, ni tímida, como imaginó que se sentiría frente al peligro desconocido.

Los soldados dudaban y algunos empezaron a despejar su camino, pero Prometius dio un paso al frente, recio y firme.

—Alderian… has venido sabiendo lo que te espera. Tenemos orden de apresarte, con tu acompañante, si es necesario. Acompáñanos sin oponer resistencia, por el bien de todos…

—Eso no ocurrirá —repuso Alderian suavemente, con una sonrisa tenue—. No tengo intención de ser dócil esta vez. Mi objetivo es claro. He de hablar con los Guardianes Soberanos y devolver a mi humana a su dimensión. Sugiero que no intenten oponerse a mis deseos.

Prometius mostraba una expresión casi dolorosa en su rostro. El resto de los guerreros abrió el paso, despejando su ruta. El general continuaba interponiéndose en su camino, pero resultaba evidente que se encontraba en un gran conflicto interno.

—¿Qué nos estás haciendo? —preguntó con los dientes apretados.

—Muévete. No me gusta perder el tiempo —ordenó Alderian con una voz que no admitía réplica. Como si fuera una marioneta, Prometius lo dejó pasar.

Avanzaron hacia la Puerta de Escudos. Los diseños de la noble madera representaban escenas épicas, infinitas. Alderian dio dos pasos en esa dirección cuando notó que Augustine se había quedado atrás.

¿Se sentiría intimidada?

Se acercó, tendiéndole la mano, pero ella hizo caso omiso.

—¿Qué pasa, Augustine? ¿Te sientes mal?

Ella negó con la cabeza, pero se veía confusa.

—Oigo unas voces… ¿No las oyes tú también?

Alderian supo que eran sus Sombras, voces que solo ella podía percibir.

—¿Qué dicen las voces?

—Gritan furiosas… no alcanzo a entender. —Llevó las manos a los oídos. Parecía un sonido insoportable—. Creo que no les gusta que entre por esa puerta. Dicen que esta no es la adecuada para mí…

—¿Y cuál es la puerta adecuada para ti? —preguntó Alderian expectante. Augustine no respondió, parecía atormentada—. Dales una orden, Augustine. Pídeles que se callen, seguro te obedecerán.

Augustine susurró

—Silencio.

De inmediato, su expresión mostró alivio. Lo miró sorprendida.

—¿Qué fue eso?

Alderian acarició levemente su cabeza.

—No estoy seguro —admitió—, pero creo que hasta cierto punto esas voces te obedecerán. No tienes que temerlas… no tú, al menos.

Alderian suspiró, mientras tomaba su mano y la invitaba a entrar.

—Sea o no la puerta para ti, es la que tenemos que usar para entrar. No podemos demorarnos más.

Sin que nadie se cruzara en su camino, llegaron a la cámara exterior de la Sala del Alto Consejo.

¡Qué distintas eran las circunstancias desde la última vez que estuvo ahí!

Volvía como un fugitivo renegado, enemigo de A´aru.

Y así fue recibido por los centinelas del interior.

Sorprendidos de verlo llegar, se pusieron en guardia.

No tuvo tiempo de intentar iniciar una conversación: el ataque fue inmediato y feroz.