Capítulo 52
Capítulo Cincuenta Y Dos
A brió los ojos lentamente, pestañeando varias veces mientras enfocaba la vista en la penumbra. Una silueta se encontraba inclinada sobre ella, mirándola con detenimiento, acariciando con ternura su frente fría.
Su cálido contacto la reconfortó.
—¿Augustine? —Escuchó y reconoció la voz de su amante misterioso.
Se incorporó, sintiéndose algo mareada. El firme abrazo del hombre la sostuvo, mientras acomodaba cojines en su espalda y la ayudaba a recostarse.
—Qué buen servicio —dijo, intentando bromear, pero su débil voz solo logró preocupar a su acompañante.
—Debemos encontrar la manera de devolverte a casa, amor mío —explicó él, mientras seguía acomodando los cojines a su alrededor.
—Me siento mejor —aclaró Augustine, al mismo tiempo que se sentaba y quedaba a centímetros de él. El muchacho retrocedió por instinto, pero ella lo detuvo posando ligeramente la mano en su nuca—. Dije que me siento mejor, Alderian.
Su expresión cambió de inmediato. Su sorpresa y su esperanza la hicieron sentir extrañamente complacida.
—No recuerdo nada más, no te hagas ilusiones —aclaró, alisando su pelo. Pudo ver la decepción en sus ojos, que intentó disimular sin éxito.
—Está bien, Augustine… Recordaste mi nombre. Eso es un gran logro, considerando que has pasado por el Olvido de Lethe. Honestamente, no sé cómo lo haces —manifestó Alderian, mientras acariciaba una de sus manos.
—Tú me amas también —dijo Augustine, al cabo de un momento. No era una pregunta, sino la constatación de un hecho que le parecía evidente.
Alderian sonrió y besó la palma de su mano.
—Qué alivio —dijo lacónicamente.
—¿El qué?
—Ver que sigues siendo tan inteligente como siempre, aunque me gustaría aclarar que no solo te amo.
Fuiste, eres y serás siempre la única que puede hacer conmigo lo que quiera…
Soy capaz de vivir cientos de años solo conformándome con verte feliz.
Te digo esto, porque pronto volverás a casa, volverás a tu vida humana y ya no existiré en tu consciencia…
y eso está bien. Sé feliz, amor mío… y si, de vez en cuando, piensas en ese extraño sueño que tuviste alguna vez, si llegas a recordarme de esa manera, espero que sepas que incluso en tus sueños has sido amada.
Augustine quiso llorar. Una emoción intensa, mezcla de melancolía y anhelo, hizo que sintiera un nudo en el pecho.
Alderian la abrazó al darse cuenta de que estaba al borde de las lágrimas.
Las palabras sobraban. El anhelo de ambos se notaba en ese abrazo, tan cálido. Augustine tuvo la necesidad imperiosa de sentir su cuerpo, sus manos, su boca, sobre ella. Comenzó a tocarlo, buscando su piel debajo de la vestimenta. Alderian se estremeció al notar su contacto y se apartó ligeramente.
—Augustine… estás en un estado de mucha fragilidad…
Créeme que quiero esto más que tú, pero no me perdonaría ponerte en riesgo.
—Alderian hablaba muy bajo, casi susurrando, a escasos centímetros de los labios de Augustine.
Ella lo besó sin contestar. Lo quería para ella y no quería esperar.
Alderian interrumpió el beso, consternado—.
Augustine, por favor, mañana ni siquiera recordarás que hiciste esto conmigo…
no estás completamente en tus cabales ahora mismo.
—Escúchame bien, Alderian, solo tenemos este momento. Yo no recuerdo el pasado que compartimos… y me dices que no tenemos tampoco un futuro. Pero tenemos el ahora . ¿Qué importa si mañana no recuerdo nada? Si ahora mismo, lo único que quiero eres tú…
Alderian gimió y Augustine no supo si era una queja o un llanto reprimido.
—Eres cruel, mi Augustine… Sabes cómo despojarme de toda convicción, haces que lo correcto y lo incorrecto se desdibuje y ya no sepa qué es qué…
Solo quiero seguirte… solo quiero que me permitas estar a tu lado…
Estoy dispuesto a ser casto y acompañarte como lo haría un hermano, si eso garantiza tu seguridad, pero luego, vienes…
vienes y me desarmas y ya no sé qué debo hacer…
Augustine acercó sus labios y respiró de su aliento, rozando los de él apenas.
—Haz lo que quieras… no pienses nada más.
Un gemido consternado. La presión de sus manos en su espalda, mientras Alderian la elevaba por el espacio de la habitación. Su beso profundo, al mismo tiempo que se abandonaba en su abrazo.
La cálida lengua de Alderian recorrió su piel, dibujando un camino desde su cuello hasta su pecho. El delgado vestido que usaba cayó al suelo, mientras él la sostenía desnuda en los aires.
—Por lo que más quieras… no permitas que surjan tus alas… —murmuró Alderian, su mano deslizándose por sus pechos, recorriendo su vientre—. No intentes volar, no te dejaré caer.
Mientras una de las manos de Alderian la sostenía con firmeza desde su espalda, la otra estrujaba sus pechos con urgencia. Sus labios succionaban sus pezones y sus dientes los mordisqueaban con suavidad.
—Quiero devorarte —afirmó, bajando la mano hacia su ingle para introducir un par de dedos en su vagina.
Su contacto fue gentil, pero firme. Augustine exhaló un alarido de placer y desconcierto.
Con su propia mano invitó a Alderian a seguir penetrándola de esa manera, caliente y excitante.
Alderian saco los dedos y los llevó a su propia boca para lamerlos con voracidad—. Quiero lamer cada rincón de ti.
Ágilmente la tomó por la cintura y la alzó sobre él. Luego, la sentó en su rostro. Lengua, dientes, labios. Augustine se retorcía en éxtasis mientras Alderian devoraba su sexo con frenesí.
Alderian descendió con suavidad y la tendió sobre la cama.
—Eres mi mujer, mi esposa eterna —declaró con voz ronca, mientras la tomaba por la cintura y la acercaba a él.
Augustine se dejó arrastrar, con la respiración agitada y su cuerpo caliente de deseo. Abrió sus piernas, para invitarle a entrar. Él no se hizo esperar. La penetró con firmeza y ella lanzó un alarido de placer. Con cada embestida de Alderian, sentía una oleada satisfactoria de urgente apremio.
Lo abrazó y con sus manos llegó a la base de sus alas. Tocó tímidamente las plumas negras. Alderian se sobresaltó e interrumpió sus caricias.
—¿Puedo? —preguntó Augustine con un suspiro contenido. Alderian la besó, esta vez suavemente.
—No hay nada de mí que esté prohibido para ti.
Augustine hundió las manos en sus suaves plumas y sintió cómo se erizaban levemente, a la vez que notaba que la piel de Alderian se sobrecogía por el contacto.
Las acarició entonces en profundidad, sintiendo su suave y cálida textura, mientras Alderian seguía dentro de ella, completamente vulnerable y entregado.
Alderian le dio vuelta, para dejarla boca abajo, las sensuales caderas levantadas hacia él.
Las tomó con decisión y acarició su piel mientras la penetraba despacio.
Augustine exhaló un gemido, subyugada y empujando hacia él, incitándolo a más.
Mientras una de las manos del joven recorría y acariciaba sus glúteos, bajó la otra hacia el vientre, manteniendo el ángulo exacto del placer.
Cada una de las fibras nerviosas de Augustine estaban erizadas de excitación.
No podía verlas, pero sentía las plumas de sus alas rozando su cintura.
Se entregó a un orgasmo que la sacudió por completo, mientras Alderian acababa dentro de ella entre gruñidos y suspiros de gozo.
Cayeron ambos sobre la cama en un abrazo rendido.
Augustine se refugió en su pecho y Alderian la acogió con sus brazos y plumas, para arrullarla en un cálido capullo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó cuando sus respiraciones se acompasaron y sus corazones comenzaron a latir con más normalidad.
—Me siento bien… Ha sido delicioso… —confesó la muchacha con naturalidad, sintiendo aún algunos espasmos remanentes de placer. Alderian la abrazó más fuerte.
—Ojalá este momento fuera eterno —deseó somnoliento.
Augustine no dijo nada, pero al cabo de un momento preguntó:
—Alderian… ¿eres un demonio?
Alderian abrió los ojos y la miró en silencio.
—¿Qué harías si lo fuera? —preguntó a su vez.
—¿Hay algo que deba hacer, si lo fueras?
—¿Y si este no fuera mi aspecto real? ¿Y si fuera un demonio tan espantoso que no pudieras siquiera mirarme sin asustarte?
Augustine sonrió suavemente.
—En ese caso, puedes arrancarme los ojos y seguir amándome.
Alderian se sobresaltó.
—No digas eso ni de broma.
—No bromeo —aclaró ella—. Si mis alas te asustan tanto, puedes arrancarlas en cuanto comiencen a aparecer. Lo que sea necesario, para que ese momento sea eterno.
Alderian sopesó sus palabras antes de responder con total seriedad.
—Nunca dejas de sorprenderme, mi dulce Augustine…
, pero, solo para que lo sepas, soy capaz de cortarme las manos antes de tocarte con ellas para hacerte daño.
Nunca vuelvas a repetir una petición como esa frente a mí.
Y, para tu tranquilidad, no soy un demonio…
pero no me importaría transformarme en uno por ti.