Capítulo 51
Capítulo Cincuenta Y Uno
A ugustine se refugiaba en el abrazo de ese formidable ser divino. Su olor, su calor, su contacto, le parecía todo un milagro después de haber deambulado por ese vacío cascarón. Él no la soltaba, la abrazaba cariñosamente, recorriendo su espalda con sus largos dedos.
Se avergonzó al desear que siguiera su recorrido más allá de su espalda, pero él no parecía tener intención de llevar el abrazo más allá.
Se sentía, sobre todo, sorprendida de su propia honestidad. De haberle declarado sentimientos profundos sin siquiera saber quién era, aunque viendo cómo parecía tanto aliviado como agradecido, supo que sus palabras no estaban por completo fuera de lugar.
—¿Cómo te llamas? —preguntó la joven suavemente.
—No te lo diré todavía… te haré recordarlo.
Esa promesa la llenó de emoción y anticipación. La separó ligeramente y le sonrió. Ya no quedaba nada de la mirada asesina que vio cuando recién lo conoció. Solo dulzura y paciencia infinita.
¿Cómo no enamorarse de esos ojos?
Él dejó un suave beso en su frente y, llevándola de la mano, la condujo por los pasillos del palacio. Cada cierto rato se daba vuelta para mirarla, como si temiera que se fuera a desvanecer. Cuando sus miradas se encontraban, él volvía a sonreír, como un niño con su juguete preferido.
Se sentía hermosa cuando sus ojos la observaban. Como un tesoro perdido, como un brillante diamante.
—Esta es tu habitación —anunció frente a una alta puerta blanca, con forma oval y pomos plateados, esculpidos imitando un botón de rosa con sus pétalos dispuestos en espiral.
—Qué hermoso es todo… parece salido de un cuento de hadas —se admiró la joven.
El hombre la miró en silencio y, sin previo aviso, la encerró con sus brazos contra la puerta cerrada.
—Tú pareces como salida de un cuento… Es irreal que estés en verdad aquí. Eres como una princesa encantada, presa de un hechizo que te obliga a olvidarme… ¿Recuperarás la memoria con un beso?
La besó con dulzura al principio, pero al ver que ella respondía, comenzó a exigirle más. Augustine sentía su lengua acariciando la suya lenta y sensualmente. Sus alientos fusionados, sus respiraciones agitadas.
—¿Nada aún? —preguntó él, hablándole al oído. Su cosquilleo erizó su piel y un tenue gemido brotó de sus labios cuando sintió que mordía con suavidad el lóbulo de su oreja.
—Si sigues así, aunque recuerde algo, no te lo diré, para que continues… —respondió Augustine, sonriendo. El hombre la miró, con su frente apoyada en la suya.
—Sigues siendo tú después de todo… Sin duda, me volvería a enamorar de ti, si fuera yo el que no te recordara.
Abrió la puerta y la invitó a pasar a una inmensa alcoba delicadamente decorada.
Se adentró con cautela, temerosa de romper un silencio que se sentía sagrado.
—¿Te trae este lugar algún recuerdo?
La condujo frente a un gran espejo y pudo ver su pálido reflejo. Sintió las grandes manos de su ángel-demonio tomarla por la cintura con seguridad. La sabiduría con que tocaba su cuerpo le hizo pensar que quizás era un mujeriego.
¿Habría traído a muchas otras mujeres a ese lugar antes que a ella?
Él la miraba expectante a través del reflejo. Ella frunció el ceño.
—¿Recordaste algo? —preguntó ilusionado.
—¿A cuántas mujeres has traído a esta habitación?—preguntó Augustine en cambio.
El hombre se quedó de una pieza y no supo qué decir. Finalmente, comenzó a reírse.
—¿Es en serio? ¿Estás celosa?
Le dio vuelta y se quedó frente a él.
—Eres tan adorable en este estado que me tienta que no recuperes la memoria —bromeó abrazándola—.
Pero sí, quiero que me recuerdes… Si lo hicieras, no se te ocurriría pensar que hay alguien más para mí.
Sabrías que nuestro destino nos pertenece solo a los dos.
No hay otras mujeres, ni otros hombres, que tengan cabida entre nosotros.
Augustine sonrió, a su pesar. Qué fácil y sencillo resultaba ser feliz al lado de ese hombre. No recordaba nada de él, pero entendía completamente porqué le amaba.
En ese momento, una algo hizo que perdiera las fuerzas en sus piernas. Una sensación de vacío en su pecho la invadió y todo se tornó lejano.
—¿Augustine? —Escuchaba el llamado desesperado del hombre, de su hombre… de Alderian.
Se aferró a ese nombre mientras se sumía en las tinieblas.
* * *
—¿Augustine? —gritaba Alderian desesperado mientras veía la mirada de la joven vaciarse y sentía su cuerpo inerte entre sus brazos. Nunca, en todos los ciclos de encarnaciones que habían tenido, había experimentado algo como eso.
Morir y encarnar siempre parecía un baile infinito, en el que solo uno de ellos estaba en la pista.
Nunca los dos bailando, nunca los dos sentados, descansando.
Estar ambos en A´aru cuando uno de ellos aún tenía conexión con el mundo humano era algo completamente irregular. No sabía cómo actuar, ni qué esperar.
Trató de recordar cómo era su propia experiencia cuando volvía a A´aru después de encarnar como humano.
Era inútil.
El Olvido de Lethe era implacable. Solo tenía recuerdos de ser Alderian, en su palacio eterno.
Aldana olvidaría todo, toda su existencia como Augustine, incluso ese último momento robado que habían compartido.
¿Y él?
Una vez que muriera Augustine, ¿sería forzado de inmediato a entrar al mundo humano?
La llevó hasta su cama y la examinó con cuidado. Su fisonomía estaba cambiando sutilmente. Cada vez quedaba menos de Augustine en su apariencia.
Pero aún no tenía alas.
Seguía viva en el plano humano, pero apenas.
Le quedaba poco tiempo.
Necesitaba devolverla a su cuerpo cuanto antes, pero ¿cómo?
Notó que la respiración de la joven se tornaba más pausada y retomaba un ritmo normal.
Y entonces lo sintió, como una corriente subterránea, un flujo de energía oscura. La presencia de Augustine se hizo más pesada. En la leve penumbra que proyectaba la luz de A´aru, salvajes Sombras se refugiaban silenciosas bajo ella.
Consideró eliminarlas enseguida. Su presencia en A´aru significaba un sacrilegio. Sin embargo, guardó silencio e hizo como si no hubiera notado nada. Después de todo, eran las Sombras de Augustine y ya había sido testigo de lo que podrían llegar a hacer para defenderla.