Capítulo 50
Capítulo Cincuenta
V er a Augustine huir despavorida fue un golpe de realidad que no esperaba. Alderian suponía que el Olvido de Lethe había actuado, pero una pequeña parte de él tenía la esperanza de que Augustine, solo ella, podría quizás ser la excepción.
Nada lo había preparado para ver esos ojos aterrorizados, mirándolo como si fuera un verdadero demonio.
Cruel Augustine, incluso en la inocencia de su olvido, capaz de tenerlo con el alma pendiendo de un hilo.
No lo recordaba, eso estaba claro. No solo eso… no veía el Hilo de Plata.
¿Se había restaurado la anomalía?
Lo que no pudo el Guardián del Olvido, ¿lo ejecutó Lethe?
Cerró sus ojos, demasiado consternado para siquiera pensar con claridad.
Debía devolverla a su cuerpo humano, aunque no hubiera un después para ellos cuando regresara.
El problema: no sabía cómo.
Se sorprendió al sentir su cálido contacto sobre el rostro. Abrió los ojos y pudo ver el de ella tan cerca que sintió el impulso de besarla al momento. Bastaría con extender una de sus manos para tomarla de la cintura y no soltarla jamás.
Pero debía ser cuidadoso. Ella estaba venciendo sus propios miedos y barreras para acercarse hacia lo desconocido. Un movimiento en falso y la vería huir de nuevo.
Su corazón palpitaba con fuerza, vigoroso como su deseo por esa mujer.
No era el reencuentro que había imaginado tantas veces mientras estuvieron separados, pero sentir su mirada curiosa sobre él mitigó su dolor.
Al menos sentía curiosidad por él. Eso ya significaba algo.
El beso lo tomó por sorpresa. Sintió sus labios carnosos y le abandonó toda compostura. La abrazó con una de sus manos sobre su baja espalda, la otra sobre su cuello, y profundizó el beso que ella había iniciado.
Sabía que no lo recordaba. No era correcto y, aun así, era inevitable.
Augustine respondió deliciosamente a su intensidad, relajando su cuerpo bajo su contacto. Alderian acarició con firmeza su espalda, sus firmes glúteos, con un deseo que se veía aumentado por su desesperación.
Interrumpió el beso solo porque necesitaba ver los ojos de Augustine.
¿Habría recordado algo? ¿O esa entrega representaba una ilusión de un pasado que ya no volvería?
—¿Me recuerdas, amor mío? —su pregunta sonaba casi a súplica.
La joven negó con la cabeza. Alderian besó su frente y acarició su cabello, evitando mostrarle lo roto que se sentía por dentro.
—No te recuerdo —declaró ella—, pero te amo… aunque no tenga sentido.
Alderian la cogió por los hombros y la separó lo suficiente para mirar con cuidado su rostro.
—¿Qué has dicho?
—He dicho que te amo… ¿Acaso esto es porque me has hechizado?
Alderian sonrió suavemente y la besó de nuevo, esa vez con ternura. Ella le devolvió el beso con timidez.
—Ya quisiera yo poder hechizarte, amor. Serías más dócil así… ¿No te dije que debías cuidarte? ¿Cómo llegaste hasta aquí?
Augustine buscó refugio en su abrazo y Alderian supo que no estaba todo perdido. Mientras le permitiera acompañarla, mientras no lo rechazara…
* * *
—Explícate, Prometius
El formidable guerrero se encontraba arrodillado en medio del salón del Alto Consejo, con la cabeza inclinada en señal de respeto absoluto. Una ira interna lo invadía al recordar que estuvo a punto de humillarse de forma voluntaria, haciendo ese mismo gesto frente a Alderian.
—El prisionero ha escapado, mi señor —respondió escueto al Guardián del Orden, que lo miraba con frialdad.
—Esa parte de la noticia ya me había llegado… ¿Podrías darnos más detalles? Explícame cómo un prisionero salió caminando sin que nadie intentara detenerlo.
No quería poner a prueba su paciencia y decidió ser brutalmente honesto.
—Mi señor… Alderian no es un prisionero común. Tiene una especie de… autoridad. Un dominio que es difícil de resistir. Es muy parecido a lo que su humilde servidor siente cuando un Guardián Soberano da una orden irrestricta.
El Guardián del Orden se puso de pie, escandalizado.
—¿Qué estás diciendo? Suena muy parecido a traición, para salir de la boca de nuestro general.
—Su excelencia, lo que digo no es baladí. Es la razón por la que no fui capaz de detenerle. Mostraba ese aspecto monstruoso que nos enseñó en el duelo. Sin duda, hay algo muy peligroso en él.
El Guardián del Orden descendió de su sitial y avanzó hasta Prometius.
—Somos tres poderes en A´aru, general. No lo olvides. No vuelvas a repetir lo que has dicho en esta sala.
El guerrero asintió en silencio, aunque una hebra de duda persistió en su interior.
—¿Hacia dónde se marchó? ¿Pudieron ver en qué dirección se fue?
—No lo vimos, mi señor, pero presumo que partió hacia su palacio, donde la humana fue dejada esta madrugada.
—¿Qué pretendes hacer, Guardián del Orden?
—le increpó el Guardián del Olvido, que hasta ese momento se había mantenido al margen de la conversación—.
Extraer un espíritu de forma tan violenta no es tu estilo habitual.
No estás rompiendo ninguna regla, pero parece una solución poco elegante al problema que nos supone este par.
—Esa humana es una insolente. Quería venir a A´aru, quién sabe para qué.
Noté que ejerce cierta influencia sobre las Sombras.
Ayer tuvimos un avistamiento fuera de toda lógica y testigos señalan que se replegaron en torno al perímetro donde ella se encontraba.
No puede ser casualidad, considerando lo ocurrido en el evento de la Grieta.
No estoy interesado si le parece o no un estilo elegante a su excelencia, solo cumplo con mi responsabilidad, y esa soberanía no ha de cuestionarse. Mi soberanía, mi decisión.
—Yo entiendo la lógica del Guardián del Orden —intervino la Guardiana de los Hilos, al cabo de unos minutos de tenso silencio.
Estaba sentada en su magnífico sitial con los brazos y piernas cruzados—.
Que ella se enfrente al Olvido de Lethe es la manera más directa de suprimir una anomalía.
No podemos hacer lo mismo con Alderian, y eso es un problema.
No deberíamos seguir postergando su juicio.
Después de todo, ha matado a un humano y a un A’aruin.
Merece un castigo ejemplar y, ahora que su humana está por morir, debemos decidir si interrumpimos sus ciclos de encarnación y los entregamos a Lethe.
Entregarlos a Lethe.
Sinónimo de sentencia de muerte.
Prometius escuchaba la conversación simulando ser un mueble más en la habitación, consciente de que estaba asistiendo a una discusión delicada. Sintió rabia consigo mismo al tener el impulso de avisar a Alderian del peligro que corría.
¿Qué maldito poder había ejercido sobre él?