El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 49
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Capítulo 49

Capítulo Cuarenta Y Nueve

U na joven sin nombre deambulaba por los pasillos de un palacio abandonado. Sus altos muros adornados por tapices hábilmente tejidos relataban historias de tiempos antiguos que ya nadie recordaba. El eco de sus pasos se perdía en la inmensidad del vacío. Como un mausoleo, estaba enterrada en vida.

La belleza cristalina del recinto resultaba, a su manera, inquietante. Sentía muy en lo profundo que era un lugar que había albergado alguna vez bullicio y vida, lo que hacía el contraste aún más opresor.

Tenía que esperar. Esperar… ¿qué?

Le dijeron que era su hogar, pero nada en ese sitio parecía darle la bienvenida.

Perdida en el limbo de su propia mente desorientada, solo podía deambular, como un fantasma errante.

Salió a los jardines y miró el cielo plateado, ondulante.

Estaba esperando, sí. Y, aunque no sabía qué, sentía que había olvidado algo extremadamente importante.

Algo inusual en el cielo llamó su atención.

Lo que inicialmente parecía un pequeño punto a la distancia fue rápidamente ganando en tamaño, hasta que distinguió con claridad a un ser alado acercándose a toda velocidad. Sus alas negras la intimidaron, especialmente porque la advirtieron de que nadie vendría a visitarla.

Escapó lo más rápido que sus piernas le permitieron. Buscó refugio dentro del palacio, agradeciendo sus muros inexpugnables. Incluso en su interior, que parecía un laberinto, había múltiples lugares donde refugiarse.

Subió a toda velocidad las formidables escaleras que conectaban con el piso superior. Con la respiración entrecortada, entró a una habitación cualquiera y cerró la puerta por dentro, pasando el seguro.

Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada contra uno de los muros y el corazón latiendo desbocado.

Echó un vistazo a su alrededor. Se encontraba en una habitación pequeña y acogedora.

Una cuna en medio de la alcoba y unos juguetes de bebé cuidadosamente dispuestos en un mueble llamaron su atención.

Era una cuarto adorable.

Escuchó unos pasos acercarse lentamente y salió de su ensoñación.

¿Quién podría estar persiguiéndola con tanta insistencia?

Los pasos se detuvieron frente a la puerta. La muchacha sin nombre contuvo la respiración, expectante.

El seguro se abrió, sin resistencia, y la puerta comenzó a abrirse despacio.

Una silueta inmensa proyectó una sombra aterradora.

La joven se puso ágilmente de pie, dispuesta a embestir y huir.

El hombre detrás de la sombra era imponente.

Una figura tan hermosa como terrorífica la dejó paralizada de miedo.

Su mirada encendida tenía un deseo asesino, sus alas parecían estar a punto de entrar en combustión.

¿Qué querría una criatura del averno con alguien que ni siquiera tenía nombre?

Retrocedió instintivamente, acercándose a la cuna y dejándola entre ellos, como si esa frágil estructura pudiera detener a tan colosal oponente. El hombre no hizo ningún intento de aproximarse. Tan solo la miraba desde el umbral en silencio, tan expectante como ella.

—¿Qué quieres de mí, demonio? —inquirió la joven con la voz estrangulada, llena de pavor.

Sus palabras golpearon a la criatura como un mazo. Retrocedió, mirándola incrédulo.

Al ver un dolor genuino en su mirada, la muchacha sin nombre dudó.

¿Por qué la miraba con tanto anhelo? ¿Por qué no la atacaba?

Tras unos minutos de silencio, el hombre pareció tomar una nueva resolución. La miró con una ternura inesperada y dijo con una voz grave y arrulladora:

—Todo está bien, Augustine. Nadie te hará daño… Estoy aquí para protegerte.

—¿Quién es Augustine? —preguntó desconcertada. Quizás ese demonio se había equivocado de presa.

—Ahora no lo recuerdas, pero eres Augustine… Sigues siéndolo todavía, porque aún tu cuerpo humano sigue vivo. Debes regresar, no puedes quedarte más tiempo acá.

Augustine dio un paso hacia él, insegura.

—¿No ves el Hilo de Plata que nos conecta? —preguntó el hombre, esperanzado. Al verla negar con la cabeza, lo vio sumirse en una absoluta desesperación.

La criatura cerró sus ojos dorados, en un intento de calmarse. Sus alas parecían estar ardiendo.

¿Le dolería?

Se sorprendió al verse a sí misma preocupada por él.

Se acercó con cautela, con la convicción instintiva de que no corría peligro a su lado. De pie, frente a él, quedó cautivada por su belleza.

¿Se habría equivocado?

¿Podía un demonio ser tan irresistiblemente hermoso?

Antes de que se diera cuenta de lo que hacía, extendió su mano hacia su rostro. El contacto con su piel fue extasiante y la invadió una sensación de placer tan intensa como una descarga eléctrica.

La criatura abrió los ojos. El dolor de su mirada era profundo y la muchacha sin nombre sintió ese dolor como propio.

¿Quién le había hecho tanto daño?

Quizás debería alejarse. Quizás ese contacto inesperado iniciado por ella despertaba la furia dormida en él. Pero no podía. Deseaba tocarlo, consolarlo… se avergonzó al reconocer que, incluso, quería besarlo.

El hombre contenía la respiración, mirándola fijamente. Parecía esperar desesperadamente algo de ella.

¿Qué es lo que quería?

Su silencio era como una invitación. Sus labios entreabiertos, una tentación que le resultaba cada vez más irresistible.

Tal vez era un demonio, después de todo.

¿Cómo más podría explicar la locura que la había poseído?

Se elevó de puntillas para acercarse a esos labios que la estaban esperando. Lo besó sin siquiera saber su identidad, de dónde venía o cuál era su objetivo, y no le importó.

Nada más existían en esa habitación. Solo ellos dos.