El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 48
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Capítulo 48

Capítulo Cuarenta Y Ocho

¿ C uántos días habían pasado?

Ya había perdido la cuenta. En A´aru resultaba difícil seguir el transcurso del tiempo, por la ausencia de una diferencia clara entre el día y la noche.

La Trompeta de la Tarde le serviría de guía, pero el lugar en el que estaba no recibía su sonido.

De vez en cuando, lo llevaban a sumergirse a Lethe (no llevarlo equivalía a privarlo de algo más urgente que la alimentación), pero, aun así, no lograba mantener la cuenta, porque los horarios en que lo llevaban eran completamente aleatorios.

Alderian aguardaba con paciencia a que se sucediera el cambio de guardia, el único momento del día en que se enteraba de alguna novedad del exterior, al escuchar lo que los centinelas conversaban.

Hacía días que había sentido el tirón de su Hilo de Plata y supo que Augustine estaba bien.

Ojalá hubiera seguido haciéndolo con regularidad, así no sentiría esa ansiedad permanente.

Recordó apesadumbrado la última despedida. Ese momento impensado en el que pudo tocar con sus propias manos el cuerpo y el rostro de su dulce Augustine. Habría deseado que ese momento hubiera sido un poco más largo… lo suficiente para tener más recuerdos que atesorar.

El Guardián del Olvido fue claro entonces. Debía asegurar la sobrevivencia de Augustine a toda costa.

Aunque no entendía por completo las razones que movían al soberano, se daba cuenta de que a él no le sorprendía que Augustine fuera la causa de la anomalía.

Pensó en las cartas de Aldana… Sí, seguramente ese fue el origen de todo.

Pero ¿por qué el Guardián del Olvido estaría protegiéndola en secreto?

Esas eran las preguntas que le rondaban continuamente mientras aceptaba estoico un inmerecido encierro. Nadie le había ido a ver, tampoco lo habían sometido a un interrogatorio, pero sospechaba que pronto tendría que responder por sus supuestos actos.

Algo inusual lo sacó de su ensimismamiento. Su Hilo de Plata brilló tenue y sintió el olvido de Lethe penetrando en sus fibras. Se incorporó sobresaltado.

Confundido, se acercó a la puerta y comenzó a golpearla. Se asomó por la estrecha ventanilla que conectaba con el pasillo.

—¡Hey! ¿Hay alguien ahí? —gritaba al mismo tiempo que empujaba la puerta, desesperado.

Escuchó a lo lejos una reja abrirse y unos pasos acercarse. Golpeó con aún más apremio.

—¿Qué pasa? —preguntó el centinela que se encontraba de guardia, sorprendido. Hasta entonces, Alderian no había siquiera saludado de vuelta cuando le dirigían la palabra.

—Necesito salir de inmediato.

El guardia lo miró un momento pasmado para luego reír de buena gana.

—Así que ya perdiste la razón, después de todo… ¿Salir? ¿Qué te hace pensar que puedes hacer eso?

—Debo salir urgentemente. Algo raro está pasando con mi humana.

—Pues deberías haber pensado en eso antes de cometer tus crímenes. No estás acá de paseo, estás arrestado por las leyes de A´aru. Agradece que no te hayan llevado a Ilyr, que es donde mereces estar.

—No sabía que eras juez, además de carcelero. Abre la puerta ahora mismo.

Algo en el tono de Alderian transmitía una autoridad irresistible. El guardia estuvo tentado a obedecer, pero en el último minuto reaccionó, extrañado de su propia debilidad.

Lo miró del mismo modo en que se despierta de un trance y, asustado, huyó corriendo. El sonido de sus pasos se perdió al cabo de algunos segundos.

—¡Maldición! —masculló Alderian entre dientes. El Olvido estaba penetrando intensamente el Hilo de Plata.

Solo podía ser el Olvido de Lethe . Ese que todos sabían que ni siquiera el Guardián Soberano del Olvido podía resistir cuando regresaba de una vida encarnada. Era el Olvido que arrasaba con todo recuerdo de tus existencias como humano.

Derrotado, Alderian se dejó caer en un rincón de su celda. A esas alturas, Augustine ya no lo recordaría.

¿Acaso había muerto?

Un dolor insondable, un vacío oscuro, le invadió.

Su más profundo miedo se había visto cumplido, y no había podido hacer nada para evitarlo.

El dolor dio paso a la furia.

La furia, a un descontrol desconocido incluso para él.

* * *

—Señor, le digo que me hechizó de alguna manera, es peligroso —explicaba el centinela que había huido. Sus ojos abiertos de par en par, su expresión de terror, persuadieron a Prometius, su interlocutor, de la gravedad del asunto.

—Ha de haberse dado cuenta del cambio en el Hilo de su humana.

Me han informado de que el Guardián del Orden ha extraído su espíritu y la ha forzado a cruzar Lethe.

Todavía mantiene una conexión con el mundo humano, pero es cuestión de tiempo que se rompa —explicó el general, mientras acariciaba su barbilla, pensativo—.

No debemos subestimar a Alderian. Es un oponente poderoso.

Como si hubiera sido invocado, silencioso y mortal, Alderian hizo su entrada a la estancia. Había escuchado lo suficiente.

El centinela se sobresaltó, no así Prometius. Ya lo había visto con ese aspecto: ojos dorados y unas alas negras que exudaban un color rojo-dorado, como piedras volcánicas con lava en ebullición.

—Sal de acá, Theo —ordenó el comandante—. Busca refuerzos y refúgiate. No sobrevivirás si te quedas cerca…

El subalterno no esperó una segunda orden y huyó despavorido. En su vida jamás había necesitado contener físicamente a un prisionero, y menos a uno como ese.

—Cálmate, Alderian —apeló Prometius con las palmas levantadas—. Regresa a tu celda. Eres un guerrero prometedor, no quiero tener que matarte aquí.

Alderian lo miraba con ojos de cazador. Prometius ni siquiera estaba seguro de que lo estuviera escuchando. No estaba armado, por lo que suponía que sería menos letal que si cargara con esa extraña arma de fuego incandescente.

Pese a eso, no creía ser capaz de subyugarlo por sí mismo. Necesitaba hacer tiempo hasta que llegaran refuerzos.

Alderian ladeo la cabeza, examinándolo.

—¿Dices que Augustine está en A´aru?

Su voz era un murmullo casi inaudible.

Prometius contuvo la respiración. El centinela tenía razón. El deseo de obedecer era arrollador.

—Sí, está en A´aru —respondió finalmente, aunque resistiéndose a arrodillarse frente a él.

¿Quién era ese A’aruin?

—¿Dónde?

—En el palacio que les ha albergado a ambos por milenios… La comitiva la ha dejado ahí.

—¿Sola?

—Entiendo que sí…, señor.

Prometius cerró los ojos con rabia. Se había dejado dominar por completo.

Alderian pasó a su lado y Prometius no opuso resistencia. Simplemente le dejó salir, como un vasallo le da el paso a su amo.