El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 47
86%

Capítulo 47

Capítulo Cuarenta Y Siete

U n Guardián Soberano de edad indeterminada, maduro, recio y militar, se presentó de pie, frente a Augustine. Ella no recordaba haberlo visto antes, pero su jerarquía y autoridad le resultaron evidentes a primera vista y sintió un peso opresivo en su pecho ante la idea de desafiarlo.

—De nuevo, Aldana, ni más ni menos —comentó el magnífico monarca, acercándose lentamente.

Augustine sonrió mirándolo a los ojos, intentando parecer provocadora. El Soberano se paró en seco, en guardia.

—Humana, ¿puedes verme?

—No tiene sentido negarlo. Ya hemos cruzado el punto de no retorno —respondió Augustine, al mismo tiempo que se aproximaba a él, ocultando el hecho de que las piernas le temblaban.

—Ustedes dos serán la perdición de A’aru, niña insolente. Aquí estás, causando otra vez problemas.

Augustine lo miró sin comprender. ¿Otra vez?

—Si soy tan problemática, quizás deberías llevarme presa. Si no, sigue tu camino. —Augustine, intencionalmente, lo provocó de la forma más infantil que pudo pensar, rogando por dentro que no la matara ahí mismo, o que Agor estuviera listo para protegerla.

—No sabes lo que pides, humana —respondió con dureza. La miró algunos segundos en silencio antes de agregar—: Pensándolo bien, no estaría mal arrancar una mala hierba. Si quieres pagar tus pecados, no seré yo quien te detenga.

Augustine sonrió con disimulo, gesto que el Guardián del Orden notó.

—No estés tan contenta, humana —le sugirió, sonriendo a su vez—. Dudo mucho que puedas volver a tu cuerpo. ¡Gaia! ¡Sácala!

Augustine sintió un pánico creciente invadir su pecho.

¿No volver a su cuerpo?

Una joven guerrera dio un paso al frente para ejecutar la orden.

—¡Espera! —rogó Augustine—. Déjame bajar a la ciudad. No quiero que mis padres me tengan que buscar… te lo suplico.

Gaia se volteó hacia el Guardián del Orden para recibir instrucciones. El soberano autorizó con un movimiento leve de su cabeza.

Descendieron en silencio, como un cortejo fúnebre.

Augustine entró a una pequeña cafetería, donde una agradable mesera se acercó a tomarle la orden.

—Solo un capuchino —pidió—. ¿Y puedes traer papel y lápiz?

Con ellos, registró su nombre y el número de su madre.

Sus pensamientos eran vertiginosos. Había sacado al león de su guarida y ahora no estaba tan segura de haber tomado la mejor decisión.

¿Tendría, quizás, que haber escuchado el consejo del niño soberano?

¿Podrían cruzar sus Sombras con ella, si dejaba su cuerpo atrás?

¿Podría siquiera seguir viviendo como Augustine?

—¿Estás lista? —preguntó Gaia con suavidad.

Augustine la miró y en su interior agradeció la cálida amabilidad que le mostraba. Asintió con la cabeza, aunque no se sentía en absoluto preparada.

—No dolerá —aseguró la guerrera, en un último acto de humanidad.

Sus Sombras se revolvieron furiosas, dispuestas a impedir que las separaran de su ama, pero Augustine ejerció su autoridad de forma implacable y se mantuvieron a raya.

Vio como Gaia realizaba un elaborado movimiento con las manos antes de poner la palma contra su cabeza, sin llegar a tocarla. De inmediato, sintió un zumbido en los oídos, como si su cuerpo se estuviera dilatando o algo estuviera jalándola de forma inevitable.

Aunque la decisión de ir a A´aru fue su voluntad, intentó resistirse. Un instinto parecido al de supervivencia hizo que se aferrara a su cuerpo humano, pero fue inútil. Se sintió arrastrada por un cauce de río, una corriente contra la que no tenía las fuerzas para nadar.

Pronto tuvo un curioso pensamiento.

¿Para qué resistirse?

Era una sensación agradable, después de todo, el dejarse llevar sin ninguna preocupación.

¿A qué se aferraba tanto?

¿De dónde venía?

Sus recuerdos se tornaron confusos y decidió simplemente entregarse a ese plácido presente. Un río de plata que la arrastraba por paisajes hermosos.

Oh, qué nostalgia. Sentía que conocía esas montañas, ese cielo acuoso. Era como volver al hogar.

¿Y ese árbol? Le resultaba familiar… Un viejo sauce y de él pendía una ondulante cinta.

¿Qué significado tendría?

En algún lugar de su mente supo que tenía un significado especial, pero ese pensamiento se deslizó con suavidad de su conciencia y, sin darse cuenta, lo olvidó.

Como si las aguas del río fueran gentiles manos, la trasladaron hasta la orilla, donde cuatro personas la esperaban.

—Ayúdenla a salir —ordenó el que parecía estar al mando.

—¿Qué haremos con ella, señor? —preguntó una muchacha, mientras dos fornidos hombres ayudaban a Augustine a ponerse de pie.

—El Olvido de Lethe ya hizo su trabajo. Solo debemos esperar que pasen las horas para que su conexión con su cuerpo humano se rompa.

Debemos deliberar sobre qué haremos cuando eso suceda.

Espero que en esta oportunidad simplemente rompamos el ciclo de encarnación de estos dos.

Son demasiado problemáticos —habló el hombre maduro.

Augustine no entendía nada de lo que escuchaba, pero una extraña sensación de paz y complacencia hacía que le resultara indiferente.

—Dejémosla en su palacio. Está vacío y nadie la buscará ahí. No será necesario encerrarla… Después de todo, ya perdió su voluntad —ordenó el líder, al mismo tiempo que se retiraba sin mirar atrás.

—Vamos… —invitó la muchacha, cubriéndola con una capa. Solo entonces Augustine se dio cuenta que tenía su ropa empapada y que se sentía pesada. La siguió obediente.

—¿Cómo la llevaremos? —preguntó uno de los hombres que la ayudó a salir del agua—. No tiene sus alas todavía.

—Supongo que tendremos que llevarla en andas, su palacio está lejos de aquí para llegar caminando —resolvió la mujer.

Uno de los hombres la levantó en vilo, sin siquiera darle un aviso previo. Augustine se aferró a él, de pronto asustada, en especial cuando vio emerger unas enormes alas de su espalda. El ángel no hizo caso de sus aspavientos y levantó el vuelo, seguido del resto de la comitiva.

El aire en su rostro se sentía refrescante. Su pelo suelto se arremolinaba en su rostro y notó, por primera vez, que su cabello lucía plateado, igual que el de los ángeles que la acompañaban.

¿Siempre tuvo el pelo de ese color?

A lo lejos vio una enorme construcción y contuvo el aliento ante su magnificencia. Se trataba de un palacio imponente, de altas columnas, torreones esculpidos con hermosos diseños, brillante como una estrella.

En la medida que se fueron acercando se maravilló con los diseños de los jardines, la delicadeza de las esculturas que lo adornaban y la tranquilidad que reinaba en todo el lugar.

Aterrizaron con suavidad. Ya no estaba asustada.

Miró a la comitiva que la acompañaba y se sintió insegura.

¿Qué tenía que hacer ahora?

Como si le hubiera leído los pensamientos, la mujer se acercó y tomó la palabra.

—Este es tu hogar, humana. Debes permanecer aquí y esperar. Nadie vendrá a visitarte y nadie te espera en ningún lugar. Solo aguarda hasta que tu memoria original se restaure, cuando tu conexión con el mundo humano se rompa.

—¿Qué pasará conmigo?

—Recuperarás tu identidad verdadera. Tu nombre y cuerpo de A´aru. Es lo que todos vivimos cuando dejamos de existir como humanos. Sobre lo que pase después de eso… solo Lethe sabe.

Los cuatro ángeles se elevaron en el cielo y desaparecieron en el horizonte, dejando a Augustine completamente perdida e indefensa.