Capítulo 46
Capítulo Cuarenta Y Seis
—¿ P odré crear criaturas grandes? ¿O muy pequeñas? —se preguntó Augustine, en voz alta.
—Mi señora, somos lo que tu mente quiera moldear de nosotros… —respondió Agor. Elarión se sobresaltó al oír su voz profunda.
—Aunque no tengo mucha imaginación. No en estos momentos, al menos, pero haré el esfuerzo. No quiero decepcionar a mi amigo.
Extendió su mano y con la punta de los dedos cogió un fragmento de sombra pequeño como una manzana.
—Aeris, eres un hada de la noche…
La sombra se contorsionó ante la vista asombrada de Elarión y, segundos después, dio paso a una criatura pequeña, pero perfectamente formada. Había perdido la oscuridad de su naturaleza original y, en cambio, brillaba hermosa, como si hubiera salido de un cuento de hadas a las manos de Augustine.
La pequeña criatura alzó el vuelo como un picaflor.
—Vaya… así que esto también puede nacer de una sombra —comentó Augustine, permitiendo que la criatura se posara en su hombro.
La joven se acercó a Elarión lentamente.
—¿Me crees ahora? Mis Sombras mataron al humano y a su A’aruin. Lo hicieron porque yo se lo ordené. Alderian no ha hecho nada que merezca un castigo.
Elarión apretaba los puños.
—Ya veo… me temes ahora. Lo comprendo, puedes irte si así lo prefieres.
—Mensajera…
Se acercó de improviso, sus ojos ardían con una pasión y determinación que no había visto antes en él.
—Tómame. Átame a ti, te lo suplico.
—¿Qué dices? —Augustine lo miraba sin comprender
—Quiero pertenecerte. Quiero que seas la única que hace vibrar los Hilos de mi Destino. Te pertenezco, por favor, tómame…
—Pero tú tienes a Ana, Elarión…
—Perdóname por decir esto, Mensajera, pero nada me importa… Tú puedes, sé que puedes hacer lo que otros no. Tómame, permíteme estar a tu lado sin restricción…
Elarión estaba muy cerca de ella, agitado, expectante.
Augustine, por un fugaz momento, imaginó cómo la haría sentir si escuchara a Alderian hablarle de esa manera, y supo sin temor a equivocarse que sentiría una excitación y deseo de domarlo irresistible.
Pero Elarión no le provocaba ni de lejos ese tipo de reacción.
No disminuyó la distancia y lo miró a los ojos.
—Alderian y yo estamos en una relación que no es solo platónica, ni inocente —aclaró lapidaria—. Somos amantes. Creo que deberías saberlo, ya que tienes ese tipo de pensamiento.
—Lo suponía… y, aun así, no me importa. ¿Qué tan patético soy?
Elarión la miraba firme, insistente.
—¿Qué quieres de mí? —Augustine parecía infinitamente cansada.
—Lo quiero todo…
—Lo siento, pero mi todo ya le pertenece a alguien más.
Elarión disminuyó aún más la distancia que los separaba.
—Esperaré. Puede que me odies por decirte esto, pero es posible que jamás vuelvas a ver a Alderian… y, mientras eso sucede, conseguiré que me mires solo a mí.
Se marchó sin decir nada más. Augustine lo odió profundamente en ese momento, porque había dicho en voz alta lo que sus propios pensamientos no habían dejado de repetirle.
* * *
Era de noche y Augustine miraba la ciudad desde la cima de un gran cerro que se situaba en medio de la urbe.
Desde esa altura, podía ver las luces diminutas de los edificios, el reflejo brillante de los grandes rascacielos que se alzaban imponentes, lejos del ajetreo mundano de la ciudad.
Estaba en un mirador cuyos muros antiguos se adornaban de cañones de guerra, testigos mudos de una historia bélica olvidada.
Normalmente, no subiría al cerro a esas horas de la noche. No era un barrio seguro para una mujer solitaria, y ella solía considerarse bastante cobarde ante el peligro. Pero se sentía distinta. Pensaba, y con razón, que ella era más peligrosa en esos momentos.
Su mente volvía una y otra vez a Alderian. Uno de sus pensamientos recurría la idea de que, por un breve instante, habían estado ambos en la misma habitación. Que sus labios, sus labios reales, la habían besado tiernamente.
Sus suposiciones, por lo tanto, eran correctas.
No tenía dudas de que hubo un tiempo, una época perdida, en la que existió algún tipo de conexión mucho más cercana entre A’aru y la dimensión humana.
Un tiempo en el que los «ángeles», los A’aruin, fueron parte del mundo que ella conocía, habitándolo con la suficiente frecuencia como para ser plasmados en su historia y arte, aunque en la actualidad fueran recordados solo como figuras de la mitología o la religión.
¿Cuántas otras criaturas habrían sido olvidadas? ¿Cuántas más pasaron a ser parte del folclore al desaparecer del mundo?
—Aeris, ven.
La pequeña hada, brillante y hermosa, se manifestó al momento, agitando sus preciosas alas como una aparición celestial.
—¿Te estoy creando, o te estoy recordando?
Augustine no sabía la respuesta. Aparentemente, tampoco la sabía Aeris quien, a diferencia de Agor, no tenía voz.
—¿Tengo que imaginarte con voz para que me puedas hablar? —preguntó sin esperar respuesta.
Había subido al cerro con un propósito: desplegar sus sombras a su gusto y experimentar más allá de su límite. Con eso, quizás podría ser llevada a A’aru junto a Alderian.
Pero… ¿cuál era su límite en realidad?
—Emerjan. —Con esa llamada liberó de manera deliberada todas las Sombras que había estado conteniendo.
Sabía que eran muchas más, cada día se sumaban nuevas, pero nada la preparó para ver cómo se desplegaban más allá del cerro y hacia la ciudad.
No intentó detenerlas y una nube de tinieblas sin forma fue apoderándose de calles, edificios, casas y plazas.
Sí, se extendían más allá de lo que sus ojos podían alcanzar.
—Podrían ser mi ejército —murmuró incrédula.
—Podríamos serlo —convino Agor a su lado, mirando el siniestro escenario.
—Podría destruir todo el mundo humano, a ver si saco a esos Guardianes Soberanos de su cueva…
—Podrías, mi ama. Una palabra tuya sería suficiente.
—¿No puedo enviarlos a A’aru? —preguntó Augustine, aunque intuía la respuesta.
—Tú eres nuestra conexión al mundo, mi soberana. En donde tú estés, podemos manifestarnos. A’aru, de momento, está fuera de nuestros límites.
—¿Cuántas Sombras están por venir? Las he sentido llegando por miles en los últimos días.
—Somos una civilización completa que sin forma y propósito desde que perdimos a nuestro anterior monarca.
Mientras más crece tu consciencia sobre nosotros, más Sombras podrán recuperar su lugar en este mundo.
Y, si tienen la bendición de tu palabra, podrán recuperar su imagen, tal como lo he hecho yo.
—Regresen. —Las sombras se replegaron de inmediato y volvieron a ocultarse bajo sus pies—. Justo a tiempo... Los A’aruin están empezando a llegar en masa. Supongo que ahora me considerarán una anomalía lo suficientemente importante como para que me arrastren a A’aru.
—Mi señora… ¿No tomará el consejo que el Guardián del Olvido os ha proporcionado? Incluso ahora te puedes ocultar. Podemos ocultarte hasta de la vista de un Guardián Soberano, si es lo que quieres.
Augustine presentó un rictus de desagrado.
—Aunque no te lo parezca, estoy tomando su consejo.
Por lo que entendí de las palabras de ese niño, soy también una Guardiana Soberana…
o tengo el potencial de llegar a serlo algún día.
Mi despertar es solo mío. Mantenerme a salvo a costa de Alderian para lograr un despertar seguro…
no es mi estilo. Si él no está a salvo, no me interesa el destino de nadie más.
—Ahí vienen, mi ama… ¿Deseas entonces que ataquemos?
—Yo manejaré la situación. Pase lo que pase, tienes una sola orden: protegerme.