Capítulo 45
Capítulo Cuarenta Y Cinco
A ugustine estaba despierta cuando Elarión llegó a su lado, temprano, tal como habían acordado.
Ella apenas había pegado ojo esa noche. Se veía extenuada.
—Mensajera. —Elarión se arrodilló frente a ella con total adoración.
—¿Qué haces? —preguntó Augustine con la voz opaca.
—No tengo palabras… no sé cómo expresarme… —Elarión estaba visiblemente agitado.
—¿Ana recordó su sueño? —preguntó Augustine, pero no parecía sorprendida.
Elarión asintió con vehemencia, conmovido más allá de las palabras.
—Esta mañana me habló… me habló a mí … Recordaba todo lo que le dije anoche.
Augustine lo miró con una mezcla de compasión y tristeza.
—Ahora me toca a mí sentir envidia, Elarión, de que tú tengas hoy con Ana lo que yo tuve con Alderian.
Elarión asintió en silencio.
—¿Es esto una anomalía, Mensajera? No parece que sea solo eso… Pero, si así fuera, es una anomalía peligrosa. Debes cuidarte de la Guardiana de los Hilos.
—Ah, esa mujer… la recuerdo…
—¿La has visto? —preguntó sorprendido.
—Estuvo husmeando por acá hace un par de días, antes de que nos pusieran a esa cuadrilla a vigilarnos. Revisó mi Hilo con detalle y se marchó.
Elarión la miraba sin comprender.
—Entonces es seguro que ella sabe de tu anomalía, Mensajera. Ella es la Soberana de los Hilos del Destino. No hay manera que no sepa lo que está pasando, y, si es así… ¿por qué te ha permitido seguir con vida?
Augustine se preguntaba lo mismo. Todavía le faltaban piezas al rompecabezas para tener una respuesta. Por lo que había entendido, ella no sabía quién era Augustine en realidad.
—Háblame de Alderian, ¿está en Ilyr?
—Desconozco esa información…, pero dudo que lo hayan trasladado para allá. Deben obtener información de él y, si lo trasladan a Ilyr, eso será imposible.
Augustine se estremeció al imaginar las torturas de esa prisión.
—Está siendo tratado como el causante de la anomalía. Su espectáculo en el duelo lo justifica plenamente. ¿No supiste lo que ocurrió, ¿verdad, Mensajera?
* * *
Elarión se encontraba en medio de la multitud, como todos en A’aru, contemplando el duelo entre Alderian y Prometius.
Aunque había entrenado numerosas veces con él, estaba igualmente asombrado de la habilidad que mostraba en su lucha con el General de los Guerreros de Élite.
Luchaban a la par, como si Alderian fuera un guerrero experto.
Entonces lo vio. El Hilo que lo conectaba con Augustine brillaba intensamente, tensándose con fuerza.
La multitud contuvo la respiración, sobrecogida.
Todos sabían que eso significaba que ese Hilo estaba rojo en la dimensión humana, es decir, al otro lado, su persona estaba en peligro.
Sin embargo, lo que ocurrió después nadie lo entendió.
Alderian notó el peligro mientras Prometius se acercaba para asestarle un golpe mortal, pero lo bloqueó con habilidad. Acto seguido, intentó desaparecer sin éxito de A’aru. El vínculo del duelo le impedía irse.
Elarión masculló por lo bajo y se preparó para ir junto a Augustine él mismo cuando Alderian sufrió una extraña metamorfosis. Sus alas negras emitieron unos haces de luz… ¿dorada?
Elarión cerró los ojos varias veces sin comprender lo que estaba viendo. Era un color dorado, rojizo, emanando de forma irregular desde las alas negras de Alderian. Y su espada… su espada ya no proyectaba un fuego plateado, sino uno ardiente, cálido.
¿Cómo era posible?
Prometius estaba tan sorprendido como todos los demás, porque Alderian desafiaba toda la lógica de A’aru. Nunca nadie había sido testigo de la existencia de colores en ese lugar.
—Se declara terminado el duelo —anunció el Guardián del Olvido—. Alderian ha demostrado lo que las condiciones de este duelo exigían.
Sin esperar más, Alderian desapareció, dejando detrás de él a cientos de A’aruin y a los mismísimos Guardianes Soberanos sumidos en un silencio estupefacto.
* * *
—En A’aru se dice que Alderian ha sido encerrado en las mazmorras del palacio del Alto Consejo y que no está en Ilyr. Fue apresado sin que opusiera resistencia y hay quienes aseguran, incluso, que mató a un humano… —agregó Elarión con cautela.
—Él no ha matado a nadie —aseguró Augustine.
—Por supuesto, nunca dudé de…
—Yo lo hice.
Elarión le dirigió una mirada de lástima.
—No es necesario que intentes protegerlo de mí…
—Agor —llamó implacable.
El Héroe de la Oscuridad ocupó su lugar en medio de la habitación, marcial. La alcoba de Augustine se veía demasiado pequeña para albergar a tantas criaturas épicas al mismo tiempo.
Elarión se puso de pie con agilidad y se antepuso a Augustine con sus alas extendidas para defenderla. Ella se levantó y pasó por el lado de él. Luego, se detuvo frente a Agor. Extendió su mano, que el guerrero cogió con reverencia, al mismo tiempo que se arrodillaba.
—Aparentemente, no soy la Mensajera que esperabas, Elarión. Soy caos. Las Sombras son mi herencia.
—¿Él es una Sombra? No puede ser, tiene materia.
—Porque le di un nombre… Al hacerlo, creó su existencia.
El A’aruin los contemplaba incrédulo.
—Si no me crees, puedo demostrártelo —ofreció Augustine.
Elarión asintió con la cabeza, vacilante.
—Emerjan —ordenó Augustine. Elarión vio cómo Sombras tenebrosas se alzaban desde los pies de Augustine, ahí donde la suya propia comenzaba. Ahogó una exclamación de sorpresa—. ¿Quieres ver lo que pasa cuando le doy nombre a una?
Augustine se veía extrañamente excitada.