El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 44
80%

Capítulo 44

Capítulo Cuarenta Y Cuatro

—¿ H as visto a Milán? —preguntó Augustine a un compañero de clases con el que él solía pasar el tiempo.

—¿A quién? —respondió confundido, levantando apenas la vista de su cuaderno.

Ella no respondió. Solo le dio la espalda y se alejó como un cascarón vacío.

Revisó su celular. Sabía que tenía su número guardado, pero no estaba en el directorio… Realmente era como si nunca hubiera existido.

Sentía el estómago revuelto cada vez que evocaba la imagen en la que era devorado de forma salvaje. Pero lo que más le angustiaba eran sus propios sentimientos. No estaba arrepentida, es más, lo volvería a hacer si se enfrentara a las mismas circunstancias.

Se sentía como un monstruo más entre sus monstruosas Sombras.

—Creo que has crecido cerca de cuatro centímetros más, desde la última vez que me preguntaste —observó Sara, al mismo tiempo que dejaba su mochila y audífonos de cancelación de sonido a un lado.

—He cambiado más que cuatro centímetros, creo —suspiró Augustine, apenas logrando disimular.

Sara la miró con detenimiento.

—Tienes razón —contestó lacónica, sin agregar nada más.

Augustine se preguntaba qué cambios notaba ella, pero a la vez no quería saberlo.

Sobre todo, extrañaba a Alderian. Seguir haciendo su vida diaria como si nada era lo más difícil que le podían pedir hacer en esos momentos.

¿Lo habrían llevado prisionero a Ilyr? ¿Qué significaba eso en primer lugar?

Solo por intentarlo, tiró tres veces de su Hilo de Plata. Tal como esperaba, Alderian no acudió a su llamada.

Al salir de clases tomó el teléfono y marcó el número de Ana.

* * *

Llegó al único lugar donde podía obtener algunas respuestas. Elarión estaba haciendo guardia afuera de la casa de Ana, esperándola. La cordillera se alzaba majestuosa en el horizonte, con sus níveas cumbres contrastando con el ánimo de Augustine.

—Bienvenida, Mensajera —saludó al verla acercarse.

—¿Dónde está Alderian? —preguntó, omitiendo toda cortesía.

Elarión guardó silencio.

—-¿No vas a decirme? —masculló iracunda.

—¿Qué pasará si lo sabes? No hay nada que puedas hacer en estos momentos…

—Escúchame bien, Elarión. No hay nada que no pueda hacer en estos momentos. Será mejor que me digas ahora mismo lo que sabes —amenazó Augustine en un murmullo que sonó más inquietante que si lo hubiera dicho gritando.

—¿Augustine? —La puerta principal se abrió y Ana asomó su cabeza. Sonrió en el instante en que la vio—. Pensé que eras tú, te vi desde mi ventana.

La invitó a pasar y Augustine se encontró en la misma cocina en la que meses antes había acompañado a su amiga en su momento de mayor oscuridad. Qué irónico que en esos momentos estuvieran en el mismo lugar, pero con los papeles invertidos.

Ana le preparó una taza de café sin quitarle la vista de encima. Elarión observaba la escena desde un rincón de la habitación.

—Te ves diferente… —comentó titubeando—. No sabría decir cómo, pero te ves más… ¿adulta? No sé…

—¿Cómo has estado? Te ves mucho mejor.

Ana sonrió y esa vez con una sonrisa que transmitía una alegría genuina.

—Estoy recuperando mi vida… Siento que estoy volviendo a respirar.

Augustine le devolvió la sonrisa, sinceramente aliviada.

—¿No te has preguntado cómo supe lo que estabas pasando? —preguntó Augustine con cautela. Elarión de inmediato se puso en guardia.

—Sinceramente… sí, me lo he preguntado infinidad de veces… Logré disimular tanto que ni siquiera mi hermana se dio cuenta de nada. ¿Cómo pudiste darte cuenta después de verme solo un rato en la cafetería? —Ana miraba su taza de café, avergonzada.

—Te dije que no me creerías, aunque te lo dijera, pero te pondré a prueba…

—¿Qué haces, Mensajera? —interrumpió Elarión sorprendido.

—No se lo he dicho a nadie —prosiguió Augustine, haciendo caso omiso del A’aruin—, pero no le veo el sentido de seguir guardando este secreto…

—Puedes contarme lo que sea, Augustine. —Ana la miraba con ojos sinceros.

—Mensajera, detente —suplicó Elarión.

Augustine se rio secamente y miró a Elarión a los ojos.

—¿Por qué me sigues llamando Mensajera, si no me dejas transmitir mi mensaje? —preguntó, sabiendo que para Ana era como si le estuviera hablando al aire.

—¿A quién le hablas, Augustine? —susurró Ana.

—Desde hace ya varios meses he comenzado a tener visiones extrañas… Ahí donde tú ves un espacio vacío, yo veo un A’aruin, un ángel, si quieres llamarlo de otra manera. No cualquiera, sino tu ángel protector, el que está unido a ti por mil vidas, que te acompaña, aunque no quieras estar acompañada.

Ana contuvo la respiración, mirándola detenidamente.

—Así supe lo que te ocurría. Ese día, él sabía lo que estabas a punto de hacer —explicó Augustine—. Oh, estaba tan agradecido… Hasta hizo un juramento… pero ahora me niega su ayuda cuando más lo necesito.

Elarión la contemplaba con una expresión de dolor en su rostro.

—¿Tiene nombre? —preguntó Ana suavemente.

Augustine no esperaba esa respuesta.

—Su nombre es Elarión.

Ana sonrió tímida.

—Elarión… Qué bonito nombre.

El ángel se acercó lentamente, con una expresión indescifrable en su rostro.

—Elarión, si me escuchas, por favor, ayuda a mi amiga… No te dejará en paz hasta que lo hagas, pero está sufriendo mientras te espera. —Ana hablaba hacia la esquina que estaba ya vacía sin saber que Elarión se encontraba a un escaso metro, conmocionado.

—No estuviste nunca sola, Ana… —agregó Augustine—. Él siempre te acompañó, en todo momento.

Ana se puso roja y la miró preocupada.

—Oye, ¿es guapo? —preguntó con total seriedad.

Augustine soltó una risa.

—No tan guapo como mi A’aruin, pero sí, diría que no está mal —respondió sin dejar de sonreír.

Se puso de pie y se acercó a Ana.

—Esta noche Elarión te visitará en tus sueños y podrás hablar con él… —Augustine posó su mano sobre el Hilo de Plata que los unía—. Y les daré un regalo… Mañana recordarás ese sueño.

El Hilo de Plata de Ana brilló tenue, con un color azul claro. Un color nuevo.

Elarión manifestó sus alas, que se agitaron inquietas mientras miraba a Augustine atónito.

—Ven a verme mañana temprano, Elarión. Disfruta esta noche poniéndote al día con Ana y mañana ven a verme y a decirme lo que sabes. No aceptaré una negativa por respuesta.