Capítulo 43
Capítulo Cuarenta Y Tres
S e paralizó del miedo ante la imagen de Milán, enorme y amenazadora. No quedaba rastro de la simpatía que había mostrado al principio. En su lugar, había adoptado el aspecto de un animal carroñero, mirando ávido a quien está próximo a morir.
—¿Sabes, Augustine? Realmente, quería que fuera distinto contigo… realmente, esperaba que fueras mi novia por las buenas, que entendieras que soy tu mejor opción. —Milán suspiró frustrado—. Todo esto es tu culpa, me diste ilusiones y al final te hiciste la desentendida.
—¿De qué estás hablando? ¿Cuándo te he dado ilusiones de ningún tipo? —Augustine lo miraba con un desprecio que no intentaba disimular. Milán rio por lo bajo y, sin previo aviso, le asestó un golpe en la mejilla tan brutal que volteó su rostro.
Augustine sentía su piel palpitar por la fuerza del impacto. Sus Sombras gritaron con un chillido insoportable, furiosas. Podía sentir su hambre de destrucción y tuvo que hacer un esfuerzo para mantenerlas a raya.
—Mi reina, este humano ha matado antes… —gimió Agor—. Este lugar está lleno de restos humanos en sus cimientos… Sus manos huelen a sangre y pecado. Permítenos destruirlo por ti…
—¿Qué pretendes hacer conmigo? —inquirió Augustine. En ese momento vio que llegaba el A’aruin de Milán. Un escalofrío recorrió su espalda cuando vio la expresión de placer salvaje que se dibujó en su rostro al ver el hilo de sangre que emanaba de sus labios.
—Bueno, me sirves viva o muerta, mi querida Augustine… Tu cuerpo será igualmente delicioso para mí en ambos casos.
Se acercó blandiendo su bate, pero no alcanzó a avanzar dos pasos cuando fue empujado con violencia contra la pared. Alderian lucía casi irreconocible. Sus ojos tenían un brillo como el fuego, sus alas parecían piedra volcánica incandescente, su expresión gritaba muerte.
Augustine no entendía lo que veía. Alderian no era solo una presencia espiritual. Había empujado a Milán y lo sostenía por el cuello a casi dos metros por sobre el suelo. Milán lo miraba con ojos desorbitados, boqueando ante la falta de oxígeno.
El A’aruin de Milán gritaba palabras que ella no logró entender. Solo veía a Alderian y el hilo negro de Milán, presagiando su pronta muerte.
Ilyr.
Recordó esa palabra que sonaba dulce, pero que prometía encierro para Alderian por lo que estaba a punto de hacer.
—¡Alderian, detente! —gritó Augustine con la voz estrangulada.
Alderian apretó con más fuerza el cuello de Milán, cuyos labios se estaban tornando azules.
Ella dio un paso hacía la oscuridad y cerró los ojos desesperada.
—Emerjan —ordenó con voz imperiosa.
Sus Sombras se alzaron como una manada de lobos que estaban esperando la señal para atacar. Como un enjambre se abalanzaron sobre Milán y empujaron a Alderian lejos. Lo devoraron en cuestión de segundos. No quedó ni un hueso de él.
Agor, en cambio, había elegido otra presa y en un hábil movimiento, alzó su mandoble y atacó al A’aruin de Milán, que miraba la escena sin entender lo que acababa de ocurrir. Desapareció como un espejismo.
Después de eso, un silencio monstruoso.
—Fui yo… Yo los maté. Vete, Alderian —ordenó Augustine, temblando.
Alderian parecía aturdido. La miraba a ella y miraba el lugar donde antes había estado Milán, vacilante.
—Ellos vendrán… no tardarán mucho… Vete, Augustine, yo me encargo a partir de ahora. —Alderian intentó que su voz sonara tranquila, pero no logró disimular por completo su conmoción.
—Déjalos que vengan. Acá esperaré…
—Oh, no… no lo harás.
Alderian se acercó a ella con paso decidido, la rodeo con sus alas y, antes de que se diera cuenta, se encontraron en la habitación de Augustine.
Ella miró a su alrededor, confundida.
—Al menos, puedo hacer esto —comentó Alderian y le dio un beso dulce en los labios. Augustine sintió su suave contacto, ese que tanto había anhelado. Quiso aferrarse a su calor inesperado, pero Alderian se marchó sin que pudiera siquiera intentar detenerlo.
—No… ¡No! —gritó desesperada, dirigiéndose hacia la salida.
¿Cuánto se demoraría en regresar hasta el galpón?
Llovía profusamente afuera, era la hora punta del tránsito y no tenía su auto. Tardaría al menos una hora. No alcanzaría a llegar a tiempo.
—¡Agor!
—Mi señora… —El caballero emergió de entre las sombras de su habitación, expectante.
—¿Puedes llevarme de regreso?
—Hacer lo que acaba de realizar su A’aruin es un don que pocos tienen. El poder de trasladar materia no es una habilidad común.
—¡Mierda! —masculló Augustine por lo bajo.
—Ya vienen, mi señora… Vienen a por su excelencia —anunció Agor, al mismo tiempo que se diluía en las tinieblas.
Augustine estaba sentada en su cama cuando llegaron. Tres A’aruin y un niño a quien reconoció de inmediato. Lo miró directo a los ojos, desafiante.
—Retírense —ordenó el Guardián del Olvido.
Una vez a solas, el niño se acercó, sosteniendo su mirada.
—Hagas lo que hagas, debes sobrevivir —habló con calma.
—¿Sabías que era yo? ¿Que la anomalía era por mi causa? —Un deje de amargura se deslizó en la pregunta de Augustine.
El niño asintió.
—Yo maté a Milán, no fue Alderian —se apresuró a aclarar.
—Lo sé… pero Alderian ha aceptado asumir esa responsabilidad.
La joven se puso de pie con los puños apretados, su rostro desencajado.
—Por favor, señor… Se lo suplico, no permita que eso suceda. ¡Yo lo hice! Asumiré mi culpa. Iré a la cárcel, me entregaré a las autoridades.
—No es necesario que hagas nada de eso —susurró el niño con voz tranquila, impávido—. El humano al que has sometido con tus Sombras ha sido borrado del recuerdo de este mundo. Nadie sabe que alguna vez siquiera existió.
Augustine apenas se sostenía de pie.
—No comprendo…
—Soy el Guardián Soberano del Olvido, uno de los monarcas de A’aru. Soy como un jardinero que poda las ramas de un árbol seco… Aquellos recuerdos que corto desaparecen y no vuelven a crecer.
—Su majestad, por favor, perdone mi insolencia, pero le ruego que reconsidere el castigo de Alderian…
—No es necesario que seas reverencial conmigo.
Después de todo, no somos demasiado distintos, aunque no estás lista aún para ocupar tu lugar…
Permite que Alderian gane tiempo para ti.
Él accedió a esto sin quejarse. Ocurre que, si te descubren ahora, ni siquiera yo podré evitar tu muerte definitiva.
—Pero no puedo hacer eso… ¿Cómo podría ganar tiempo a costa de la persona que amo?
Guardó súbito silencio, consciente de que lo que había dicho era una gran infracción.
—Mañana debes actuar con total normalidad —continuó el Guardián, haciendo caso omiso de la revelación de Augustine—.
Alderian ha jugado un buen papel. Después de lo que pasó hoy en su duelo, nadie dudará de que la anomalía proviene de él, así que mañana debes actuar como si mi Olvido te hubiera afectado… Tal como hiciste la vez anterior.
Augustine abrió los ojos por la sorpresa.
—¿Sabía eso? ¿Que la vez anterior no me afectó el Olvido?
—¿Cómo no iba a saberlo? Esa fue la señal definitiva de que tienes el legado de tus padres germinando fértil en ti.
Eres una de las Descendientes, después de todo.
Pero ese legado está recién manifestándose y aún es un poder inmaduro e incompleto.
Debes cultivarlo… No te acuerdas, pero tienes derecho a ocupar una de las Sillas del Alto Consejo.
Esa es tu herencia. Sin embargo, nadie recuerda tu linaje, salvo yo.
Y, si no reclamas tu trono, nadie más te lo dará.
Para reclamarlo, debes vivir… vivir y despertar…
La muchacha tenía la respiración entrecortada. La información que estaba recibiendo era más de lo que podía entender. Comenzó a respirar profundo para calmarse, lo que le tomó algunos minutos.
—Sabía que había algo raro en mí —dijo finalmente—. Siempre lo supe, incluso desde antes de que empezara a ver el mundo espiritual y el Hilo que nos conecta. Lo sabía y lo aceptaba… Pensaba que se trataba de un problema que tenía que resolver y que simplemente tenía que esforzarme por encajar.
El muchacho la escuchaba en silencio, atento a sus palabras.
—Pero saber que estoy en medio de una lucha política que ni siquiera entiendo es más de lo que puedo procesar desde mi humilde comprensión humana —continuó—. Para mí, en estos momentos, lo que dices es irrelevante. En mi egoísmo humano, solo me importa una persona.
—Tu despertar traerá de vuelta un poder perdido y olvidado, niña. No es irrelevante, es trascendental —la reprendió el Guardián.
—Es que, donde tú ves un nueve, yo veo un seis.
Vemos lo mismo, pero la interpretación es un tema de perspectiva.
Sé que eres una criatura antigua y que desde tu posición estoy muy equivocada, pero espero puedas comprender que desde donde yo estoy parada, no hay otra realidad posible. Solo puedo mirar a Alderian.
El niño de pronto dulcificó su mirada.
—Incluso ahora, como humana, tienes un parecido increíble a tu madre…
Esas palabras se sintieron como un puñal. Augustine percibió con urgencia que había olvidado algo muy importante. Algo que no debería ser olvidado.
—Espero algún día poder hablarte de tus padres… Ambos eran Guardianes Soberanos de A’aru, y nos dejaron hace largo tiempo —habló el muchacho con pesar—. Pero ahora es tu deber despertar y asumir tu responsabilidad. Lethe ya te lo ha ordenado, aunque en estos momentos no lo puedas recordar
—Si despierto… —parecía dubitativa—. Si despierto, ¿podré llegar a Alderian?
—Y debes llegar a él. Alderian también es importante.
Augustine asintió, pensativa.
—Pero ¿cómo lo hago? No sé qué se supone que debo hacer.
—El despertar de un Guardián Soberano es un proceso personal. No hay dos despertares iguales. Sigue tu instinto y, sobre todo, vive —pidió el Guardián del Olvido antes de desaparecer en la oscuridad.