Capítulo 42
Capítulo Cuarenta Y Dos
¿ C ómo había llegado a esa situación?
Augustine respiraba agitada, con la boca seca y su corazón latiendo desbocado después de haber intentado una infructuosa huida.
Su Hilo se tornó rojo, señal de peligro inminente, y entonces lo supo. La había alcanzado. Milán estaba ahí.
Esa mañana Augustine se levantó inquieta y apenas probó bocado en el desayuno.
Sabía que quizás era su último día en el mundo y hubiera querido despedirse apropiadamente de su familia, pero hacerlo significaba que no confiaba en que Alderian saliera airoso del desafío.
Y había decidido confiar. Por lo tanto, no tenía más alternativa que seguir con su vida normal, aunque se sintiera disociada por completo en el proceso.
Se arrepintió de haber aceptado la invitación al podcast . Su cabeza, realmente, no estaba presente en lo que ahí ocurriría. Ya ni siquiera estaba emocionada. Hubiera preferido quedarse encerrada en su habitación, hundiéndose en la agonía de la espera.
Pero los compromisos están para ser cumplidos. A la hora acordada, encendió el motor del auto y marchó a la dirección que le habían mandado. El día se presentaba nublado y habían pronosticado lluvia. La oscuridad del clima reflejaba a la perfección su estado emocional en ese momento.
¿Sabría Alderian cuán profundos eran sus sentimientos por él?
No había tenido oportunidad de decírselo, y quizás ya no la volviera a tener.
Pensó en dar la vuelta, excusarse y regresar a casa.
Por desgracia, no lo hizo, y así estacionó en un terreno que se veía desierto, frente a un gran galpón que, asumió, sería el estudio de grabación.
Sacó sus notas, las que había estado trabajando días anteriores, y se acercó a la entrada. La puerta se encontraba entreabierta y la luz adentro encendida, por lo que empujó el pesado portón de metal que chirrió al cambiar de posición.
—¿Hola? —llamó, al mismo tiempo que se adentraba en la habitación vacía.
Al ver que no parecía ser el lugar correcto, se dio la vuelta, pero frente a ella, cerrando la pesada puerta de un golpe, estaba Milán. La miraba sonriente, amable, escalofriante. Augustine se paralizó de la sorpresa, sin lograr procesar lo que estaba viendo.
—¿Milán? ¿Qué haces tú aquí? —fue todo lo que se le ocurrió preguntar.
—Augustine, qué gusto verte… te he extrañado tanto.
Se acercó como si la situación en la que se encontraban fuera de lo más normal. Augustine retrocedió de manera instintiva y, sin preguntárselo dos veces, corrió en dirección opuesta, buscando una salida.
No contaba con que Milán había planificado todo al detalle. No había salida a la que pudiera llegar. De esa forma, poco después, se vio a sí misma acorralada contra una esquina sin salida, con Milán acercándose implacable.
Hilo rojo.
—¿Qué estás haciendo, Milán? ¿Qué pretendes hacerme?
—¿Qué dices, Augustine? Pensé que ya se te había pasado el enojo de la última vez. —Su voz sonaba condescendiente, como si Augustine fuera una niña a la que tuviera que disciplinar.
Augustine sentía sus Sombras agitarse debajo de ella.
—Estás loco… Déjame salir de aquí.
—Pero si he preparado todo para que estemos juntos hoy… Quería que vinieras contenta a verme. Estoy feliz de que hayas llegado tan puntual.
Augustine avanzó decidida hacia donde recordaba que estaba la salida. Milán hizo una mueca desagradable y, sonriendo, sacó un bate de béisbol que ocultaba a sus espaldas.
* * *
El enfrentamiento entre Alderian y el General de los Guerreros de Élite había ocupado la mayoría de conversaciones y rumores en A’aru los últimos días.
La explanada donde daría lugar al duelo se encontraba llena, con una multitud de curiosos que hacía cientos de años no disfrutaban de un entretenimiento tan novedoso fuera del mundo humano.
Alderian esperaba de pie, con Karivan en su cinto.
Puntual, a la hora acordada, distinguió una serie de siluetas acercándose por el cielo abierto.
Era el Alto Consejo seguido de su campeón.
Tal como el protocolo exigía, realizó una marcada reverencia al Consejo, quienes se ubicaron a un costado del área de combate.
El Guardián del Orden lo miraba con especial desaprobación, como si estuviera observando a una rata salida de la alcantarilla.
—Nos reunimos hoy para ejecutar un duelo de honor —anunció el Guardián del Olvido con una voz que aplacó todos los rumores y conversaciones al instante—. En este duelo, el A’aruin Alderian Cernavilis defenderá su derecho a proteger el Hilo de Plata que lo conecta a su humana.
Alderian se sorprendió al escuchar sus palabras. Cernavilis… un nombre familiar que no sabía que poseía.
—Las reglas son simples —continuó el Guardián del Olvido—.
Alderian debe demostrar haber despertado una habilidad en el combate de tal magnitud que sea capaz de alterar energéticamente el Hilo de Plata, lo que explicaría la anomalía detectada por la Guardiana Soberana de los Hilos.
Para ello, enfrentará al guerrero más poderoso de A’aru, el General de los Guerreros de Élite, Prometius.
El encuentro terminará cuando esto ocurra, o con su muerte… lo que suceda primero.
Alderian observó a su oponente. Tenían estaturas similares. No podía juzgar su habilidad simplemente por su complexión, pero resultaba evidente que cada músculo de su cuerpo había sido entrenado para luchar.
—Que comience el encuentro —declaró el Guardián del Olvido.
Prometius no dio tiempo a Alderian para prepararse.
A una velocidad vertiginosa se acercó y, antes de que pudiera siquiera sacar el arma de su funda, había asestado un golpe que habría resultado fatal de no haber sido por el rápido reflejo de sus alas, que lo cubrieron del ataque.
La multitud reprimió un grito de asombro.
Alderian entendió que ese encuentro sería mucho más ágil y despiadado de lo que había practicado con Elarión.
Sacó su espada rápido y contraatacó. Permitió que su cuerpo tomara el mando de la situación, consciente de que solo así tendría alguna posibilidad de sobrevivir.
Prometius no pudo ocultar su sorpresa al ver la destreza con la que se movía.
Lo que empezó como un silencio compartido se transformó en un grito exaltado de parte de la multitud que observaba el combate.
Esperaban una ejecución y, en lugar de eso, tenían a un héroe que se enfrentaba a un Goliat.
Alderian sintió una corriente de excitación al oír los vítores y redobló la velocidad con la que atacaba.
El general tenía bien ganada su reputación: apenas daba espacio para que él pudiera atacar, pero ahí donde se abría un hueco, entraba Alderian con su espada.
Solo debía montar un buen espectáculo. Lo suficientemente llamativo como para hacer plausible su explicación de la anomalía.
Y, si querían un espectáculo, eso les daría.
Usó su transmutación alquímica para subir su apuesta.
Se trasladó no una, ni cinco, sino innumerables veces para atacar a su enemigo desde puntos imposibles.
El grito ensordecedor de sus congéneres le sirvió para medir la temperatura del impacto visual que tenía su estrategia.
El mismo Prometius parecía desencajado intentando seguirle el ritmo a su impredecible danza, que no se limitaba al uso de la tierra, sino que incluía ataques aéreos.
El general se alzó en vuelo. Alderian sentía un renovado respeto por él.
Aunque lo había atacado de manera incansable, en ningún momento dejó abierto algún frente y, en el aire, le resultó evidente que gozaba de un nivel de destreza superior.
Sus fintas y ataques eran sofisticados y, por un momento, Alderian se vio en problemas manteniéndolo a raya.
—Despierta, Karivan —murmuró mientras ejecutaba el movimiento que, ya sabía, encendía su espíritu de combate. La espada rugió y emitió el fuego plateado que ya conocía y que hizo enmudecer a la multitud. Prometius retrocedió sorprendido.
Alderian se acercaba a toda velocidad para asestar el golpe de gracia cuando el Hilo que lo conectaba a Augustine lo puso en alerta.
Augustine estaba en peligro.