El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

Capítulo Cuarenta Y Uno

A ugustine se contemplaba en el espejo del baño. Había algo distinto en su aspecto, aunque no terminaba de identificar qué. Cuando Sara salió del cubículo, se acercó al lavamanos y le sostuvo la mirada a través del reflejo.

—¿Crees que he cambiado de alguna manera, Sara?

—Sí —respondió la muchacha sin titubear.

—¿En qué sentido?

—Has crecido cerca de siete centímetros, el tono de tus ojos ha cambiado, ahora se ven más grises que verdes y, sobre todo, tu carácter es distinto. Pero me gusta así.

Sara, como siempre, no parecía tener problema en decir lo que pensaba sin mayor filtro, al menos cuando se sentía en confianza.

Augustine agradeció en su interior su sinceridad y volvió a mirarse.

Sí, había notado que estaba más alta porque la ropa comenzaba a quedarle corta, en especial los pantalones.

Frente al espejo, notaba que cada día se parecía más a Aldana, su forma ancestral.

¿Qué significaba eso? No quería confundir a Alderian con esas preocupaciones. No a un día de su duelo. Después de todo, si fracasaba, nada de eso importaría.

Sabía que ella también moriría con él.

Después de clases volvió al jardín de la capilla.

Una idea inquietante rondaba su mente: si Alderian, por casualidad, estuviera herido, ¿podría enviar a sus Sombras a A’aru?

Por perturbador que sonara, si algo le ocurría, no pensaba quedarse de brazos cruzados.

Quizás ella no pudiera cruzar a otra dimensión, pero sus Sombras sí y podrían devorarlo todo, destruirlo todo.

Quizás Alderian la odiaría por ello, o la temería, pero si con eso podía mantenerlo con vida, estaba dispuesta a aceptarlo.

—Emerjan —llamó con voz autoritaria.

La rodearon miles de Sombras, más que las que había visto en días pasados.

Extendió su mano derecha y cerró los ojos.

Le costaba imaginarlas con una forma definida y, por eso, no se sorprendió, al abrirlos, de verlas todavía deformes, aunque ya delineando con claridad siluetas humanas: oscuras aún, con rostros que apenas se insinuaban en esas tinieblas.

—Tú, ven —ordenó, al mismo tiempo que señalaba a una de las que se dibujaban cerca de ella.

La Sombra se aproximó, levitando sobre el cemento gris.

—Dime tu nombre.

— No tenemos nombre… lo perdimos hace milenios…

Augustine lo observó con detenimiento antes de sentenciar:

—Te llamarás Agor y serás un Héroe de la Oscuridad.

Apenas terminó de pronunciar esas palabras, la Sombra comenzó a titilar visiblemente.

Su forma se plegó en ángulos imposibles hasta que la neblina que formaba su cuerpo incorpóreo se difuminó y dio paso a un temible guerrero de casi dos metros.

Su rostro, curtido por batallas antiguas, mostraba una expresión conmocionada, la de alguien que vuelve a la vida.

Se inclinó de rodillas ante Augustine, precipitadamente.

—Mi ama, mi señora… mi reina… Me habéis recordado y me habéis devuelto al mundo…

Augustine contuvo el aliento mientras se acercaba. Extendió su mano hacia él y Agor la tomó con reverencia, para posar apenas los labios sobre el dorso. Augustine se estremeció ante su frío contacto.

El resto de las Sombras comenzó a gritar exaltado, hablando todas al unísono. Augustine se cubrió los oídos, el sonido era insoportable. Sabía lo que querían: deseaban que ella también les diera un nombre.

—Basta —exclamó la joven, y un silencio absoluto se impuso en el jardín—. Pueden retirarse ahora. Pensaré en lo que acaba de ocurrir y volveré a llamarlas cuando esté lista.

Las Sombras obedecieron sumisas. Incluso Agor desapareció con ellas, prudente.

Augustine no lo sabía, pero, en ese mismo instante, muy lejos, en A’aru, uno de los sitiales que había permanecido vacío durante siglos en el salón del Alto Consejo brilló tenue. Nadie fue testigo de ello.

* * *

Alderian había entrenado incansablemente esos últimos siete días.

Sabía que su nivel había aumentado de forma considerable —incluso Elarión lo había admitido en los encuentros recientes—, pero se encontraba plenamente consciente de que sus probabilidades frente a su contrincante al día siguiente seguían siendo bajas.

Aunque había logrado despertar a Karivan, su estabilidad aún era frágil: la espada apenas permanecía encendida unos segundos, suficiente para impresionar, pero no para intimidar a un verdadero enemigo.

Sabiendo que esa sería la última noche de relativa calma, le resultaba insoportable no poder visitar a Augustine en sus sueños.

Cada noche sentía la tentación de ir a buscarla.

Su cuerpo se encendía de forma extraña cada vez que pensaba en ella o recordaba su encuentro, como si una parte de sí mismo que desconocía hubiera despertado y ahora estuviera hambrienta de la piel de esa mujer.

Además, durante la última semana, Augustine estaba cambiando de forma visible. Cada día se parecía un poco más a Aldana. ¿Se habría dado cuenta?

Cuando llegó a su habitación, Augustine lo estaba esperando.

No lo vio de inmediato, porque estaba asomada por la ventana mirando el atardecer, y aprovechó esos segundos para contemplarla.

Su pelo ondulado, su cuerpo firme… Oh, cómo deseaba poder ser humano, o tan solo tener un día completo a su lado con un cuerpo que ella pudiera tocar.

¿Acaso volvería a verla?

Espantó las ideas pesimistas justo a tiempo para plantar una sonrisa en el rostro, mientras ella se volteaba y reparaba en su presencia.

—Llegaste. —La cálida sonrisa que le brindó lo desarmó por completo.

—Hola, mi dulce Augustine —saludó, acercándose para mirar el atardecer con ella.

Contemplaron juntos los brillantes colores del cielo mientras el sol se ocultaba en las montañas y se llevaba el último día de normalidad que les quedaba.

—¿Es realmente necesario? —preguntó Augustine suavemente, sin quitar la vista del horizonte—. ¿Debes batirte en ese duelo? No entiendo cuál es el punto de hacerlo.

—No puedo echarme atrás... y no quiero.

Augustine lo miró con curiosidad.

—¿Sabes? —continuó Alderian—. Desde que empezaste a verme, y desde que tu anomalía comenzó a manifestarse, yo también empecé a cambiar.

He descubierto cosas de mí mismo que ni siquiera imaginaba…

El duelo de mañana me ha forzado a probar mis propios límites.

No quiero detenerme, no ahora. Perdóname, porque he sido egoísta.

Decidí defenderte a mi absurda manera y seguir mis caprichos, arriesgando también tu vida.

Augustine negó levemente con su cabeza.

—Perdóname… —se disculpó Augustine— Pareciera que sabes todo sobre mí, y yo no me he dado cuenta de cómo te ha afectado todo esto a ti también. Haz lo que tengas que hacer, Alderian… Confío en ti y te acompañaré mañana, aunque no pueda estar a tu lado.

Alderian suspiró, con mezcla de alivio y mezcla de frustración.

—Realmente quiero tocarte ahora —confesó él y contuvo la respiración.

—¿No puedes entrar en mis sueños? —preguntó Augustine dubitativa. Su mirada reflejaba timidez, y eso lo volvía loco. Quería rasgar su ropa, escucharla gemir y ver su mirada ardiente sobre él. Se contuvo. Sus deseos no podían nublar su razón.

—La última vez… es decir, no sé qué de todo lo que hicimos la última vez hizo saltar las alarmas de la Guardiana de los Hilos. Debemos ser cuidadosos de momento —respondió Alderian con una firmeza que no sentía.

—Aunque, si lo piensas bien, en verdad no tiene sentido. No creo que haber tenido un orgasmo pueda alertar a esa Guardiana. No es como si no los hubiera tenido antes. —Augustine se interrumpió de pronto, avergonzada.

—Sé que has tenido orgasmos antes… —la tranquilizó Alderian.

Augustine lo miró horrorizada y Alderian cayó en cuenta de cómo había sonado lo que acababa de decir.

—Lo que quiero decir…

Intentó excusarse, pero Augustine levantó la mano, pidiéndole callar.

—¿Me has mirado? ¿Me has estado espiando?

Alderian desvió la mirada.

—Te doy tu privacidad… casi siempre —reconoció.

Se sorprendió cuando vio una sonrisa satisfecha en la joven, que se mordió su carnoso labio inferior sensualmente.

—¿Qué hacías mientras me veías? —preguntó suavemente, ruborizada.

—No me tientes, Augustine —advirtió.

—Solo estoy preguntando…

—Puedes imaginarte lo que hacía… Aunque acá sea solo un espectro, en realidad soy de carne y hueso. Y ya sabes que soy un hombre, después de todo…

—Antes parecías muy seguro cuando me decías que los A’aruin no tienen ese tipo de pensamientos.

—Te mentí —admitió Alderian, sonriendo a su pesar— ¿Qué más podía decirte en ese momento? Lamento si te parece patético que te espiara a tus espaldas. Tienes que entender que, a mis ojos, tú me perteneces… No siento que haya hecho nada malo.

Augustine tenía los labios entreabiertos, como una fruta madura y dulce, lista para ser probada. Alderian miró a otro lado, en un vano esfuerzo por reprimir su deseo.

—Me gusta la idea… de pertenecerte.

—Debería irme —resolvió Alderian, aunque no hizo ningún amago para desaparecer. En cambio, pasó ambas manos por su cabello, impotente—. No me mires así, no creas que estoy pensando entrar en tus sueños de nuevo…

Augustine sonreía mientras se sentaba en un cómodo y viejo sillón ubicado en una esquina de la sala.

Segundos después, se encontraron en sus sueños. La joven sonreía complacida.

—Parece que solo te hago promesas para después romperlas —susurró Alderian antes de besarla profundamente. Augustine pasó los brazos alrededor de su cuello y lo acercó mientras él se apoyaba en los antebrazos del sillón.

—Entonces no me prometas que vas a volver…

simplemente, no me digas nada… porque, si llegas a prometerme regresar y rompes esa promesa después, no respondo de mí misma —declaró, arrulladora entre los labios de Alderian, que acariciaba su roce, al mismo tiempo que se llenaba de su aliento embriagador.

—Sé una buena chica mientras no estoy —pidió sonriendo.

—Mm… no sé… sin cierto A’aruin rondándome, puede que decida portarme mal de vez en cuando… y, si me siento sola, le pediré a Elarión que me acompañe —respondió Augustine juguetona, mientras Alderian besaba su cuello—. ¡Ay! ¡No me muerdas!

—Tengo que castigarte si te vas a revelar…

—Vamos a ver cómo le hablas a tu ama —le reprochó entre risas e inició un nuevo beso.

Cuando se separaron, Augustine lo miró fijamente.

—El color de tus ojos ha cambiado, Alderian —comentó, tomando su rostro entre las manos para examinarlo con detención.

—¿A qué te refieres? —preguntó sin entender.

—Cuando estuvimos juntos el otro día lo noté, pero pensé que era porque estábamos en mis sueños…

—Mi aspecto no se ve afectado por estar en ellos —aclaró Alderian con seguridad.

—Sí, me doy cuenta… pero me fijé hace un rato y ahora que te miro es evidente… Tus ojos tienen un matiz dorado que antes no tenían.

Alderian sopesó lo que acababa de escuchar.

—Eso es imposible. Mi aspecto se proyecta desde A’aru, y en A’aru no hay colores…

Se interrumpió de pronto, confundido.

—Tú no me has dicho nada, pero estoy segura de que has notado que yo también estoy cambiando…

—señaló Augustine mientras mordía con suavidad el labio inferior de Alderian —.

En el mundo humano nadie parece darse cuenta…

bueno, nadie, excepto Sara. Pero seguramente tú si lo ves.

Me parezco cada vez más a mi otra yo… ¿Quizás te está pasando algo así también?

Alderian comenzó a besar sus dedos, pensativo, pero no respondió.

—Deberíamos volver a la cruel realidad, mi ama —sentenció en cambio, mientras comenzaba a lamer sensualmente sus dedos—. Si seguimos acá, volveré a romper una promesa.

—Por mí, rompe todo lo que quieras. Puedes empezar por mi vestido…

Alderian la besó tiernamente en los labios antes de despedirse por última vez.