Capítulo 40
Capítulo Cuarenta
—¿ Q ué haces? —La profunda voz de Alderian la sacó de su divagación. Augustine se encontraba recostada sobre la cama, mirando el techo.
—Nada… solo pensaba…
—¿Estás preocupada? —Alderian intentaba sonreír.
Augustine se incorporó.
—¿Cómo no estarlo? Sé que no me dices todo…
—Tú tampoco me dices todo —aclaró Alderian.
Augustine lo miró sorprendida.
—No sé qué hiciste hoy… no exactamente —continuó él—, pero sé que hiciste algo inusual con tu energía espiritual. El Hilo de Plata te delata, amor mío.
Augustine bajó la mirada.
—¿Estás enojado?
—No, en realidad… No puedo controlarte. Lo que sea que estés haciendo, cualquiera que sea la fuerza que existe dentro de ti, es la que permitió que estuvieras a mi lado ahora, en primer lugar.
—Incluso ahora mismo siento la presencia de esas Sombras. Tú no las sientes, pero yo sí.
Alderian se puso en alerta.
—No siento nada, ¿estás segura?
—Emerjan —ordenó Augustine en un susurro.
Alderian notó cómo, de inmediato, la luz de la habitación disminuía y Sombras amenazantes se cernían sobre ambos.
—Dime, Alderian, ¿puedes escuchar sus voces?
Alderian negó con la cabeza.
—Lo suponía…
Hizo un gesto vago y la luz regresó a la habitación.
—Normalmente yo soy capaz de percibirlas sin problema, aunque jamás he escuchado sus voces —dijo Alderian intrigado—. Ahora ni siquiera soy capaz de sentir un atisbo de su presencia.
—Desde que las reconocí, se ocultan en mi sombra. Son sigilosas, muy hábiles para pasar desapercibidas para todos, excepto para mí. Creo que antes, cuando me buscaban, no querían dañarme, sino que deseaban desesperadamente mi atención. Ahora que la tienen están mucho más tranquilas.
—Augustine —la llamó Alderian suavemente—. Ganaré tiempo para ti… ya verás. En una semana más despejaré todas las dudas que puedan existir sobre nosotros y tendrás un poco más de tiempo para entender lo que te está pasando.
—¿Me tienes miedo? —Augustine clavó sus ojos en Alderian. La expresión de su rostro mostraba una madurez inusual en una mujer tan joven.
Alderian se acercó y, con una mano, rozó apenas su rostro y sus labios.
—¿Miedo? Siento miedo, sí…, pero de perderte. Eso me vuelve loco. ¿Pero miedo a tu fuerza? ¿A tu descontrol? —Rio despacio—. Si tengo que morir y tus manos son mi verdugo, moriré mil veces. Ya te lo dije… haz lo que quieras conmigo.
Sus labios estaban cerca, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo. Augustine suspiró. Los ojos de Alderian estaban llenos de deseo, pero ninguno de los dos se atrevió a cruzar el límite esa vez.
* * *
Era domingo y había pasado de visita a la casa de sus padres.
No quería estar sola, a la vez que necesitaba distraerse.
Solo faltaban dos días para su entrevista en el podcast .
Coincidía con el mismo en que Alderian se debatiría a duelo en A’aru.
No sabía en qué condiciones se llevaría a cabo ese enfrentamiento ni con qué habilidades planeaba Alderian afrontar el desafío, pero no tenía más remedio que confiar en él.
Lo había visto muy poco esos días, casi siempre de noche, justo antes de dormir. Suponía que el resto del tiempo estaría preparándose, porque llegaba a su lado visiblemente exhausto, aunque siempre dispuesto a interesarse por cualquier nimiedad que ella quisiera contarle.
En esos días había hecho una selección de Capítulos del podcast en los que se abordaban temas afines a lo que suponía que podrían preguntarle. Le agradaba poder distraerse con algo fuera de lo común y, sobre su escritorio, se apilaban notas, apuntes y transcripciones de algunas de esas preguntas.
Precisamente, se encontraba verificando un dato cuando se percató de que tenía un nuevo correo en su bandeja de entrada:
Estimada Augustine:
Este correo es un recordatorio automático de su entrevista fijada para el próximo martes a las 18:00 horas en nuestros estudios. Por razones de seguridad y de espacio físico, le rogamos acuda a la entrevista sola.
Puede encontrar el detalle de la ubicación en el siguiente enlace.
Augustine hizo clic en el enlace y vio en el mapa la ubicación del estudio. Se hallaba en una zona retirada de la ciudad, tendría que ir en auto. Ya que estaba en casa de sus padres, aprovecharía para pedirles prestado el suyo.
Sintió un ruido detrás de ella, aunque la puerta permanecía cerrada. Se quedó inmóvil y pocos segundos después identificó la voz del A’aruin de su madre.
—Alderian casi no está con su humana estos días. Es bueno que Augustine venga a casa, así podemos tener un ojo sobre ella.
—Dicen que está preparándose en su palacio —respondió la joven A’aruin de uno de los mellizos—. Un par de compañeros sobrevolaron el área y lo vieron practicar junto a Elarión.
Augustine se asombró al oír ese último comentario.
—¿Y de qué ayuda será Elarión? —inquirió el A’aruin de su padre—. Ninguno de los dos tiene la más mínima idea de lo que es un duelo. Pobre Alderian, condenado a desaparecer en Lethe.
Rígida, Augustine tuvo que contener el impulso de salir al pasillo y exigirles más detalles.
—Aunque los que lo vieron entrenar quedaron impresionados. No parecía un principiante —insistió la joven.
—No digas tonterías. ¿Qué podemos esperar de un muchacho que en su vida ha tomado un arma?
Sintió sus voces alejarse y la dejaron sumida en una profunda ansiedad. Sus Sombras se removieron inquietas a sus pies.