Capítulo 39
Capítulo Treinta Y Nueve
A lderian entró a la armería con una extraña sensación de emoción y excitación.
Fue directo al estante donde había dejado la espada con soles incrustados.
Debido a su curiosidad por descubrir sus propias habilidades, y probando con el resto de las armas del lugar, apenas la había tocado desde el día en que la descubrió.
—Así que tu nombre es Karivan, Espada de los Soles.
Al pronunciar su nombre, Alderian tuvo la clara sensación de que el arma vibró tenue en su mano. Quizás lo había imaginado, pero sabía que las espadas de antaño tenían alma propia.
La blandió hábilmente. Ya no necesitaba ponerse en una situación imaginaria de batalla para poder ejecutar acciones complejas con un arma, pero estaba lejos todavía de entender lo que estaba haciendo.
Salió al jardín, a un rincón que había adoptado para entrenar últimamente, y comenzó a ejecutar lo que consideraba un movimiento ofensivo.
Resultaba difícil practicar solo y jamás había visto un enfrentamiento real, por lo que no era capaz de llevarse a sí mismo a un límite que le permitiera aumentar sus habilidades.
Entonces sonrió. Tuvo un plan.
No había pasado ni una hora cuando su compañero de entrenamiento llegó. Lo miraba con un atisbo de duda, pero ahí estaba, dispuesto a escuchar sus locuras.
—Supe que tienes ganas de morir —saludó Elarión apenas descendió en el jardín.
—No todavía, pero gracias por tu preocupación —respondió Alderian jocoso—. Gracias por venir. Eres un verdadero amigo.
—Sí, sí… Vengo por la Mensajera, no por ti, aunque no me imagino en qué quieres que te ayude.
Esa vez Alderian no lo tomó por sorpresa, sino que le mostró un par de espadas para practicar. Elarión negó enérgicamente con la cabeza, pero no rechazó la espada que Alderian le extendió.
—Eres hábil, lo sé. No puedo avanzar más si no entreno con alguien, y no puedo pensar en nadie más que en ti para mejorar… Tengo solo siete días.
—Estás loco, Alderian. Todos en A’aru están comentando acerca del duelo. El general no es un amateur… ha luchado con todo tipo de criaturas en el último milenio… ¿y pretendes vencerle? Alderian, entra en razón…
—No tengo más opción. ¿Acaso no supiste que pusieron una cuadrilla completa vigilando a Augustine?
Elarión apretó los puños.
—Lo supe.
—Entonces lo sabes también. Sacrificarán a la familia de Augustine uno por uno.
La Guardiana de los Hilos ya sabe que ella tiene una anomalía.
No sabe en qué consiste, ni cuán grave es, pero está jugando a la cacería…
Con esta explicación que me inventé puedo darnos un poco más de tiempo, al menos hasta que entendamos qué está ocurriendo con Augustine.
—¿A qué te refieres con eso?
—No estoy seguro, pero la anomalía sigue cambiando… y ella está lentamente cambiando también. Tomó la forma de Aldana en uno de sus sueños… Eso es un quiebre mayor del Olvido, ¿no crees?
—Lo supe desde que la vi salvar a Ana… La Mensajera viene a quebrar el Orden.
Se puso en guardia, alzando su espada.
—Te ayudaré. Cumpliré mi promesa y la protegeré de todas las maneras en que me sea posible.
Alderian se rio quedamente. Sabía que le diría eso.
Comenzaron entonces a batirse en un duelo que empezó siendo cauteloso, como probando a su contrincante, pero luego se transformó en un encuentro vertiginoso.
Era difícil seguir sus movimientos y ambos parecían igual de emocionados por el encuentro.
Más allá de la presión de su futuro enfrentamiento, Alderian estaba genuinamente disfrutando del desenfreno que experimentaba en combate.
Elarión estaba entrando en calor y comenzó a atacar cada vez con más fiereza. Luchaba como un guerrero experimentado y lo acorraló contra uno de los muros. Una furia contenida empezaba a emerger salvaje. No se estaba conteniendo mientras luchaba.
Alderian sonrió. Eso era exactamente lo que necesitaba. Contraatacó con fuerza, preguntándose cómo podía despertar el poder dormido de Karivan. Por momentos la sentía vibrar entre sus manos, pero suponía un estado pasajero y no sabía cómo interpretarlo.
—¡Karivan, despierta! —exclamó mientras luchaba, pero no hubo respuesta.
—¿A quién le hablas? ¡Concéntrate en mí! —gritó Elarión, atacando colérico.
Alderian apenas pudo frenar el impacto del golpe que le asestó, cuya fuerza lo hizo retroceder.
Elarión continuó azotándolo de forma implacable y Alderian tenía cada vez menos espacio para maniobrar.
Desesperado y sin saber con exactitud lo que estaba haciendo, realizó una transmutación alquímica, por lo que desapareció de donde se encontraba y reapareció detrás de Elarión, quien apenas tuvo tiempo de protegerse con sus alas.
Alderian retrocedió jadeando mientras Elarión se incorporaba, secándose el sudor de la frente.
—Interesante —fue todo lo que dijo Elarión.
—Probemos a pelear en el aire —propuso Alderian.
Ambos se elevaron un par de metros del suelo. Alderian no le dio respiro a Elarión y se abalanzó sobre él, quien cayó de manera estrepitosa. Lo vio incorporarse de inmediato y lanzarle una mirada rencorosa.
—Me gusta esa mirada. Atácame con todo lo que tengas —provocó Alderian.
Elarión se elevó veloz por encima de él y se lanzó en picado para atacarlo.
Resultaba difícil usar las alas de forma defensiva en el aire, pero Alderian se las ingenió para dar una voltereta a la vez que interceptaba el arma con ellas.
Elarión era un luchador que se adaptaba rápido y pronto entendió cómo moverse con la espada.
Se abalanzó de nuevo sobre Alderian, quien trazó un círculo con su arma en el aire mientras giraba.
Cuando quedó frente a su oponente, la hoja refulgía como una llama de fuego blanco incandescente.
Elarión frenó en seco, desconcertado.
—¿Qué estás haciendo? ¿Qué es eso?
Alderian miraba victorioso su espada.
—Te presento a Karivan —respondió, airoso, como si ya hubiera ganado una batalla.
Su satisfacción duró apenas unos segundos, pues el ardor de la espada se apagó enseguida.
—Felicidades, has inventado la antorcha más corta de A'aru. El general te matará antes de que alcances a encenderla de nuevo —comentó Elarión, mordaz.
Alderian no le respondió. Simplemente lo vio dejar su espada en el suelo y alejarse. Antes de emprender el vuelo para irse, Elarión habló sin mirarlo.
—Volveré mañana.