El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

Capítulo Treinta Y Ocho

—¿ H ay algo en lo que pueda ayudarte? —La amable voz de la dependienta del local sacó a Augustine de su ensoñación.

—¡Lo siento! —se disculpó, avergonzada—. Por favor, dame un café americano.

Pagó con su tarjeta y esperó su orden a un costado del mesón.

Deseaba ver a Alderian. Estaba preocupada y ansiosa, con los A’aruin pegados a sus talones en cada momento. No quería ni siquiera ir al baño; intuía que ni entonces la dejarían tener privacidad.

Las Sombras estaban también inquietas. Podía sentirlas con total claridad, debajo de la suya propia, ocultas, disimulando su presencia, aunque ella las percibía con la misma nitidez que quien ve a un niño haciendo travesuras.

Estaba revolviendo su café cuando notó que el que parecía ser el jefe de los A’aruin apostados a su lado apareció y dio instrucciones a sus subalternos. Segundos después, todos habían desaparecido, dejándola completamente sola.

Suspiró de alivio. Fuera lo que fuese que Alderian hubiera hecho, había resultado.

Sintió un cosquilleo de gratitud, pero reprimió sus sentimientos rápido, consciente de que todo ese lío se había causado por su propia falta de sensatez.

Como si hubiera sido llamado por sus pensamientos, Alderian apareció sentado frente a ella. Augustine sintió que su corazón dio un vuelco al verlo. Pese al estrés al que había estado expuesta, no olvidaba que la noche anterior se había entregado por completo a ese hombre. No pudo evitar sonrojarse.

—Estamos en aprietos y tú solo piensas en mi cuerpo, ¿cierto? —Alderian se reía abiertamente.

Augustine no podía responder. No en un lugar público, pero su cara estaba roja como nunca, así que no necesitaba decir nada para darle la razón. El semblante del joven A’aruin se puso serio, aunque mantenía una expresión dulce al mirarla.

—Quiero que sigas tomando tu café, no me mires directamente… Si puedes, toma uno de tus cuadernos de notas y simula que estás estudiando.

Augustine hizo caso en silencio.

—Vengo a contarte lo que pasó y lo que pasará…

—continuó Alderian—. Pensé por un momento en no decirte nada, dejarte tranquila y evitarte una preocupación más, pero este asunto es demasiado crucial como para mantenerte ignorante al respecto.

En siete días, a partir de hoy, me batiré en duelo con el General de los Guerreros de Élite.

Es el precio que tenemos que pagar por lo que pasó ayer.

En este tiempo, y de aquí en adelante, no te visitaré en sueños.

Tendremos que mantenernos por debajo del radar del Alto Consejo, porque sospechan de nosotros.

Sí, sí… sé que quieres saber más, pero, amor mío, no puedo revelarte todos los detalles…

Augustine miraba fijo su cuaderno, sin mover un músculo de su rostro.

—Si llego a tener éxito, el Alto Consejo desestimará que hayas sido tú la causa de la anomalía de ayer. Pero si pierdo…

No terminó la frase. No necesitaba hacerlo. Augustine no conocía los detalles, pero podía imaginarse que no sería un final feliz.

—En estos días vendré poco… No te lo había dicho antes y sé que estabas preocupada, pero estos últimos días he estado entrenando. Tengo habilidades que estoy empezando a descubrir y sé que, si me esfuerzo lo suficiente, tendré una oportunidad… creo.

Augustine tuvo un pensamiento extraño. Un consejo urgente para Alderian. Un consejo absurdo, pero que sintió que debía entregar de forma imperiosa. Escribió rápido en su cuaderno de notas y lo volteó para que Alderian pudiera verlo.

«Ocupa a Karivan, la espada de soles».

Alderian la miró pasmado.

* * *

Augustine llegó con su café ya frío a la sala de clases.

Un día más… En esos momentos, todo lo que deseaba hacía escasos seis meses le parecía un sinsentido.

Con Alderian enfrentando un riesgo que no se atrevía a dimensionar y su cabeza que se sentía extrañamente disociada de su realidad, le costaba conectar con su vida cotidiana.

En tanto, las Sombras la seguían sin llamar la atención. Ni siquiera Alderian notó su presencia.

Sara se acercó y se sentó a su lado, en silencio.

Augustine la saludó con un gesto y una sonrisa. Sara intentó responder de la misma manera y, acto seguido, se puso a leer un libro.

Revisó de nuevo su correo. La fecha de grabación del podcast era precisamente en siete días…

¿Cómo sería capaz siquiera de concentrarse, sabiendo lo que estaba en juego?

No obstante, sería una larga semana sin Alderian, o viéndolo muy poco…

Tener un proyecto en mente podría ayudarla a afrontar esa espera de mejor manera.

Apretó el botón responder y envió su correo aceptando la invitación.

Terminada la clase, y mientras guardaba sus cuadernos, una silueta se plantó frente a ella. Era David. Estaba serio y parecía decidido a tener la conversación que tenían pendiente.

—Vamos a un lugar privado, no quiero que empiecen nuevos rumores cuando todo está tranquilo otra vez —se adelantó Augustine, apenas mirándolo.

No vio si él la seguía, hasta que llegaron a un pasillo en el que no había nadie cerca. Augustine se volteó entonces y vio que David había obedecido dócilmente.

—Hola, Augustine… —saludó, sonriendo con timidez.

Augustine no contestó, solo levantó casi de manera casi imperceptible una de sus cejas. David notó el gesto y enseguida prosiguió:

—No quiero hacerte perder el tiempo ni pretendo que volvamos a ser amigos de inmediato… Solo quería hablar contigo, saber cómo estabas y, bueno…

—David —lo cortó Augustine—, ¿qué es exactamente lo que quieres decir? ¿Qué es eso de volver a ser amigos? Ah… ¿Quizás deberíamos llamar a tu nueva novia Amanda a ver si salimos juntos los tres?

—Ya no estamos saliendo… Terminamos hace un par de días.

—Vaya, y como ya no tienes novia, ¿vienes conmigo?

—¡No es eso! Realmente lamento lo que pasó. Amanda se equivocó, no fue su intención hacerte pasar por todo eso… Estaba desesperada…

— Ok , entiendo. David, pensé que querías decirme algo, no justificar a tu novia. Por favor, ya no vuelvas a buscarme. No me interesa lo que tengas que decir.

Se alejó y escuchó que David decía a sus espaldas:

—Estás distinta, Augustine. Antes nunca me habrías hablado así.

Augustine se dio la vuelta y lo miró, sonriendo levemente.

—Gracias por darte cuenta.

Se fue sin agregar nada más y esa fue la última vez que habló con él.

* * *

Augustine estaba sola en el patio de la capilla, su propio santuario al que nadie más acudía.

Sí, le había prometido a Alderian que no intentaría hacer nada por su cuenta, pero una urgencia inexplicable la empujaba a llamar a las Sombras que la custodiaban.

—Emerjan —ordenó con una autoridad antigua, ancestral.

El patio pareció oscurecerse, como si un eclipse cubriera el sol. De su propia sombra comenzaron a surgir cientos de figuras amorfas. No tenían ojos ni boca. Solo oscuridad.

— Nuestra Guardiana nos llama… nos reconoce… —aclamaron al unísono.

Augustine se puso de pie, altiva como una reina frente a sus súbditos.

—¿Por qué no tienen forma? —preguntó.

— Porque en tu mente todavía no nos has moldeado… Seremos lo que tú quieras que seamos…

Augustine los observó en silencio. Poco a poco, las Sombras empezaron a perfilarse como figuras humanoides, altas, imponentes.

— Si existimos en tu mente… existiremos en el mundo…

Un escalofrío recorrió a Augustine ante la magnitud del poder que sentía despertar en ella.

—Retírense —ordenó.

Las Sombras se retiraron de inmediato. La luz regresó a su santuario y los pájaros reanudaron sus trinos.