El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

Capítulo Treinta Y Siete

A lderian no hizo uso de su vestimenta de gala para acercarse al Palacio de la Flor de Loto en esa oportunidad, sino que llegó directamente a la zona exterior, frente a la Puerta del Guardián del Orden, esperando para poder ser recibido.

La sangre le hervía de ira.

En el pasado había sido testigo de esa verdadera cacería de brujas: perseguían a supuestos sospechosos de alterar los Hilos.

El castigo era la muerte, no había otra manera de describirlo.

Cortar los Hilos equivalía a cortar el ciclo de encarnaciones y ser devuelto a Lethe sin posibilidad de volver a existir en ninguna otra forma.

Hubo un tiempo en que la Guardiana de los Hilos parecía especialmente aficionada a esa metodología de control.

Así, se instauró una lógica de sometimiento, de no cuestionamiento, de desconfianza.

Cualquiera podía delatarte y cualquier acto de rebelión podía ser etiquetado como «anomalía en los Hilos».

Siempre había dudado de que tales anomalías existieran en realidad, aunque en esos instantes su percepción fuera diferente.

Tener a una cuadrilla completa en casa de Augustine solo podía significar una cosa: el corte de los Hilos de algún miembro de la familia, o de la misma Augustine, era inminente.

Las amplias puertas se abrieron para permitirle entrar al gran salón, que lucía exactamente igual que la última vez que estuvo ahí.

—Bienvenido, Alderian. Nos ha sorprendido saber que solicitabas audiencia —saludó el Guardián del Olvido desde su sitial.

Alderian realizó una leve inclinación de cabeza antes de hablar.

—Les pido que perdonen mi intromisión sin aviso previo, pero la urgencia de la situación me ha obligado a actuar con rapidez.

—Habla —ordenó el niño Guardián.

—Una cuadrilla de A’aruin de élite está vigilando de forma activa a mi humana y su tribu de sangre. Están sometiéndonos a un escrutinio injustificado.

El Guardián del Olvido parecía sorprendido, pero no llegó a reaccionar, porque la Guardiana de los Hilos tomó la palabra.

—¿Injustificado, dices? —Su voz sonaba afilada como un cuchillo—. ¿Estás seguro de que estás en posición de decir eso? ¿Precisamente tú?

—No comprendo lo que dice, Guardiana —respondió Alderian, imperturbable.

—Anoche hubo claramente una anomalía en uno de los Hilos de esa casa, Alderian. ¿Quieres saber de quién era?

Alderian la miró en silencio por unos segundos, sopesando su respuesta.

—Si su Excelencia tiene sospechas tan claras, respecto de los posibles responsables, me pregunto por qué no ha citado a su sospechoso a interrogatorio y, en su lugar, ha privilegiado un método que aterroriza a todo el sistema.

—¿Te atreves a cuestionar los designios de una Guardiana Soberana? —El Guardián del Orden no cabía en sí de la sorpresa.

—Basta —interrumpió el Guardián del Olvido antes de que Alderian tuviera alguna oportunidad de contestar.

Un silencio tenso se impuso en la habitación.

—Guardiana de los Hilos, no nos has informado de que hubieras iniciado un procedimiento como el que señala Alderian… En estos tiempos, es fundamental que este tipo de discusiones se conversen en el Consejo.

—Guardián del Olvido, le recuerdo a su excelencia: mi soberanía… mis decisiones.

—Eso es cierto, siempre que no estemos en una situación de peligro mayor.

La Guardiana de los Hilos se mordió el labio interior, furiosa y humillada.

—Hay una manzana podrida que hay que erradicar por el bien de A’aru —insistió con los dientes apretados.

Su postura amenazante contrastaba diametralmente con la fría calma del niño que la miraba.

—Admito que ayer hubo una alteración en los Hilos y fue por mi culpa —interrumpió Alderian—. He estado practicando el arte de la guerra por mis propios medios y eso me ha expuesto a un estado emocional que quizás ha trascendido a mi Hilo.

—Imposible. ¿Quién te enseñaría a luchar en un nivel que pudiera alterar un Hilo de Plata? —cuestionó la Guardiana con desprecio.

—Prueba entonces que tienes una destreza sobresaliente; de otro modo, es difícil que este Consejo considere tu palabra —sugirió el Guardián del Olvido con una sonrisa satisfecha.

—Puedo probarlo —aseguró Alderian, confiado.

Estaba moviendo piezas peligrosas. En primer lugar, no sabía si podría realmente probar que tenía mayor habilidad que guerreros de élite promedio, pero sabía que, al menos, podría defenderse. Si el Consejo aceptaba esa explicación, tal vez lograra bajar su guardia, aunque fuera de manera temporal.

La Guardiana de los Hilos calculaba sus posibilidades.

—De acuerdo, pero hay una condición: fijaremos una fecha y un lugar acordes y elegiremos a un Guerrero de Élite apropiado para el desafío.

Si en realidad tu anomalía fue producto de tu supuesto entrenamiento, el nivel que has alcanzado debería ser el equivalente al General de los Guerreros de Élite o superior.

—¿Quién podría ser superior al general? —inquirió el Guardián del Orden, perplejo.

—Uno de nosotros —respondió el Guardián del Olvido.

Alderian sintió flaquear sus piernas, pero asintió en silencio.

—En segundo lugar, te diré abiertamente que sospecho que la manzana podrida es tu humana, Alderian. Si pierdes, si en efecto no eres tú la causa de la anomalía de los Hilos, serás reasignado. Dejaremos ir a Aldana a Lethe y te proporcionaremos un A’aruin acorde a tu nivel.

—Un momento, una sentencia sin un juicio me parece algo precipitado. Llegar a esa conclusión solo a partir de mi duelo… —protestó Alderian.

—En ese caso, lo más indicado es mantener la vigilancia sobre tu tribu humana.

Alderian no lo pensó más. Mantener la vigilancia equivalía al corte de Hilos seguro, lo que podía abarcar a la familia completa de Augustine. Sabía que había una amenaza implícita en sus palabras.

—Lo haré.

—Bien… si pierdes, no te preocupes demasiado. Te asignaré conmigo, saldrás ganando con el cambio.

Alderian la miró desconcertado, sin dar crédito a lo que escuchaba.

—Preferiría que me dejara ir a Lethe también, Guardiana de los Hilos.

El Guardián del Olvido comenzó a reír. Primero fue una risa suave, pero terminó siendo una carcajada inquietante.

—Que así sea —zanjó el niño, secándose las lágrimas que habían escapado con su risa—. Más te vale ganar…