El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 55
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Capítulo 55

Capítulo Cincuenta Y Cinco

A lderian comenzó a ver borroso, pero fue capaz de distinguir el látigo negro, oscuro, letal, que emergió desde los pies de Augustine directo hacia el cuello de la Guardiana de los Hilos.

De inmediato, la tensión alrededor de su propio cuello cedió y, con movimientos torpes, logró liberarse de la atadura.

Escuchó los estertores de la Guardiana de los Hilos, que luchaba con desesperación contra las Sombras de Augustine.

Notó enseguida que las alas de Aldana estaban empezando a perfilarse, apenas todavía, pero visibles. Augustine estaba muriendo en la dimensión humana y él desaparecería, sin siquiera poder despedirse de ella.

Se acercó con cautela, sabiendo que Augustine en ese momento se encontraba en un estado alterado de conciencia. No era su Augustine, pero tampoco todavía Aldana. Era su mujer protegiéndolo, más allá de todo sentido.

¿Podría su voz llegar a ella?

Ignoró los gritos y el caos que reinaba alrededor. La lucha entre el Guardián del Orden y las Sombras de Augustine, los guerreros que corrían para defender a la Soberana de A´aru. Nada le importaba.

Solo la veía a ella.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, cogió su mano gentilmente.

—Perdóname, amor mío… Al final, no fui capaz de protegerte. Mi dulce, dulce Augustine, como humana, me has cambiado para siempre. Ahora que volverás a tu forma original, que serás Aldana, si puedes… solo si puedes… recuérdame.

Su propia mano ya se veía translúcida. Su espíritu estaba buscando un embrión humano en el que entrar. El sol se escondía y la luna salía, para nunca estar juntos bajo el mismo cielo. No le quedaba mucho tiempo.

* * *

Augustine sintió el cálido contacto de la mano de Alderian contra la suya, pero él se veía extraño y como un sueño brumoso. Su presencia parecía menos real.

¿Por qué le pedía perdón? Él no había hecho nada malo, la única que debería suplicar clemencia era esa despiadada mujer que había intentado someterlo. Quizás tendría que apretar un poco más el látigo alrededor del cuello…

De inmediato, las Sombras ejecutaron sus deseos y sacaron un sonido gutural de la garganta de la mujer.

Unos guardias se aproximaron con sigilo para atacar por la espalda a Alderian, que se encontraba ajeno a todo, pero un escudo de sombras hizo que desaparecieran sin que siquiera llegaran a tocarle un pelo.

—Augustine, ¡no lo hagas! —Oyó decir a un niño que contemplaba la escena con horror.

¿Quién era Augustine?

Su mente se sentía confundida, como si viera la realidad desde lejos.

Aflojó la presión del látigo al ver que la mujer ya no suponía un peligro para Alderian. No estaba muerta, pero ya no era oponente para ella.

Alderian la abrazó por la cintura. Sus hermosos ojos dorados eran lo único cálido en ese inhóspito lugar.

—Cuando yo desaparezca, quizás no me recuerdes… —dijo, mientras acariciaba su rostro, muy cerca de ella—. Estarás sola e intentarán someterte violentamente. Usa tus Sombras para huir, mi preciosa Augustine… Hunde a A´aru en la oscuridad absoluta, si es necesario.

—¿Qué sentido tendría, si no estás conmigo?

—Encontraré mi camino a ti eventualmente. No puedo vencer al Olvido como tú, pero de alguna manera volveré a ti —prometió con vehemencia.

Sus labios tibios se posaron en su frente, como una última despedida.

De súbito, ella recordó su propio nombre.

Aldana.

Con certeza y lucidez renovadas miró otra vez a Alderian y lo reconoció. Lo recordó.

Recordó al humano que había protegido por cientos de años, un amor que no podía ser correspondido, porque ella nunca existió en realidad para él. Recordó que en su última vida cometió un gran pecado al permitirse tener un encuentro íntimo con él en sus sueños.

Y recordó… recordó algunas imágenes de un pasado incomprensible. Un pasado que no sabía que existía.

¿Cómo era que ese mismo Alderian estaba ahí, besando su frente, abrazándola como si la amara?

Estaba desapareciendo, ya había encontrado un embrión humano en el que encarnar.

Decidió intentarlo. Intentar algo que había visto en sus recuerdos más extraños.

—Alderian… fuimos, somos… y seremos —susurró con urgencia.

Él la miró con una dulzura que jamás soñó podría recibir de su parte. Su corazón se derritió ante el amor que emanaba de él.

—Fuimos, somos y seremos, mi amada Aldana.

Lo que sucedió a continuación fue tal como había visto que ocurría en sus recuerdos. Desde el pecho de ambos emanó una luz dorada que, similar a un río de oro, comenzó a teñir el Hilo de Plata que los unía.

Aunque tenía el recuerdo de haber visto esa unión de almas en un pasado perdido, nada la preparó para los sentimientos de gozo y plenitud que experimentó cuando el Hilo Dorado completó su metamorfosis.

Casi podía «tocar» el espíritu de Alderian, que en ese instante sentía como una extensión de su propia alma.

—¿Qué es este sentimiento? —Lo escuchó decir—. Siento tanta felicidad que tengo deseos de reír y llorar al mismo tiempo.

Sus palabras describían con fidelidad lo que ella misma experimentaba.

Pero, sobre todo, el vacío permanente, esa soledad insondable, había desaparecido.

Alderian recuperó su materialidad, un efecto completamente inesperado.

¿Qué significaba exactamente el Hilo Dorado?

El caos imperante no daba tiempo para buscar respuestas. Alderian se separó de ella levemente, sorprendido de ver que había recuperado su cuerpo.

—¿Augustine? —preguntó dudoso.

Aldana negó con la cabeza.

—Si buscas mi presencia humana, esta ya ha desaparecido… Ese cuerpo ya dejó de respirar.

Sintió su dolor atravesarla en lo profundo. Una angustia negra invadió su pecho y la hizo perder el aliento.

¿Qué había sentido Alderian por su anterior forma humana?

Una mezcla de celos y desasosiego provocó que esa vez fuera Alderian quien se mostrara sorprendido

—¿Estás celosa de ti misma?

Aldana, avergonzada, miró hacia otro lado.

—No tenemos tiempo que perder. Debemos irnos de acá.

Alderian evaluó rápido la situación y asintió con la cabeza.

La Guadiana de los Hilos yacía inconsciente, atendida por espíritus de servicio.

El Guardián del Orden gritaba instrucciones, los soldados bajo su mando los rodeaban temerosos, sin poder acercarse más allá de tres metros alrededor de ellos.

Los detenía un cerco oscuro, Sombras impías que absorbían de forma irremediable a quien osara intentar acercarse a cualquiera de los dos.

El Guardián del Olvido observaba la escena de pie, silencioso.

No, no miraba la escena.

Los miraba solo a ellos.

Una tristeza infinita parecía emanar de sus ojos grises. Cuando vio que ella lo miraba directamente, le sonrió con tristeza. A diferencia de los demás, no parecía sorprendido.

Aldana intuía que él conocía el significado del Hilo Dorado.

—Vete —la instó el Guardián del Olvido solo gesticulando, modulando con claridad para que leyera sus labios a la distancia.

Aldana hizo un gesto de entendimiento y cogió la mano de Alderian. Tan solo con sentir el contacto de su piel le bastaba para experimentar una oleada de emociones difícil de reprimir.

—Debemos marcharnos ya —advirtió Aldana. Alderian la tomó por la cintura y extendió sus negras alas.

—Haz que tus Sombras nos sigan como hasta ahora. Que hagan un perímetro a nuestro alrededor para asegurar nuestra salida.

Aldana no sabía que las Sombras se hallaban ahí por su causa. Todo lo ocurrido mientras tenía la conciencia de Augustine, su encarnación humana, había desaparecido de sus registros.

—¿Cómo hago que nos sigan? —preguntó, dejando de lado sus aprehensiones.

—No estoy seguro, pero creo que ellos responden a tus deseos. Aunque vi a Augustine hablar alguna vez, no sé si es necesario que digas algo en voz alta. Pero inténtalo.

Aldana respiró profundamente.

—Sombras, protegednos. Son nuestro escudo hasta que os indique lo contrario.

Las Sombras respondieron con regocijo a su orden. Sintió su entusiasmo al escuchar su voz y la adoración que sentían por ella. Alderian la miró asombrado. También lo había sentido.

¿Qué rayos hizo mientras fue Augustine?

Las tres salidas posibles fuera de la Flor de Loto se encontraban bloqueadas. Aldana se resistía a absorber sin piedad a los nobles Guerreros de A´aru.

—No quiero hacerles daño —reconoció confundida.

—Tampoco yo… —concordó Alderian—. Cuando eras Augustine, tus Sombras te dijeron que estas puertas no eran tuyas. Creo que este poder que has manifestado responde a uno de los poderes perdidos de A´aru. No me extrañaría que pudieras abrir una de las otras puertas.

Aldana miró a su alrededor. Había cuatro puertas cerradas que conducían hacia el exterior.

Una tenía relojes de arena tallados con arena cayendo, pero esta se encontraba suspendida en su flujo, como si el tiempo se hubiera detenido; otra puerta mostraba tallado el río Lethe, pero su agua parecía ascender en lugar de descender.

Sintió un cosquilleo frente a esa, pero nada definitivo; la tercera, un sol en ascenso, como si estuviera amaneciendo; la cuarta y última tenía talladas criaturas de todo tipo: dragones, hadas, figuras élficas, centauros.

Su corazón dio un vuelco y sintió un llamado visceral. Las Sombras gritaban extasiadas.

Esa era su puerta.

Alderian parecía estar al tanto de esa sensación de reconocimiento. El Hilo Dorado los conectaba de una manera tan íntima que resultaba confuso.

—Inténtalo. —Lo escuchó decir—. Saldré del perímetro para evitar más muertes innecesarias. Me enfrentaré a los guerreros sin esconderme, así solo te concentrarás en lo que tienes que hacer.

—No sé si pueda concentrarme en la puerta si tú estás en peligro.

—Confía en mí, estaré bien…

Alderian se veía gallardo y majestuoso, como un guerrero legendario. Algo había cambiado también en él, después de todo.

—Vive y viviré. Muere y nada perdurará después de ti —sentenció Aldana seriamente.

Alderian sonrió.

—Esa es mi mujer —dijo, guiñándole el ojo antes de alejarse.

Se sintió extrañamente reconfortada por la picardía de Alderian en un momento como ese. Le dio la espalda y se enfrentó a una de las puertas sagradas de A´aru.

Cada paso que daba parecía detener el tiempo. El sonido de las espadas chocar, el frenesí de sus Sombras, su propia respiración contenida… todo parecía lejano y diminuto al lado de la imponente puerta cerrada que se alzaba frente a ella.

¿Qué se suponía que debía hacer para abrirla?

Se tomó un momento para contemplar las imágenes de las criaturas talladas en la madera. Sus ojos parecían mirarla fijamente, como si estuvieran esperando hace siglos.

Extendió su mano temblorosa hacia el pomo, cuya forma de flor de loto le recordaba en cierta forma al de la puerta de su propia habitación.

En cuanto sus dedos se posaron en el metal, el movimiento de las criaturas talladas la sobresaltó.

Se oyeron gritos, aullidos, silbidos, todos al mismo tiempo, como si estuvieran anunciando la llegada de su monarca.

—¡Ha llegado la Guardiana de las Criaturas! —El anunció provenía de la puerta misma y sumió el salón en un silencio sepulcral.

Sin mirar atrás, Aldana cruzó el umbral y asumió su soberanía.

Gracias por leer El Hilo de Plata . El siguiente volumen, El Hilo Dorado , estará disponible en diciembre de 2026.

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