El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

Capítulo Treinta Y Cinco

N o necesitó decir más. Alderian la alzó y la sentó sobre el tocador frente a él.

Se tomó su tiempo para acariciar su rostro, con una mirada ardiente que la quemaba por dentro.

En un gesto inesperado, cogió un mechón de su cabello, que ahora lucía largo y plateado, y lo olió con delicadeza, para luego estampar un sutil beso en él.

Augustine enrolló sus piernas alrededor de sus caderas, para aprisionarle, mientras una nueva ola de excitación la invadía.

Pero Alderian no estaba apurado. Tomó una de sus manos y besó la yema de sus dedos, mientras hundía su rostro en ellos, dejando —o exigiendo— que ella le acariciara también.

Se liberó del abrazo de sus piernas mientras se arrodillaba frente a ella, sin permitirle juntar las rodillas.

Augustine se sintió vergonzosamente expuesta, pero Alderian dominaba su cuerpo.

Lamió sensualmente sus piernas, al mismo tiempo que aplicaba pequeños mordiscos en la cara interior de sus muslos y se hundía en ella.

Retrocedió ligeramente al sentir el contacto de su lengua contra su sexo, pero Alderian la sostuvo firme y con su nariz presionó su clítoris mientras saboreaba con avidez cada recoveco de su cuerpo.

Augustine exhaló un suspiro angustioso, contrayéndose de un placer que jamás había experimentado antes. La voracidad y descontrol con la que lamía y mordisqueaba su vulva hizo que emitiera alaridos de gozo. Con sus manos crispadas sobre la cabeza de Alderian, jalaba su cabello con frenesí.

Finalmente se puso de pie y la penetró con firmeza, su mirada cargada de anhelo y desesperación. Una descarga eléctrica recorrió el Hilo de Plata de ambos.

—Te he amado tanto tiempo… te he anhelado dolorosamente, amor mío —susurró entre jadeos—. Puedes hacer conmigo lo que quieras, porque no ha habido un día en que no haya sido tuyo.

Al escuchar sus palabras Augustine sintió un calor abrasador en su pecho, una mezcla de tristeza y éxtasis, una felicidad consumada que iba más allá del deseo carnal. Un par de alas blancas brotaron desde su espalda, en un torbellino de plumas níveas. Alderian se detuvo un segundo, pasmado.

—No te detengas —ordenó ella.

Sin dejar que se separaran, Augustine batió sus alas con fuerza y él la imitó, ambos entregados el uno al otro en una danza antigua y sensual. Se elevaron, primero centímetros y luego metros, suspendidos en el aire en una posición imposible, desafiando la gravedad.

—¿Qué es esto que me estás haciendo? —Alderian parecía fuera de sí.

—Estoy haciéndote lo que quiero —susurró Augustine a su oído, sonriendo. El Hilo de Plata que los unía brilló con intensidad y ambos gimieron deleitados por la sensación que les invadió al unísono.

Cuando al final la gravedad reclamó sus cuerpos y el mundo volvió a su sitio, Augustine sintió que algo en su interior se había roto para siempre.

En los días siguientes, intentaría evocar la sensación que experimentó, pero fue realmente inefable.

Descendieron lentamente y quedaron tendidos en el frío suelo de un A’aru onírico e irreal.

—¿Te arrepientes? —interrogó Augustine, mientras descansaban acostados en la cama, ella recostada sobre su pecho.

Ambos sabían que debían regresar a la realidad, pero ninguno quería poner fin a ese momento.

—¿Cómo podría? Literalmente, es un sueño hecho realidad para mí —admitió Alderian sonriendo, con los ojos cerrados. Tras un segundo, los abrió y la miró directamente—. ¿Estás tú arrepentida?

—Solo me arrepiento de no haber hecho esto antes —contestó entre risas Augustine.

—Ocurrió cuando tuvo que ocurrir… aunque todavía no entiendo bien todo lo que hicimos —carcajeo avergonzado.

—¿No me digas? No te hagas el inocente, sabías muy bien lo que me hacías.

Los dos disfrutaban de ese silencio compartido, una complicidad indescriptible, antigua e imperecedera.

—¿Cuántas reglas estamos rompiendo?

—No quiero contarlas —rio Alderian.

—¿Has hecho esto conmigo en sueños antes? ¿En otra vida?

Alderian ponderó sus palabras antes de responder.

—Siento yo tu A’aruin nunca pensé en cruzar ese límite.

Puedo ser sincero ahora y aceptar que no era porque no quisiera.

Se trataba de un tema de consentimiento…

Si lo piensas, salvo tú en esta vida actual, un humano normal no es consciente de su A’aruin, por lo cual no es posible desarrollar una relación bidireccional, siempre es unilateral.

En los sueños, nosotros podemos influir en el razonamiento de nuestro humano y podríamos llevarlo a pensar que desea tener una relación íntima con nosotros en ellos…

pero eso es manipulación, no es consentimiento.

—Pero estos sueños no se sienten como tal, sino como que sí puedo decidir —insistió Augustine.

Alderian acarició su cabello, sonriendo.

—Has recordado A’aru sin saberlo y has adoptado tu forma original. Incluso ahora, mantienes esta imagen estable. Tú no estás sometida a las reglas de los sueños, no desde que empezaste a romper el Olvido.

—Entonces deberíamos hacer esto todos los días —resolvió pragmática Augustine.

—No me tientes, que soy capaz de tenerte dormida una semana —amenazó Alderian, la abrazó y le dio suaves besos en el cuello—. Es hora de que regresemos, amor —anunció, pesaroso—. Hemos permanecido demasiado tiempo acá…

Augustine abrió los ojos en su jardín. Los grillos cantaban su melodía de medianoche y la luna bañaba con su luz las hojas de los árboles y se reflejaba en su propia piel.

Miró sus manos con detenimiento y se sintió de pronto ajena a su propio cuerpo.

* * *

Alderian se sumergió en Lethe, examinando su Hilo Plateado mientras el río lo rodeaba con sus hilos blancos. Augustine tenía razón: él sí sabía lo que estaba haciendo cuando se elevaron juntos, cuando llegaron al clímax.

De nuevo se enfrentaba a situaciones que su cuerpo conocía sin que él pareciera tener control sobre ello.

Pero Augustine…, no, Aldana salió a la superficie de la consciencia de Augustine esa noche y guio sus movimientos con destreza.

Recordó con deleite su hermoso rostro contraído de un placer que él le había proporcionado.

Aldana se había entregado por completo. Todavía podía sentir el sabor de su cuerpo, la calidez de su piel, la suavidad de sus plumas y la electricidad desbordante del Hilo que los conectaba.

Su regocijo era tan intenso que tenía deseos de llorar.

Pero una pregunta se presentaba inevitable: ¿cómo era posible que Aldana estuviera con él?

«Lethe, revélame el pasado como lo hiciste con ella… Te pido que me ilumines con la sabiduría de la historia que conservas en ti», rogó.

Pero Lethe no le respondió.

No recordaba que el Hilo de Plata reaccionara a su conexión con Aldana, menos aún unirlos en un sentimiento tan indescriptible como el que vivieron juntos momentos atrás.

Lo excitaba y preocupaba en igual medida. Aldana era tan indomable e impredecible como la oscuridad que la acechaba. De todas formas, sí tenía una única certeza: si era oscuridad, él también sería oscuridad con ella.