Capítulo 34
Capítulo Treinta Y Cuatro
A ugustine había terminado de cenar y salió a tomar aire antes de dormir. La noche era refrescante, la fragancia de los jazmines colmaba el aire y la luna llena iluminaba con sus plateados rayos su pequeño jardín.
Sentada en una banca, divagaba acerca de la inmensidad, de A’aru en sus días sin sol y de su propio destino, atado a un Hilo de Plata.
No hubo una advertencia ni un aviso, pero lo supo: las Sombras estaban ahí.
Su Hilo seguía plateado, no había amenaza, pero sí una presencia de la que era agudamente consciente.
—¿Qué es lo que quieren? —preguntó, intentando conservar la calma. No esperaba una respuesta, pero la obtuvo.
Una voz distorsionada, o quizás cientos de voces al unísono, contestaron:
— Queremos que nos reconozcas.
—Trataron de matarme, ¿por qué me persiguen así? ¿Es porque soy capaz de ver a los A’aruin? ¿Eso los amenaza?
— No matamos… no perseguimos. Danos tu permiso… para seguirte…
Augustine se asustó. Recordó esas películas antiguas en las que la protagonista invitaba al vampiro a su casa, sin saber que con eso había firmado su sentencia de muerte.
—Vuelvan a su dimensión inmediatamente. No quiero nada con ustedes —declaró firme.
Sorprendentemente, las Sombras retrocedieron ante su mandato y desaparecieron.
Augustine tenía la boca seca y el pulso acelerado.
¿Qué acababa de pasar?
Intentó ordenar sus ideas, pero por más que lo pensaba, no tenía sentido.
Ocupado o no, necesitaba a Alderian a su lado. Tres tirones al Hilo de Plata fueron suficientes para traerlo hasta ella.
—¿Augustine? —preguntó sorprendido.
Ella se sorprendió aún más al verlo con apenas unos pantalones delgados, completamente empapado y con el torso desnudo. Alderian se dio cuenta y se disculpó:
—Estaba saliendo del río cuando me llamaste. No alcancé a cambiarme de ropa, vine de inmediato…
Augustine no pareció reparar demasiado en ello y se apresuró a contarle lo que había sucedido. Alderian se sentó a su lado, pero enseguida se puso de pie, inquieto.
—¿Dices que te hablaron? ¿Escuchaste sus voces?
Augustine asintió con la cabeza mientras seguía sus movimientos recorriendo el jardín.
—Eso es imposible… aunque nada parece serlo a estas alturas, no con tu anomalía dando vueltas y poniendo el mundo al revés —razonaba—. Jamás había escuchado que fuera posible siquiera tener una comunicación coherente con las Sombras.
—¿Por qué querrían seguirme? No parecían amenazantes esta vez, de hecho, como puedes ver, mi Hilo no cambió de color.
—Claramente hay algo en tu anomalía que está despertando su interés.
Cuando una criatura abre sus sentidos a otras dimensiones, no lo hace solo a lo más luminoso, como es A’aru…
supongo que también puedes atraer a la oscuridad.
Debemos extremar las precauciones. Si algo como esto volviera a suceder, llámame de inmediato. No intentes manejarlo sola.
—Está bien, aunque, Alderian… ellas me obedecen. Lo sentí la vez anterior, cuando me llevaron con ellas, y lo sentí hoy. Esas Sombras están subyugadas a mí… ¿No crees que debería intentar experimentar con eso y ver de qué puedo ser capaz?
—Absolutamente no. La oscuridad es indomable. Es como jugar con fuego: no sabes qué puede ocurrir o cómo su ferocidad puede volverse en tu contra. No, Augustine, prométeme que en esto no serás la cabeza dura que eres siempre.
Augustine aceptó, sabiendo que Alderian tenía razón, pero un lugar en su interior sintió el llamado de las Sombras, su petición reclamando soberanía, y ese sentimiento no la abandonaría tan fácilmente.
Alderian se alejó para entrar a la casa cuando regresó de improviso.
—Por cierto, hay algo que me molesta…
—¿Qué? —Augustine parecía sumida en sus reflexiones y apenas lo miró.
—Dime una cosa. ¿Estás muy acostumbrada a ver hombres semidesnudos que ni siquiera pestañeas cuando estoy así?
De pie frente a ella, la miraba con los brazos abiertos, mostrando su tonificado torso desnudo, con una mirada desafiante y una sonrisa seductora. Su cabello mojado caía sobre su frente; sus pantalones, normalmente holgados, se ajustaban a sus musculosas piernas.
—Tú dime una cosa… —repuso Augustine, al mismo tiempo que se ponía de pie y le rodeaba sin dejar de mirarlo—. ¿Es habitual para ti caminar semidesnudo por A’aru? ¿Es algo así como una moda?
—Quizás sí… Te sorprendería saber lo muy atractivo que soy allá —contestó Alderian, sonriendo, y cruzó los brazos sobre su pecho. Augustine notó que sus atléticos antebrazos mostraban con claridad los músculos marcados y sintió el irresistible deseo de acariciarlos.
—Llévame a mis sueños. Tenemos que hablar seriamente —exigió con aparente enojo, se dejó caer de nuevo en la banca, cruzó las piernas y lo miró con total seriedad.
Alderian, con una mezcla de curiosidad y nerviosismo, se inclinó y puso su dedo índice sobre su frente. De inmediato, se encontraron fuera del plano humano.
Augustine tomó con sus dedos el definido mentón de Alderian, a la vez que contemplaba su atractivo rostro con atención felina. Estaban a escasos centímetros de distancia y lo acercó a ella con decisión.
—Así que eres muy atractivo en A’aru —Augustine hablaba con una voz tenue—. Tendré que enseñarte modales básicos para que no olvides a quien perteneces.
Augustine no esperó respuesta y atrajo su rostro hacia sí. Sin apuro respiró de su aliento, sus labios rozando los de él.
Alderian sonrió. Quería jugar ese juego.
Él le acarició los labios con su boca, para tentarla, y los separó con gentileza para abrirse paso. La respiración de Augustine se aceleró de manera imperceptible y él introdujo con firmeza su lengua.
«¡Caramba! Qué bien besa», pensaba Augustine, al mismo tiempo que sentía que su cabeza se nublaba.
Alderian no cedía ni un centímetro. Su beso era exigente y ella apenas lograba respirar.
Después, cogió la mano con la que ella sostenía todavía su rostro y, sin interrumpir el beso, la llevó lentamente hacia sus pectorales y la obligó a tocarlo.
Se sobresaltó levemente, aunque lo disimuló bien.
Sus dedos recorrieron la firmeza de su cuerpo, la suavidad y calor de su piel todavía húmeda.
Sin soltar su mano, Alderian dirigió la caricia hacia sus abdominales.
Ella quería ir más allá, explorar su cuerpo por debajo de su mojado pantalón.
Augustine se preguntó si la anatomía de Alderian sería igual a la de un hombre humano.
—Me gusta que me enseñes modales, mi exigente jefa —dijo él con voz ronca, con sus grises ojos mirándola con expectación—. Tengo mucho que aprender, como puedes ver...
Su sonrisa seductora decía lo contrario.
—Llévame a un lugar que se sienta más privado. Estar en el patio de mi casa, aunque sea un sueño, se siente raro —pidió Augustine.
—Lo haría encantado, pero ¿sabes? Este es tu sueño. Tú eliges el escenario, no yo… llévame donde tú quieras, te seguiré.
Augustine sonrió y, en un segundo, se encontraron en un lugar distinto.
Una habitación grande, de aire majestuoso y antiguo.
El ventanal amplio dejaba entrar una luz plateada; afuera se veía un cielo líquido, como si hubiera una aurora boreal, y un tocador blanco, delicado, con un gran espejo que reflejaba la imagen de ambos.
Alderian miró a su alrededor, sorprendido.
—¿Es aquí donde quieres que estemos? —preguntó. Su voz sonaba extrañamente conmocionada.
—¿Te gusta el escenario que creé para nosotros?
Alderian se acercó de manera abrupta, sin decir nada. El beso que inició fue diferente al anterior: salvaje, agresivo, urgente. Todos sus músculos se tensaron de la excitación al sentir que él estaba perdiendo su autocontrol.
Sus alas negras se manifestaron. Pocas veces Augustine había tenido oportunidad de mirarlas y se sorprendió al verlas aparecer, pero él no pareció darse cuenta.
La joven se separó levemente del beso para admirarlo, conteniendo el aliento.
Su rostro perfecto, su cabello blanco y esas alas que le daban un aspecto inquietantemente peligroso.
Alderian, sin embargo, se veía impaciente por reanudar el abrazo.
La acercó a él con firmeza y presionó su pelvis contra la de ella, al mismo tiempo que le acariciaba la espalda con sus grandes manos, mientras hundía el rostro en su cabello e inhalaba profundamente, para llenarse de su aroma.
Un cosquilleo recorrió su espalda cuando Alderian empezó a besarla en el cuello.
Arqueó la cabeza hacia atrás, sin lograr reprimir un suave gemido de placer que estremeció al ángel.
Augustine sintió una fuerte presión en su pelvis, una erección potente debajo del delgado pantalón que estimulaba su sexo con un rítmico roce.
Alderian llevó las manos hacia sus glúteos, los apretó con firmeza y presionó aún más.
Augustine enredó los dedos en su cabello aún húmedo, embriagada por el aroma fresco que emanaba de su piel.
—Perdóname, Augustine… Creo que esta vez no podré contenerme —declaró Alderian con voz ronca, cargada de deseo, mientras lentamente comenzaba a bajar los tirantes de su vestido para desnudarla—. Si quieres que me detenga, dilo ahora.
Augustine poco a poco se terminó de quitar el delgado vestido que llevaba puesto. Alderian la miraba con un deseo casi animal.
—Eres tan hermosa…
Se sentó al borde de la cama y la atrajo, mientras se deleitaba con su vista.
Sus manos la recorrieron con suavidad. Primero, su cintura, sus glúteos, sus pechos; tirando de sus rosados pezones con firmeza.
Augustine jadeaba apenas, al mismo tiempo que contenía un gemido entre suspiros satisfechos.
Las manos de Alderian eran insaciables, parecían querer recorrerla entera.
Sintió el contacto de su boca en la piel.
El A’aruin lamía, chupaba, acariciaba con avidez, y Augustine sentía cómo su sexo se humedecía, con el deseo urgente de sentirlo adentro de ella.
Sabía lo que quería, necesitaba saciar su curiosidad y su hambre por él. Se arrodilló frente a Alderian y lo invitó a sacarse los pantalones, única prenda que todavía llevaba puesta. Cuando se encontró frente a su desnudez, Augustine se regocijó.
—¿Estabas preocupada? —Alderian la miraba con un deje de diversión en su mirada.
Augustine no respondió y se limitó a abrir su boca e introducir su miembro en ella, mientras gemía de satisfacción. Alderian cerró los ojos y se arqueó, sus alas se erizaron levemente. Ella se sentía voraz, con un placer culpable al ver cómo podía doblegar la firme voluntad de Alderian.
Augustine comenzó a lamer y devorar el resto de su cuerpo, sus muslos, su abdomen, su belleza insondable… y sus antiguas cicatrices. Estaba extasiada con el sabor y aroma de esa criatura que, por suerte o destino, resultaba estar conectada solo a ella.
—Eres mío —dijo Augustine, mirándolo a los ojos.
Alderian la atrajo con brusquedad y comenzó a lamer sus pechos con exigencia, mientras la sujetaba fuerte desde la cintura. La succión era tan tenaz que casi le provocó dolor.
—Eres mía —rectificó él, mirándola de forma peligrosa. A Augustine esa idea también le parecía irresistible.
Sintió una satisfacción gloriosa cuando Alderian la obligó a abrir sus piernas y la sentó sobre él, al mismo tiempo que la penetraba lentamente, sin dejar de observar cada una de sus expresiones.
La rodeó con sus alas, con lo que Augustine podía sentir que todo su ser, cada centímetro, estaba lleno de él.
Alderian comenzó a moverse rítmicamente y Augustine perdía el sentido de sí con cada embestida, mientras descargas de placer subían desde su vientre hacia el resto de su cuerpo.
«Sí, puedo ser de él», pensó Augustine mientras se entregaban al clímax con un gemido profundo. Le excitaba aún más escucharlo y verlo relamerse de placer. Placer por ella. Deseo por ella.
Sí, quería ser de él y la única que le hiciera sentir de esa manera, por toda la eternidad.
—Mírame —pidió Alderian al cabo de un momento. Augustine abrió los ojos—. Ven conmigo.
Se puso de pie y la tomó de la mano. Augustine lo siguió confundida, aún agitada por el orgasmo que había tenido segundos atrás.
Pero Alderian estaba serio y decidido. La situó frente al espejo del tocador, donde pudo ver el reflejo de su cuerpo desnudo. Sintió pudor, pero también fascinación ante la mirada cautivadora del ángel a través del espejo, a sus espaldas.
Alderian besó sus hombros y acarició sus brazos sin quitar la vista de ella. Augustine se contempló y se reconoció en la forma de una mujer distinta, aunque similar a ella. El reflejo era una A’aruin y entendió que esa era su forma original, la imagen que tenía cuando no era humana.
Augustine tocó su propio rostro, incrédula.
—¿Por qué tengo este aspecto?
—No tiene ningún sentido, pero aquí estás, Aldana…Te entregaste a mí como Augustine… pero, cuando abrí mis alas, estabas tú —contestó Alderian, sus ojos la miraban con un fervor abrasador—. ¿Acaso no reconoces dónde estamos?
Augustine miró a su alrededor.
—Estamos en mi habitación.
—Sí… pero es tu habitación en A’aru, en el palacio que hemos compartido por milenios, aunque nunca hayamos vivido juntos…
Alderian la abrazó con un anhelo desesperado y un sollozo reprimido. Su repentina vulnerabilidad la sorprendió.
—¿Quieres seguir? —preguntó Alderian con la voz estrangulada, su susurro contra su oído la hizo estremecer—. ¿Quieres entregarte a mí con esta forma? Podemos detenernos si te sientes incómoda…
Augustine lo besó tiernamente en respuesta.