El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

Capítulo Treinta Y Tres

A unque no tenía ningún interés en saber qué pasaba con Alderian ni en persuadirlo para que pasara más tiempo con Augustine, Elarión cumplió su promesa. Con elegancia, descendió hasta los jardines del palacio de Alderian, un enorme edificio digno de un rey humano.

Caminó entre los magníficos diseños de rosas blancas que nunca perecían y grande fue su sorpresa cuando distinguió a Alderian en un espacio abierto, entrenando con lo que parecía ser un mazo.

No pudo disimular su asombro al ver la agilidad de sus movimientos y la letalidad en la ejecución de sus ataques.

¿Desde cuándo Alderian era un guerrero tan avezado?

Podría jurar que siempre lo había visto holgazanear. Siempre le había parecido un tipo más intelectual que físico, pero ahí estaba, con movimientos precisos como los del más experto maestro de la guerra.

Aunque nunca había visto a un A’aruin combatir, le fascinó la manera en que combinaba ataque con defensa, cómo sus acometidas se llevaban a cabo en tierra y en aire y cómo sus alas parecían escudos de hierro.

Alderian notó su presencia al instante y pareció tan sorprendido como él. De inmediato, interrumpió su magnífica ejecución, dejó su arma en el suelo y se acercó.

—Esta es una visita inesperada —saludó Alderian, sonriendo incómodo.

—No debería serlo tanto, si dejas a la Mensajera a la deriva de improviso.

—Nunca he hecho eso —aclaró Alderian, levantando una ceja.

—Pues así lo siente ella. Créeme que no te vine a ver por interés personal. Por mí, sigue con lo que sea que estás haciendo… que, por cierto, se ve interesante e inquietante en igual medida.

Alderian sopesó sus posibilidades antes de responder, pero finalmente suspiró y lo invitó a entrar.

—Hablemos —dijo, mientras caminaba hacia la gran entrada principal.

Ocuparon un salón en el primer piso que, quizás en un tiempo lejano, fue usado para recibir visitas de forma opulenta.

En el presente, era una sala bellamente decorada, con cómodos sillones y mesas que permitirían dejar bocadillos, si los hubiera.

Elarión nunca había estado en esa ala del palacio antes, por lo que miraba todo con curiosidad.

—Vives en un lugar ridículamente grande —comentó, sin burla en sus palabras—. ¿No has pensado bajar a la ciudad? Hay habitaciones cómodas ahí y puedes estar con más A’aruin si quieres compañía.

—Soy alguien solitario —resolvió Alderian, sin darle mucha importancia.

Elarión estaba de acuerdo con ese veredicto, por lo que no insistió.

—Bien, ¿qué está ocurriendo? ¿Cómo es que, de pronto, eres un guerrero experimentado? —interrogó, curioso.

Alderian lo miró a los ojos, quizá preguntándose cuánto podía revelar. Al final respondió:

—No sé desde cuándo soy tan diestro en el arte del combate.

Solo fue un presentimiento al principio: pensar que mi cuerpo recuerda cosas que mi mente consciente no…

y, creyendo que sería un rotundo fracaso, me di una oportunidad de experimentar.

He usado cada una de las armas del salón que hay en este castillo.

Sé usar cada una de ellas. ¿No es fascinante?

Elarión lo miraba atónito.

—¿Quieres decir que siempre has sabido luchar así y no lo sabías?

Alderian asintió en silencio. Pensó un momento y, no sin ciertas dudas, preguntó:

—¿No quieres intentarlo? Quizás también sepas y no lo has descubierto.

Elarión se rio abiertamente.

—Olvídalo, soy alguien que ama la paz. Jamás sería capaz de luchar.

Alderian se rio también.

—¿Quieres acompañarme a ver la sala de armas? He encontrado algunas bastante interesantes.

Entraron al salón juntos. Elarión pudo ver, fascinado, la gran cantidad de armas que se guardaban allí. Nunca había tenido oportunidad de ver una colección tan magnífica.

—Elarión —llamó de improviso Alderian. En cuanto se volteó, este le lanzó una espada a las manos y se abalanzó sobre él.

Elarión no supo cómo, pero, por reflejo, cogió hábilmente la espada con la mano derecha.

Su peso le resultó familiar y sus músculos se tensaron para blandirla y detener el ataque con extraordinaria precisión.

Alderian sonreía triunfante. Volvió a atacar y se vieron inmersos en una estrecha lucha, donde ambos atacaban y se defendían en igual medida.

El corazón de Elarión latía enardecido, con una adrenalina desconocida para él.

Se abalanzó sobre Alderian con un grito gutural y una tensión en sus alas que, entendió, anunciaba la preparación de su cuerpo para recibir un golpe ofensivo.

El impacto del ataque de Alderian no le hizo mella.

Sus alas eran increíblemente resistentes.

Después de varios minutos, el encuentro terminó con un hábil movimiento de Alderian que lo sometió y lo obligó a aceptar la derrota.

Agotado, soltó el arma y miró sus manos, inquieto.

¿Qué es lo que había hecho?

—Al parecer, no soy el único con habilidades notables —elogió Alderian, al mismo tiempo que le daba palmadas en el hombro—. Vamos a descansar, hay agua en el pozo.

Elarión lo siguió en silencio, sin saber qué pensar.

—¿Qué te hizo descubrir esto? —preguntó, mirando la espada de Alderian, que caminaba frente a él.

Alderian se detuvo sin voltear.

—Sabes la respuesta. Fue Augustine… o Aldana… o ambas, en sus distintas manifestaciones, que me han hecho buscar respuestas fuera de las explicaciones convencionales. Su anomalía ha sido mi combustible.

Elarión guardó silencio, reflexivo. Su corazón latía con una excitada fuerza.