El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 32
59%

Capítulo 32

Capítulo Treinta Y Dos

A ugustine estaba en el patio de la capilla, sola.

Con su libreta de notas hacía dibujos de un diseño de reacción en cadena que había dejado inconcluso semanas atrás. Ocupar su mente en algo familiar le resultaba gratificante, especialmente después de tantos días agitados.

La normalidad se había instaurado poco a poco entre sus compañeros.

No sabía qué pensaban de ella, pero había llegado a la conclusión de que no le importaba.

Uno que otro se despidió de Augustine al terminar la clase, por lo que entendió que la habían liberado del castigo social que de manera tan injusta le habían impuesto.

Posiblemente Amanda recibiría ese trato a partir de entonces.

No se sentía satisfecha, pese a que, a todas luces, había hecho lo mejor que había podido. ¿Cómo sentirse así si, en dos días, había perdido a dos queridos amigos?

Suspiró agotada y dejó su diseño de lado. Ni siquiera eso lograba calmar su mente.

Tres tirones a su Hilo de Plata y Alderian se presentó a su lado.

La tranquilizó ver que tenía mejor aspecto que por la mañana.

—¿Lograste resolver las cosas con Amanda? —preguntó con suavidad Alderian.

Augustine negó con la cabeza, mirando al suelo.

—Si por arreglar las cosas entiendes que la haya abofeteado en la cara, frente a toda la clase, entonces sí…

—Suena a que le diste su merecido.

Después de un breve silencio, Augustine confesó:

—Fui cruel, ¿sabes? Nunca había actuado así en mi vida… tenía tanta rabia.

Alderian acercó su rostro al de ella y dejó un breve espacio entre ambos.

—Sigue siendo cruel, amor mío. Ejecuta con tus propias manos a los que se atrevan a hacerte daño.

—No eres precisamente un ángel que dé buenos consejos, ¿huh?

Alderian sonrió caprichoso y depositó un beso etéreo en los labios de Augustine. La joven se sonrojó; a su pesar, el placer que le proporcionaba Alderian desplazó todo sentido de culpa que quedara en su mente. Aunque no sintiera su contacto, el hormigueo en su bajo vientre era intenso y real.

Se quedaron cerca durante algunos segundos, mirándose a los ojos, colmándose de la existencia del otro. Augustine nunca se había sentido tan hermosa como cuando se veía reflejada en la mirada de Alderian, que la devoraba con la vista como si fuera la criatura más exquisita del universo.

El sonido de la campana de la capilla los sacó de su burbuja. Ambos rieron al mismo tiempo.

A pesar de que no ser la situación ideal, Augustine era feliz simplemente estando al lado de Alderian. Sabía que él se sentía de la misma manera.

—Volviendo a mis problemas —continuó Augustine—, hay algo que me molesta. No tengo ninguna evidencia contra Milán, estoy en un punto muerto ahí.

—Debemos mantenernos alerta, no sabemos cómo se habrá tomado tu rechazo de la otra noche.

—Dime una cosa, Alderian… Si alguien me agrediera (físicamente me refiero), ¿qué crees que harías? —preguntó con inquietud, pero luego, arrepentida, agregó—. Perdona, no debería preguntar eso, no hay nada que pudieras…

—Lo mataría. Sin duda alguna —respondió Alderian, sombrío—. Que no pueda manifestarme en este mundo no significa que no pueda hacer nada. Lo he pensado muchas veces y no tengo duda. Si mato a su A’aruin, él morirá también al perder su conexión con A’aru.

Augustine sintió un escalofrío en la espalda.

—¿Por qué matarías a un A’aruin? No digas esas cosas.

—Ya te dije cómo es ese A’aruin en particular. Es un psicópata, igual que su humano.

Augustine se sorprendió de escucharlo hablar con tanta dureza.

—¿Qué pasaría contigo si hicieras algo así?

—Probablemente me tomarían preso. Espero que no lleguemos a tanto —dijo en un tono bromista, pero Augustine sabía que hablaba en serio.

—¿Hay cárceles en A’aru?

—Solo una, Ilyr. No se necesitan más —respondió enigmático.

—¿Por qué?

—No necesitas saber —resolvió rápido—. Vamos a casa.

Ya que Alderian no quería hablar, Augustine podía imaginarse que las consecuencias serían devastadoras. Definitivamente, no permitiría que acabara en un lugar como ese por su culpa.

* * *

Días tranquilos la acompañaron tras la debacle de su enfrentamiento con Amanda. Ella no estaba asistiendo a clases y Augustine así lo prefería.

Isaac había publicado un comunicado en la cuenta Confesiones de Campus , ofreciendo disculpas públicas a Augustine, señalando que todo lo que se había escrito en la publicación inicial era falso y que, en adelante, el moderador de la cuenta se tomaría la libertad de filtrar las confesiones, dejando fuera aquellas que pudieran comprometer la imagen pública de otro estudiante.

Augustine se sintió satisfecha con la actitud de Isaac y, desde ese momento, tuvo un renovado respeto por él, pese a que su relación no había comenzado de la mejor manera.

David intentó un par de veces conversar con ella, pero Augustine sentía todavía abierta la herida que él también, con su falta de acción, había ayudado a infligir. No le dijo que no hablarían, pero le pidió tiempo para poder procesar los hechos.

Así, todo parecía estar finalmente volviendo a su sitio y pudo concentrarse de nuevo en sus estudios, que apenas había tocado esa semana.

Sara resultó ser una excelente compañera.

Le sorprendió la lucidez de sus análisis.

Si algo podía fascinar a Augustine, era un pensamiento que saliera de lo común, y Sara era impredecible en sus razonamientos.

Como consecuencia, comenzaron a pasar más tiempo juntas y Sara empezó a sentirse, poco a poco, más cómoda al iniciar las interacciones con ella.

Todo se encontraba muy tranquilo, excepto por una cuestión.

Alderian pasaba cada vez menos horas con ella.

Al principio, lo atribuyó a su agotamiento por el esfuerzo de trasladarla de una dimensión a otra.

No llegaba a entender el alcance de esa acción, pero la vez anterior había comprendido la gran hazaña de haberla trasladado de un edificio a otro.

Por lo tanto, ¿cuánto más sería hacerlo de una dimensión a otra?

No obstante, conforme los días pasaban y Alderian parecía completamente recuperado, su conducta no cambió. Cuando estaba con ella se mostraba afectuoso, como siempre; preocupado, caprichoso, justo como le gustaba que fuera. Pero cada vez lo veía menos.

Incluso, las visitas de Elarión empezaron a aumentar en frecuencia, sin parecer alertar a Alderian.

En una de las visitas de Elarión, se atrevió a formular la pregunta:

—¿Sabes si Alderian está ocupado con algo? ¿O si pasó algo en A’aru? Como te habrás dado cuenta, cada vez pasa menos tiempo acá.

—No lo sé, Mensajera —respondió Elarión, siempre escaso de palabras.

Le hizo prometerle que intentaría averiguar qué estaba pasando, aunque intuía que a Elarión no le molestaba en absoluto la inexplicable ausencia de su A’aruin.