Capítulo 31
Capítulo Treinta Y Uno
C uando Alderian pudo regresar a su lado, al día siguiente, Augustine ya estaba camino a la universidad. Exhausta, no había pegado ojo en toda la noche y, aun así, debía enfrentar lo inevitable.
Llamó varias veces a Amanda para intentar quedar con ella, pero no le contestó. No tendría más remedio que confrontarla en persona.
Alderian volvió a su lado con un aspecto tan agotado como el de ella. Observó, preocupada, su rostro ojeroso, algo que no creía posible en un A’aruin.
Tomó su celular para simular una conversación ficticia mientras lo interrogaba.
—¿Cómo te sientes?
—Como si tuviera mil vidrios incrustados en mi cuerpo —respondió Alderian, quejumbroso.
—¿Qué pasó anoche?
Alderian sacudió la cabeza.
—No estoy seguro… Fuiste arrastrada a una dimensión a la que yo no había ido nunca. No sé si hubiera podido traerte de regreso de haber pasado unos minutos más… Estuviste muy cerca de ser absorbida por las Sombras.
Augustine se mordió el labio inferior, inquieta. No podía olvidar la sensación de pertenecer a ese lugar, pero posiblemente aquella era la manera que tendrían las Sombras para engañarla y hacer que se entregara sin resistencia. Un engaño para hacerla sentir con el control de la situación.
¿Qué querían esas Sombras de ella? ¿Por qué la buscaban con tanta insistencia?
Alderian no se lo había mencionado, pero ella vio el Hilo Negro el día en que la Grieta se abrió. Nunca lo preguntó en voz alta, pero desde entonces había tenido la sensación de que iban tras ella.
—¿Te hicieron daño? —preguntó Alderian, preocupado. Augustine notaba que él estaba haciendo un esfuerzo inmenso por permanecer con ella en ese momento.
—No, no alcanzó a pasar mucho, la verdad. Solo quedé muy asustada después de que te fuiste. Sabía que no podrías volver conmigo, aunque quisieras, si algo más pasaba…
—Te equivocas. Habría regresado a tu lado como fuera… Confía en mí.
Alderian no mentía y ella supo que él hubiera encontrado la manera de volver.
Antes de bajarse del bus, Augustine agregó:
—Voy a confrontar a Amanda ahora. No sé cómo será, pero estoy segura de que no estaré en peligro. Regresa a A’aru y recupérate, Alderian. Vuelve a mí solo si estás realmente bien.
Alderian asintió sonriendo y desapareció.
La caminata hasta la sala de clases le pareció interminable. Confrontar a alguien querido resultaba mucho más difícil que hacerlo con alguien que había sido abiertamente hostil.
En el salón, Amanda estaba al lado de David, como en los días previos. Augustine se sorprendió al verlos tomados de la mano.
En apariencia, Elarión no se había equivocado demasiado.
Con solo verlos, entendió de dónde venía la motivación de su compañera.
Con un regusto amargo se acercó a ambos.
Suponía que David no había tomado parte de su pequeña puesta en escena.
Él, con seguridad, tendría una visión parcial de lo ocurrido, pero eso no aminoraba el hecho de que también le había dado la espalda.
¿Sería acaso mejor llamarla en privado?
Sonrió irónica. Amanda no tuvo ningún reparo en lanzarla a los leones para que fuera devorada. Augustine no se consideraba tan buena persona como para cuidarla en esas circunstancias.
Suspiró y se puso frente a ambos. David, de inmediato, retiró la mano de Amanda, pero era demasiado tarde. Ya los había visto.
—Veo, Amanda, que tu pequeño montaje ha sido un patético plan de conquista, después de todo —empezó Augustine con una frialdad que la sorprendió a ella misma.
—No sé de qué hablas.
La sala estaba en silencio. Todos escuchaban.
—Tú, mi supuesta amiga, publicaste el post en Confesiones Anónimas .
Disfrutó ver el rostro de Amanda desfigurarse de la estupefacción. David la miró conmocionado.
—¿De dónde sacas eso? ¿Por qué inventas mentiras?
Augustine rio con ironía.
—Eso debería preguntarte yo a ti… ¿Qué fue lo que te hizo sentir amenazada? ¿Que David finalmente estuviera sin novia y pudiera fijarse en mí? ¿O que eres tan lamentable que no podrías llamar su atención si no lo veías completamente destrozado?
Amanda se mordió los labios, a punto de llorar.
—Cualquiera que te vea pensaría que eres la víctima, Amanda.
Pero no lo eres… y si no quieres que muestre evidencia de lo que hiciste, para que todos se den cuenta de la clase de persona que eres, mejor confiesa y pide disculpas.
Tienes una sola oportunidad. Después de eso, no respondo de mí.
Y te aviso: tengo mucha experiencia en hacer videos virales en internet.
Amanda se puso de pie.
—Ajá, como siempre, dándote aires de grandeza con tu canal de YouTube. Te crees tan especial, ¿cierto? Yo también puedo hacerte viral, por si no te diste cuenta.
—Te felicito, mira qué gran logro has alcanzado. ¿Y todo por un hombre? ¿No tienes mejores técnicas de conquista?
—¿Como tú con Bruno? No creas que no me di cuenta. Esa noche en el bar él estaba conmigo primero, pero tenías que mover tu culo para dejarlo completamente embobado. Eres la típica pick me . Quieres que todos los hombres te presten atención.
Augustine la escuchaba atónita.
¿Realmente era así como la había visto Amanda todo ese tiempo?
Al verla acorralada, Amanda siguió con su arremetida.
—¿Qué más podía hacer si ahora habías puesto tus ojos en David? Tú me obligaste a actuar para protegerlo de tu narcisismo. Te mereces cada uno de los comentarios que te llegaron.
—¡No es cierto! ¡Augustine no merece nada de esto! —Sara, con una fuerza que Augustine no creía capaz en ella, había gritado desde el otro lado de la sala—. Augustine es una buena chica.
—Tú no te metas, estúpida —la increpó Amanda.
Augustine cruzó su rostro con una bofetada que dejó roja su mejilla. Amanda la miró incrédula.
—Ahora puedo verte por lo que eres, Amanda. Una persona venenosa y cruel, que aparenta amistad mientras clavas un puñal sonriendo. Qué equivocada estaba al poner mi cariño en alguien como tú.
Amanda chirrió los dientes, con impotencia. Miró a su alrededor, buscando alguna mirada que simpatizara con ella, pero todos la rehuyeron, incluso David. Dejó la sala corriendo, aunque Augustine ni siquiera se molestó en seguirla con la mirada.
—Augustine… perdóname… no tenía idea —se disculpó David, desolado.
Augustine lo miró con la frialdad de una reina de hielo.
—La próxima vez deberías tomar tus decisiones por ti mismo. No estaré en tu vida cuando eso ocurra, eso sí.
Le dio la espalda y se dirigió a Sara. La muchacha temblaba y, como siempre, era incapaz de mirarla a los ojos.
—Gracias, Sara.
—Me alegra que la hayas puesto en su lugar —murmuró.
La clase lentamente volvió a la calma, aunque Augustine sabía que los grupos de chat debían de estar ardiendo de tantos comentarios en esos momentos. Les había dado material de conversación para todo el resto del año.
* * *
Alderian bajó otra vez a la Sala de Armas.
No es que pensara que un milagro pudiera suceder, pero quería forzar su memoria corporal a reaccionar. ¿Cómo podía lograrlo?
Tomó de nuevo la espada de diseños de soles, que en su mente ya había adoptado como propia, y con ella salió a los jardines, donde se imaginaba que Aldana lo había visto en el pasado. Querer recrear una escena que no recordaba no era fácil, pero le daría una oportunidad.
Volvió a adoptar la postura de combate que consideraba la adecuada para el peso de esa espada y cerró los ojos. Se visualizó a sí mismo en una situación en la que era atacado por distintos flancos y permitió que su cuerpo respondiera como quisiera.
El resultado fue impactante. Sus músculos se movieron solos: cambió automáticamente el arma de mano hacia la derecha e hizo un bloqueo, giró en el aire extendiendo sus alas y, con ambas manos, lanzó un poderoso corte hacia su enemigo imaginario, el cual, de haber estado presente, habría sido aniquilado en el acto.
Abrió los ojos, asombrado. Pese al dolor que todavía sentía por la transmutación alquímica de la noche anterior, se había movido con una agilidad que no sabía que poseía.
Trató de pensar conscientemente en hacer algún movimiento de ataque o defensivo, pero su mente quedó en blanco.
Solo parecía funcionar si en realidad sentía que estaba en una situación de lucha.
Hizo de nuevo el intento: cerró los ojos e imaginó que el ataque venía desde arriba.
De inmediato, realizó una finta, se desplazó por el suelo, rodó sobre sí mismo y se puso en posición defensiva, en cuclillas, cubierto por una de sus alas.
Abrió los ojos.
Las alas no eran puramente estéticas: constituían un arma de combate también.
¿Cuántas otras cosas había dado por sentadas en las que estaba equivocado?
Se sentó en el polvoriento suelo, confundido.
Hasta entonces se había preguntado innumerables veces quién era Aldana.
Pero ahora no podía evitar preguntarse… quién era él.