El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Capítulo Treinta

A ugustine se encontraba sola en casa. Alderian no había regresado en todo el día y eso la inquietaba. Además de todos sus problemas humanos, se angustiaba por cuestiones que ocurrían en otra dimensión. Un absurdo, pero era su realidad.

Cada cierto rato volvía a abrir el mensaje de Isaac. Por más que lo leyera, no lo entendía.

¿Por qué Amanda haría algo así?

De todos los posibles haters que había imaginado, Amanda ni siquiera había aparecido como opción.

Su primera reacción, tras leer el mensaje, había sido ir a buscarla y confrontarla, pero cada vez que lo pensaba recordaba las risas compartidas, las tardes de estudio, las confidencias, y se le formaba un nudo en el estómago.

—Deberías hidratarte. —Sonó una voz familiar.

Era Elarión, erguido y gallardo junto a la entrada de la sala. Como si hubiera leído sus pensamientos, le ofrecía un consuelo pragmático y necesario. Augustine sonrió débilmente.

—Concuerdo contigo.

Sacó la botella de agua de la mochila y bebió un par de sorbos, cerrando los ojos. Elarión observaba cada detalle de sus movimientos.

—¿Qué haces acá? —preguntó Augustine, al mismo tiempo que se dejaba caer en el mullido sillón. Con unas palmaditas lo invitó a sentarse a su lado.

—Solo vine a ver cómo estabas. —No parecía haber una razón oculta tras esa explicación.

—¿Supiste lo que pasó ayer?

Elarión negó con la cabeza y, así, Augustine se encontró contándole sus preocupaciones y tristezas. El A’aruin la escuchaba atento, sin interrumpirla, recibiendo todo lo que el corazón de Augustine quiso confiarle.

Cuando por fin terminó de hablar, Elarión dijo:

—Parece que Amanda está enamorada de David. No justifica lo que hizo, pero explica su conducta errática.

Augustine sopesó sus palabras. Nunca había visto una señal de que fuera así, pero, recordando cómo Amanda se había quedado pegada a David los últimos días, no le parecía imposible.

—¿Qué haces tú acá? —La voz de Alderian sonó temible.

Augustine levantó la mirada y allí estaba. Alto, magnífico, vestido con un atuendo que nunca le había visto. Su corazón se aceleró en cuanto lo vio.

Elarión se puso de pie.

—¿Estuviste en el Alto Consejo? —preguntó, en lugar de responder—. ¿Han descubierto la anomalía de Augustine?

Alderian negó con la cabeza. Miró a Augustine y extendió una mano hacia ella.

—Ven a mi lado, Augustine. No es apropiado que estés tan cerca de Elarión.

—No es necesario que te enfades, Alderian —interrumpió Elarión—. Augustine simplemente me estaba contando lo que pasó con Amanda.

—¿Qué cosa pasó con Amanda? —Ahora su ceño estaba aún más fruncido y Augustine no entendía por qué se veía tan enojado.

—Por favor, déjanos solos, Elarión —pidió.

Elarión asintió con un gesto y desapareció en silencio.

—¿Qué te pasa, Alderian? ¿Por qué vienes tan malhumorado? ¿Ocurrió algo en tu reunión?

—Me pasa que cuando llego a verte estás a solas con Elarión, contándole cosas que ni yo sé todavía. ¿Cómo no me iba a molestar?

—¿Y qué te importa si se lo cuento a él o a alguien más? Puedo tener amigos.

—Claro que puedes tener amigos, pero yo debo ser tu confidente. Tu otra mitad. Solo yo.

Respiró agitada, buscando calmarse.

—No sé cómo ser contigo ahora. Si ser tu A’aruin o ser tu amante. No es lo mismo, y me veo superado por sentimientos que ya no puedo controlar.

—Ya te dije: no quiero tu control.

Alderian se acercó con decisión y apoyó su mano sobre los ojos de ella. Un segundo después, Augustine lo supo: estaban en sus sueños. Lo encontró frente a ella, tan cerca que lo rozaría con cualquier movimiento.

—Augustine, no soy tan amable como crees. Te quiero mía y no te compartiré con nadie más. Al menos, en esta vida humana tuya seré muy egoísta. Ódiame si quieres, pero ya no hay vuelta atrás.

Alderian inició un beso exigente, casi violento.

Introdujo la lengua con fuerza en su boca y la dejó sin aliento.

Augustine no se resistió, devolvió el beso con la misma intensidad, acariciando con su propia lengua la de él.

El calor en su entrepierna y su deseo de tenerlo adentro era casi doloroso.

Ella interrumpió el beso brevemente y lamió uno de los lóbulos de su oreja, para después susurrar con sensualidad:

—Sé todo lo egoísta que quieras ser, mi amor. Haz todo lo que necesites para quedar satisfecho y te convenzas de que tú también solo puedes pertenecerme a mí.

Alderian exhaló un quejido de satisfacción y volvió a besarla.

Sus firmes dedos acariciaron la piel de su espalda, lo que le provocó un delicioso escalofrío.

Cuando llegaron a sus pechos y tiraron de sus pezones, Augustine no pudo reprimir un gemido de placer.

La otra mano de Alderian descendió por su vientre y comenzó a desabotonar su pantalón, pero antes de llegar a introducir la mano debajo de su ropa interior, se detuvo.

Lentamente, la retiró e interrumpió el beso.

—Voy a poseerte un día, Augustine, pero no será ahora —susurró a su oído—. Cuando lo haga, quiero que estés plenamente consciente de lo que haremos juntos y que me elijas una y otra vez.

A pesar de sus palabras, volvió a besarla, pero esta vez fue un beso colmado de ternura.

Un beso largo, húmedo, íntimo. Aunque fuera solo una ilusión, se sentía real: sus manos percibían la piel de Alderian, la suavidad de su cabello, la firmeza de sus besos.

No le importaba en qué dimensión sucediera: quería estar con él.

No quería despertar, pero abrir los ojos y ver a Alderian a su lado se sintió como un dulce bálsamo. Él la contemplaba en silencio y, con su mano, hizo el gesto de acariciar su rostro, sus labios, su cabello.

—Quisiera que estuvieras realmente aquí —declaró Augustine—. Si así fuera, nada de lo que dijeras podría persuadirme para detener lo que empezamos hace un rato.

Alderian rio divertido.

—Créeme que me pedirás tregua el día que eso ocurra. No te dejaré dormir más.

—Promételo —rio Augustine.

Después de un momento de silencio, Alderian por fin le pidió que le contara lo que pasó con Amanda. Estaba muy sorprendido, al igual que Augustine.

—No lo vi venir —admitió cuando escuchó todo su relato—. ¿Qué harás ahora?

—He pensado en distintos escenarios, pero siempre llego a la misma conclusión. Debo conversar con ella. Quiero escuchar lo que sea que tenga que decir: excusas, inventos, lo que sea, pero debo oírlo de ella.

—Es posible que no desee hablar contigo. Por lo que me dices, pareciera que te ha estado evitando.

—No podrá hacerlo por mucho tiempo. No tiene idea de lo persistente que soy.

—En eso tienes razón. Eres una cabeza dura.

Se rieron una vez más. Augustine sentía un extraño alivio. Alderian tenía la capacidad de ponerla de buen humor, aun en las condiciones más extrañas. Y besaba excelentemente bien.

Se sonrojó al recordar el beso compartido. Lo miró de reojo y contempló su rostro, fijándose en sus labios.

—¿Qué miras? —preguntó Alderian, sonriendo con picardía—. ¿Quieres que volvamos a dormir?

Augustine se puso muy colorada y se tapó la cara con la almohada mientras escuchaba su risa.

Ojalá todos los días pudieran ser como ese momento.

Esa noche, Augustine tuvo un sueño extraño, lúcido, pero no de aquellos que le presentaba Alderian, sino uno más oscuro e inquietante.

Era una noche sin estrellas y se encontraba en medio de un lago, flotando sobre la superficie. Este se encontraba rodeado de un espeso bosque, desde donde cientos, miles de sombras la miraban a la distancia.

Augustine no tenía miedo. Era consciente de cada una de las criaturas que la rodeaban y sentía en ellas un anhelo desconocido. Una añoranza.

Sabía que una sola palabra suya bastaría para ordenar a ese ejército de Sombras lo que ella dispusiera. Era su reina. Su soberana.

Se sintió arrastrada por un río tormentoso de Sombras y vio a Alderian abrirse paso hacia el espacio en el que se encontraba. La rodeó con sus alas negras y la sacó de ahí en un segundo.

—¿Qué acaba de pasar? —preguntó, a la vez que se incorporaba en su cama.

Alderian la miraba, agitado y translúcido. Augustine reconoció ese estado de la vez en que la trasladó de un lugar a otro… ¿Dónde había estado para que afectara a Alderian así?

Lo vio desaparecer en las tinieblas de la noche y sintió un miedo primitivo. Encendió la luz y no pudo volver a dormir.

* * *

Alderian sentía un dolor que le quemaba por dentro.

El espíritu de Augustine había sido arrastrado al límite del mundo humano y la dimensión donde las Sombras habitan.

El Hilo Rojo alertó su presencia, pero no alcanzó a llegar a tiempo, no lo suficiente como para impedir que Augustine se viera sumergida en la inmensidad deforme de esas criaturas.

La querían devorar por completo. Nunca había advertido una avidez tan grande en seres que normalmente eran inofensivos.

Se preguntó si debería alertar al Alto Consejo de esos eventos. Parecía algo más trascendente que una anomalía que solo los incumbiera a ellos dos.

Descartó de inmediato la idea. El Guardián del Orden parecía un cazador esperando su presa cada vez que se mencionaba a Augustine. No sería él quien se la sirviera en bandeja.

«Debo hacerme más fuerte», concluyó decidido, aunque (paradójicamente) todavía no era capaz de levantarse del suelo.