Capítulo 29
Capítulo Veintinueve
A ugustine no sabía qué pensar.
Quería contarle a David y Amanda lo que había descubierto, incluidas sus sospechas sobre Milán, pero en cuanto terminó la clase, se marcharon sin siquiera intentar acercarse a ella.
Era cierto que les había pedido mantener la distancia de manera temporal, pero ni siquiera le habían mandado mensajes de texto para saber cómo estaba.
Dejó el aula con un regusto amargo.
A la salida, la persona que menos esperaba encontrar la estaba esperando. Sara, aquella compañera que tantas veces la había evitado tiempo atrás. Iba a pasar por su lado, pensando que simplemente estaba ahí por alguna otra causa no relacionada a ella, cuando oyó que la llamaba.
Augustine se volteó sorprendida.
—¿Me hablas a mí? —preguntó incrédula.
La muchacha era en extremo tímida, apenas la miraba a los ojos, pero asintió con la cabeza, firme. Augustine se acercó.
—Hola, Sara. ¿Necesitas algo?—preguntó Augustine con amabilidad.
La chica aún se veía incapaz de retenerle la mirada, pero asintió, sonriendo levemente.
—Quería preguntarte… quería saber si quieres que almorcemos juntas.
Augustine sintió una gratitud inesperada hacia este tímido acto de buena voluntad. Tuvo que contener las lágrimas que amenazaban con caer y asintió vigorosa.
—Me encantaría.
La A’aruin de Sara era una mujer adulta y pudo notar que se sentía muy orgullosa de su humana en ese momento.
Caminaron juntas por el pasillo de la universidad, hacia la cafetería más cercana. Sara no parecía tener intención de iniciar una conversación, pero Augustine agradeció su compañía silenciosa.
Una vez sentadas, Augustine no pudo evitar preguntar:
—¿Por qué quisiste almorzar conmigo? No soy una persona muy querida en estos momentos. —Un deje de inseguridad se deslizó en su voz.
—Siempre has sido amable conmigo… eres la única que recuerda mi nombre.
Augustine la miró con renovado interés.
—Gracias —dijo—. Gracias por ser amable conmigo en estos momentos. No han sido días fáciles.
Sara asintió con la cabeza.
—Además —agregó Sara—, me gustó mucho cómo te defendiste ayer…
Es decir, no creo en los rumores que dicen, pero, si fueran ciertos, si realmente lo fueran…
¿por qué otros tendrían que juzgarte? No lo entiendo.
Me inspiró mucho escucharte defender tu derecho a ser quien eres. Me gustaría poder hacer lo mismo.
Augustine la miró sonriendo.
—Me veía más segura de lo que me sentía en realidad —admitió—, pero es cierto que es injusto que los demás se sientan con el derecho de hablar sobre mí. Si somos diferentes, por la razón que sea, eso no les da el derecho de juzgar.
Sara asintió en silencio y la miró con fugaz timidez a los ojos.
—Por cierto, los rumores no son ciertos —continuó Augustine con suavidad—. Pensé que querrías saberlo.
—Gracias por decírmelo… Quizás sería bueno que se lo dijeras también a tu amiga Amanda…
Augustine la miró confundida.
—¿A qué te refieres?
Amanda sabía a la perfección que los rumores no eran verdad.
—Ella ha sido la que más ha insistido en que David está sufriendo por tu culpa. ¿No lo sabías?
Sara parecía genuinamente confundida.
—No puede ser… —Augustine sentía que la cabeza le daba vueltas.
Su teléfono empezó a vibrar en ese momento. Había llegado un mensaje de un número desconocido.
Hola, Augustine… soy Isaac. No te estoy diciendo esto porque me fueras a demandar, sino porque creo que es lo correcto. La persona que envió la publicación tiene este usuario: @amandi.mundi.
Lamento mucho todo lo que pasó. Aunque no me creas, me gustaría que pudiéramos ser amigos en el futuro.
Augustine sentía que iba a vomitar.
Reconocía ese usuario. Era el de Amanda.
* * *
Alderian releyó todas las cartas que había revisado hasta ahora y encontró en ellas un nuevo sentido. Aldana, en realidad, estaba recordando algo. Algo grande. Algo anterior incluso a ellos mismos en su versión actual.
Lethe la había elegido y le había mostrado, reiteradas veces, fragmentos de un pasado remoto. Un pasado en el que en A’aru brillaba un sol y en el que él tenía alas blancas.
El impacto de la noticia lo golpeó.
Todavía quedaban un par de notas que no había terminado de revisar. Las cogió con avidez y se sentó para leerlas.
28 de febrero 2005
Desde ese día te ves más apagado que nunca.
No me he permitido volver a visitarte en tus sueños, me da miedo ser la causante de tu sufrimiento.
Alderian… perdóname, solo te he arrastrado al pozo sin fondo de mi melancolía.
Ódiame, olvídame. Vive tu vida felizmente.
12 de abril 2005
Lethe quiere romperme y no dejarme respirar.
¿Con qué otro propósito me mostraría imágenes de un tiempo que no sé si existió o si jamás existirá?
Un pasado o un futuro (ya no sé qué es lo que veo) donde tú y yo estamos comprometidos en matrimonio, donde nuestra unión no es pecado, sino motivo de alegría y celebración.
Era tu futura novia y tú estabas feliz. Tus ojos no mentían… había amor en ellos. Me amaste y te amé.
Por primera vez quiero olvidar, pero, a la vez, quiero aferrarme a ti, aunque hacerlo signifique añorarte por la eternidad.
Alderian tenía dificultades para seguir leyendo. Podía sentir el dolor y el conflicto de Aldana en cada palabra.
Un matrimonio con ella. No podía imaginar un sueño más hermoso.
15 de diciembre 2005
Hoy no pude soportarlo más. Entré en tus sueños.
Me viste y me abrazaste, como si me estuvieras esperando.
Quise resistirme, pero mi deseo y mi codicia fueron más fuertes que mi cordura.
Me entregué a ti, te entregaste a mí.
Mañana no lo recordarás, pero yo viviré una eternidad tratando de sobrevivir al recuerdo de esta noche. Hoy, más que nunca, deseo que estés aquí.
Nuestro hogar se siente más vacío de lo habitual, y la luz de A’aru, más gris y oscura que antes.
Alderian no entendía cómo era posible que hubiera buscado su cuerpo cuando ni siquiera la recordaba, pero su amor por Aldana era tan profundo que, en el fondo, no le sorprendía del todo haberlo hecho. Entonces y en esos momentos, sencillamente no podía resistirse a ella.
Quizás era como volar: el cuerpo recuerda lo que la consciencia olvida. Su cuerpo conocía a Aldana, aunque él no supiera desde cuándo.
22 de diciembre 2005
No sé cómo, pero el Guardián del Orden me ha descubierto…
No me resistiré… prefiero que me sometan al Olvido, con la esperanza de volverte a recordar, a resistirme y que nos separen para siempre.
Perdóname, Alderian.
Y, si puedes, recuerda…
Fuimos, somos y seremos.
Te amo,
Aldana
Las cartas se deslizaron de sus manos como hojas en otoño.
No esperaba un final distinto; por el contrario, solo había confirmado lo que temía. Aldana y él caminaban por el filo de un acantilado, y era ingenuo pensar que seguirían fuera del radar del Alto Consejo.
Ese día había mentido de manera deliberada, ocultando la verdad sobre la anomalía de Augustine. No se arrepentía, de hecho, lo haría de nuevo sin dudar. Pero ¿cuánto tiempo más ocultar la verdad sería suficiente para mantenerlos alejados de los Guardianes Soberanos?
Volvió a tomar las cartas de Aldana. En una de ellas lo describía practicando con una espada… ¿Sería capaz de empuñar una si lo intentaba?
Saldría de la duda de inmediato.
Descendió hasta una estancia en uno de los jardines interiores del palacio donde se guardaba una amplia colección de espadas, lanzas, escudos y armaduras. Nunca había tenido mayor interés en las armas, casi no entraba allí, pero en ese momento era el lugar preciso para comprobar su sospecha.
El lugar estaba en penumbra, apenas unos hilos de luz plateada se filtraban por las pequeñas ventanas altas. Las armas reposaban ordenadas y clasificadas con esmero. Quien hubiese estado a cargo de ellas en el pasado había hecho un trabajo impecable.
Caminó entre las estanterías hasta que una llamó su atención: una espada dispuesta sobre un pequeño pedestal, cuya empuñadura, labrada en un metal desconocido, mostraba intrincados diseños que evocaban la imagen del sol.
Extendió la mano para tomarla. Su peso se sintió extrañamente familiar.
¿Sería capaz de blandirla? Era lo bastante pesada como para exigirle usar ambas manos. Se desplazó hacia un sector más despejado de la sala y, sin saber muy bien cómo, la alzó adoptando lo que suponía una postura de ataque.
Se sintió ridículo: no tenía idea de lo que estaba haciendo.