El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 28
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Capítulo 28

Capítulo Veintiocho

T ras haber relatado en detalle lo que vio ese día (cómo las Sombras empezaron a emerger de la grieta y tomaban forma), vino una pregunta que lo dejó helado.

—¿Esas Sombras perseguían con especial interés a tu humana? —El Guardián del Olvido se mostraba en particular interesado en ese punto. Seguramente, todo lo anterior ya lo había escuchado numerosas veces en los testimonios anteriores.

—Así es —confirmó Alderian.

—Hay quienes sostienen que, ya desde hace algunos años, has preguntado a tus compañeros si han notado un aumento de Sombras en la dimensión humana… ¿Por qué te interesaba saber eso?

—Me ha dado la impresión de que han buscado acercarse a mi humana más de lo habitual, más de lo que recuerdo de vidas anteriores.

Un silencio pesado cayó sobre los presentes.

—No puede ser casualidad —comentó la Guardiana de los Hilos, cautelosa.

El Guardián del Olvido levantó levemente la mano para pedirle silencio.

—¿Has notado alguna anomalía en tu humana? ¿Algo fuera de lo común?

Alderian tragó saliva y, sin pestañear, respondió:

—No, nada anormal.

Listo. Que Lethe se lo llevara a lo profundo de sus aguas. Merecía algo peor que la muerte por mentir en su presencia.

—Eso es tranquilizador, por ahora, pero es un asunto que debemos vigilar… Esa muchacha es como una bomba de tiempo —intervino con dureza el Guardián del Orden.

Alderian se puso rígido.

¿A qué se refería con eso?

Recordó las cartas de Aldana y las piezas empezaron a encajar. Ellos sabían . Sabían que algo ocurrió con ella en el pasado. Se mantuvo firme, con una expresión inescrutable.

—Vayamos ahora a otro asunto —lo interrumpió el Guardián del Olvido—. Usaste la técnica del traslado alquímico en tu humana, cuando ocurrió el evento de la Grieta.

—Así es —respondió escueto Alderian.

—No es una técnica prohibida en sí misma —agregó el Guardián del Orden—, pero es muy inconveniente que la ejecutes en el mundo humano con tantos testigos.

—Más que eso —intervino de nuevo el Guardián del Olvido—. Quiero entender cómo supiste ejecutarla en primer lugar. Es una práctica perdida en el tiempo. Solo muy pocos maestros conservan ese conocimiento.

Alderian sabía que le preguntarían eso y, en esa oportunidad, no iba a mentir.

—Desconozco el origen de este conocimiento, pero sé que los músculos también tienen memoria.

Soy capaz de volar, aunque no tengo recuerdo de cuándo lo aprendí.

Puedo proyectarme en el reino humano en cualquier momento, y no sé si alguien me enseñó a hacerlo…

Así lo sentí al ejecutarla. Como un recuerdo que mi cuerpo conocía, aunque no sea capaz de saber de qué.

El Guardián del Olvido lo miró hondo, en silencio. Una tristeza melancólica parecía provenir de él en ese momento. Asintió y dijo:

—Es suficiente, puedes marcharte.

—Pero… Guardián del Olvido… —la Guardiana de los Hilos parecía sorprendida—. Hay muchas cosas de este asunto en las que necesitamos profundizar.

—No es el momento —dijo tajante el niño—. Hay mucho más en juego de lo que ustedes se imaginan, Guardianes de A’aru. Tendrán que confiar en mí en este asunto.

Nadie se atrevió a insistir.

Alderian retiró con cuidado su Hilo de Plata de las aguas de Lethe e hizo una reverencia respetuosa. Saludó marcial al Alto Consejo y se retiró de la recámara con más preguntas de las que esperaba tener a partir de ese encuentro.

Caminó rápido por el pasillo, ansioso por volver a su propio palacio. No estaba seguro, pero sospechaba que algunas de las respuestas podrían estar en las cartas de Aldana.

«Aldana… ya tuviste una anomalía en el pasado, ¿no? Nos obligaron a reiniciar los ciclos… Morí joven en mi última vida humana para restaurar tu Olvido».

Para Alderian no había duda de que había sido así y sentía que la historia se estaba repitiendo. El Olvido no había sido suficiente para suprimir su anomalía y en esos momentos, como humana, Aldana estaba expresándola de nuevo.

Alderian temía con renovada intensidad lo que podría ocurrir si el Alto Consejo descubría la verdad.

Sospechaba que no se conformarían con reiniciar sus ciclos otra vez.

* * *

Apenas Alderian abandonó la estancia del Alto Consejo, el Guardián del Olvido recibió la mirada penetrante de sus pares.

El Guardián del Orden y la Guardiana de los Hilos esperaban una explicación. Al ver que el niño no decía nada, el primero decidió romper el silencio.

—¿Quién es esa muchacha? —exigió saber—. Antes de encarnar como humana en este ciclo, ya tuvo una anomalía imposible… y ahora la persiguen las Sombras. La Grieta entre los mundos está abriéndose. ¿Es acaso ella la responsable?

—No deberías preguntar. El Olvido es ley para todos.

Ese fue el acuerdo cuando se inició el Nuevo Orden —replicó el Guardián del Olvido con firmeza—.

Pero, si debo decir algo, es que ella no es la causa de la Grieta ni de que las Sombras estén entrando a la dimensión humana.

La pérdida de los Cuatro Asientos es la causa.

Nunca antes el Guardián del Olvido había aludido a los asientos vacíos.

—Es muy difícil que ocupemos nuestro rol como Guardianes Soberanos si no sabemos toda la verdad. ¿Quién es esa niña? —insistió.

El Guardián del Olvido lo miró con frialdad.

—Es cierto e, insisto…, es muy difícil pretender que podemos mantener el equilibrio en A’aru cuando solo tres asientos de nuestro Alto Consejo están ocupados. Deberíamos ser siete.

»El rol de Guardianes Soberanos es una herencia otorgada por Lethe —continuó el niño—.

Es un linaje antiguo… Deben saber que el Nuevo Orden inició con sangre, con muerte…

Fue entonces cuando esos asientos dejaron un vacío cuyas consecuencias estamos empezando a experimentar.

La Grieta, la aceleración del tiempo humano…

todo eso es consecuencia del Nuevo Orden y de la pérdida de los demás Guardianes Soberanos.

¿Quieres saber quién es el responsable, Guardián del Orden?

Puedes mirarte en un espejo y tendrás tu respuesta.

El Guardián del Orden lo miraba anonadado.

—Yo no haría nada que dañara a A’aru —aseguró—. Aunque no tenga los recuerdos del Antiguo Orden, sí sé eso.

El niño rio con suavidad.

—Tú no sabes de lo que eres capaz —resopló—. Lo peor es cuando actuamos por una noble causa que justifique cualquier atrocidad. Por ahora, mi rol es proteger los vestigios de lo que fuimos… y en eso tendrán que confiar en mí. Mi soberanía, mi decisión.

Nadie se atrevió a rebatirle.

—¿Hay alguna forma de volver a ocupar esos asientos? —preguntó la Guardiana de los Hilos, al cabo de un momento de silencio.

—No lo sé —admitió el Guardián del Olvido—, pero Lethe nos mostrará el camino… o nos destruirá por completo. Su Voluntad no puede ser controlada por ningún A’aruin, ni siquiera nosotros.