Capítulo 27
Capítulo Veintisiete
C uando Augustine despertó al día siguiente, Alderian ya se encontraba ahí.
Miraba por la ventana, pensativo, lo que le hizo imaginar que la visita nocturna no había salido del todo bien.
—¿Pasa algo? —preguntó cautelosa.
—Me han convocado ante el Alto Consejo hoy.
Augustine pegó un respingo, inquieta.
—¿Nos han descubierto?
Él negó con la cabeza.
—Creo que tiene que ver con el asunto de la Grieta. Han estado llamando a todos los testigos para dar su declaración, y ha llegado mi turno. No es necesario que te preocupes de más. Hoy tienes asuntos más importantes que resolver.
Augustine se levantó y fue hacia él.
—Parece que los dos tendremos nuestras propias batallas por librar hoy —comentó esforzándose por sonreír—. Hazlo bien, Alderian. No muestres ningún atisbo de duda y no te preocupes por mí. Yo haré lo mismo.
Alderian sonrió de vuelta y asintió.
—Confío en ti. Hazlo bien —dijo antes de desaparecer.
Augustine lo vio desvanecerse, con el estómago apretado.
Se quedó un momento quieta, ordenando sus sentimientos antes de ponerse en acción.
Lo primero que hizo al llegar a la universidad fue ir a la sala A-25. Ella no tenía clases allí, pero Isaac sí. Se asomó por la estrecha ventana de la puerta y lo vio sentado en la tercera fila. El profesor ya había llegado, pero la clase aún no comenzaba.
Respiró tres veces para calmarse y, decidida, entró al aula.
Sin hacer caso de las miradas sorprendidas de los presentes, se sentó justo a su lado.
El muchacho era un joven alto y delgado, sus lentes no ocultaban la gentileza de su mirada.
Augustine sintió algo de esperanza al verlo de frente. Parecía un buen tipo.
—¿Qué haces aquí? —susurró Isaac, aunque no parecía extrañado. Claramente, la había reconocido.
—Hablaremos cuando la clase termine. No quiero armar un escándalo frente a tus compañeros.
—¿Y por qué habrías de armar un escándalo? ¿Qué asunto tienes conmigo?
—No contigo, sino con el dueño de la cuenta Confesiones de Campus .
Isaac enmudeció, aunque luego sonrió incómodo.
—No debería sorprenderme lo rápido que me encontraste. Tienes fama de ser muy astuta.
Augustine levantó una ceja.
—¿Astuta? Una come hombres querrás decir —repuso con ira contenida.
Isaac la miró sorprendido.
—En absoluto quiero decir eso. Sigo tu canal de YouTube desde hace años; eres muy ingeniosa, a eso me refería. Encontrarme no debió de suponer una gran dificultad para ti.
Augustine se mordió los labios, arrepentida.
—Lo siento, estoy muy a la defensiva desde lo que pasó ayer. ¿Podemos hablar a la salida de clases?
Isaac asintió.
La hora transcurrió rápido. No era su plan, pero Augustine disfrutó de la clase. Consistió en una introducción a espacios multidimensionales y le pareció fascinante, aunque no pudo comprenderlo todo.
Cuando el profesor abandonó la sala, Augustine se puso de pie frente a Isaac. No dijo nada, pero el joven recogió su mochila y la siguió.
—Vamos a la sala de descanso —sugirió él.
Augustine negó con un movimiento de cabeza.
—Hay mucha gente ahí y necesito hablar contigo en privado.
Caminaron por los jardines del campus y encontraron una banca desocupada, lejos del bullicio.
Augustine hizo un gesto invitándolo a sentarse.
—Sabes por qué estoy acá.
—Sí… Necesitas que baje el post, ¿no?
—No solo eso. Quiero saber quién está detrás de la publicación.
Isaac se acomodó los lentes con su dedo índice mientras respondía:
—Puedo bajar la publicación, pero no decirte quién la envió. Eso va en contra de todo el espíritu de la cuenta. La idea es que la gente pueda hacer sus confesiones de forma anónima.
—Entiendo eso, pero no puede aplicarse el mismo criterio si estás difamando a alguien más. Supongo que, si quieres confesar tus propios sentimientos, está perfecto, pero un mensaje de odio hacia un compañero… no puedo creer que apoyes algo como eso. No pareces ese tipo de persona.
Isaac se puso rojo.
—De todos modos —agregó Augustine—, ya sabes que tengo un canal de YouTube.
Sabes que tengo muchos suscriptores. No vivo una vida de millonaria, pero tengo una pequeña fortuna en mi cuenta.
Estaba ahorrando para un proyecto personal, pero, dada la gravedad del asunto, no dudaré en contratar al mejor abogado de esta puta ciudad.
No quiero amenazarte, pero es lo que haré si no cedes por las buenas.
Isaac no dijo nada durante algunos minutos, pero luego la miró directamente.
—No puedo responderte ahora… Entiendo lo que me dices y lo tendré en consideración, pero necesito pensarlo antes de tomar una decisión. Por ahora, bajaré el post.
Augustine asintió, viendo cómo Isaac se ponía de pie para irse. Antes de que le diera la espalda, ella agregó:
—Hay alguien de quien sospecho. Creo que es un acosador. Ha estado siguiéndome y tratando de usar lo que pasó para acercarse a mí. Te lo pido, Isaac… Si la persona de quien sospecho está detrás de la publicación, necesito saberlo y denunciarla. Tú tienes la prueba que necesito.
Isaac la miró por última vez y Augustine pudo ver que lamentaba genuinamente lo que estaba pasando.
—Lo pensaré. Me comunicaré contigo cuando haya tomado una decisión.
Augustine lo vio alejarse con algo de esperanza. Había dado un primer paso para acercarse a la verdad.
Miró la hora, ya era tiempo de ir a sus propias clases.
Sintió un nudo en el estómago al imaginarse enfrentando de nuevo a sus compañeros y pensó en irse a su casa en lugar de asistir, pero estaban viendo contenidos difíciles y temía que lo ocurrido no afectara solo a su reputación, sino también a sus estudios.
La clase era en la sala A-26, al lado de donde había estado antes.
Entró y se encontró con un escenario similar al del día anterior.
Nadie la miraba, nadie reconocía su existencia.
Era invisible, como los A’aruin que merodeaban en el lugar.
Amanda y David estaban sentados en los primeros asientos.
Ella le tomaba la mano, consolándolo. Ninguno de los dos se dio cuenta de su presencia.
* * *
El edificio que albergaba al Alto Consejo se erguía imponente. La inmensa estructura representaba una delicada forma de flor de loto con sus pétalos abiertos, rodeada de lagunas cristalinas, con lo que desde arriba daba la ilusión de estar flotando en el agua.
Había siete accesos que permitían el ingreso al gran salón. Se decía que en el pasado habían existido más Guardianes Soberanos. En la actualidad, había tres gobernando A’aru y, por lo tanto, solo sus tres puertas se encontraban abiertas.
La citación provenía del Guardián del Orden, con lo que esa puerta era por donde debía entrar: la Puerta de Escudos.
Una multitud de A’aruin se congregaba en su exterior para tratar distintos asuntos con el Alto Consejo.
Las entradas estaban resguardadas por un ejército centinela que confirmaba la identidad de cada A’aruin que venía a audiencia.
Alderian se había vestido acorde a la formalidad de la ocasión, con una elegante armadura plateada que rara vez había usado. Una capa blanca dejaba una estela de luz a su paso en contraste con sus negras alas.
Quienes lo vieron llegar ese día al Palacio de Flor de Loto tuvieron que reprimir el impulso de inclinarse ante él, reconociéndole una jerarquía antigua y olvidada.
Llegó al umbral de la alta entrada, donde se detuvo, a la espera de que le autorizaran el acceso. Los centinelas que guardaban la sagrada puerta no lo retuvieron.
Recorrió el pasillo sin mirar atrás, con la mandíbula apretada y la voluntad férrea.
El pasillo estaba rodeado de marciales esculturas de Guardianes del Orden del pasado.
Ninguno tenía nombre, eso era algo a lo que renunciaron cuando asumieron su rol de soberanos.
Alderian no había transitado muchas veces por ese corredor en particular, pero, siempre que lo hacía, se sentía sobrecogido por la majestuosidad de los así llamados Ascendientes.
—Bienvenido, Alderian —dijo el niño, apenas Alderian se ubicó en el centro del salón y respondió formal, con un leve gesto con la cabeza, en señal de reconocimiento y saludo.
—Como siempre, tan altanero —bufó el Guardián del Orden, sentado en su sitial—. ¿Sabes el desastre que dejaste el día de la Grieta? Todavía hay rumores indeseables circulando…
Alderian miraba al frente, marcial, sin mover un solo músculo.
—Como sabes, Alderian, hemos hecho extensas rondas con testigos para conocer los eventos ocurridos el día en cuestión —explicó el Guardián del Olvido—.
Hemos decidido dejarte para el final porque tu caso, en sí mismo, es una anomalía extraña y distinta en su naturaleza al suceso de la Grieta, aunque haya ocurrido en respuesta a ella.
De todos modos, a lo largo de las rondas hemos descubierto cuestiones interesantes que nos gustaría aclarar contigo.
Alderian miró a los ojos al niño que le hablaba. Aunque tenía un aspecto infantil, podía decir con total seguridad que era él quien dominaba la situación en el Alto Consejo.
—Estoy a vuestra disposición para aclarar cualquier duda que pueda existir en torno a los eventos ocurridos.
—Traigan la Vasija —ordenó la Guardiana de los Hilos.
A pesar de que ella no había intervenido hasta ese momento, observaba cuidadosamente a Alderian.
Un espíritu de servicio trajo de manera ceremoniosa un cuenco de cuarzo blanco con incrustaciones del mismo material rosado y lo depositó en un pedestal ricamente forjado, a unos pocos metros de él. Alderian miró el sagrado objeto, intrigado. ¿Rosado? ¿Tenía color ?
Nadie más parecía haber notado ese detalle, que suponía una anomalía aún mayor que aquella por la cual había sido citado.
—Esta es la Vasija de Lethe —anunció la Guardiana de los Hilos, poniéndose de pie.
El resto de los Guardianes la imitaron y todos los guardias y espíritus de servicio se inclinaron ante la reliquia. Alderian hizo lo mismo para no salirse del protocolo.
—En ella descansa el agua sagrada del río, fuente de vida y símbolo de nuestra especie. Alderian, deposita parte de tu Hilo de Plata dentro como símbolo de la veracidad de tus palabras el día de hoy.
Alderian cogió suavemente su propio Hilo de Plata y, con veneración, lo depositó dentro del agua. Pudo sentir a Lethe en ese contacto y tuvo miedo. Si Lethe era su testigo, no podría mentir.