Capítulo 26
Capítulo Veintiséis
—¿ E ntrarías en mis sueños?
Era de noche y estaba exhausta.
Alderian se encontraba recostado a su lado, ambos mirando el techo después de un largo día.
—Debemos ser cuidadosos con eso, Augustine. Es tentador pensar que en los sueños podemos entregarnos a nuestros deseos sin restricción, pero no es tan sencillo como parece.
—¿A qué te refieres?
—Los sueños son un no-lugar. Un espacio sin tiempo, que existe solo en tu mente. No es real. Pensar que puedes vivir una vida ahí es peligroso, porque, cuanto más lo haces, más difícil es volver a tu experiencia humana.
—Pero ¿solo un poquito?
—Guardemos esos momentos, amor mío. De momento, tendrás que conformarte conmigo así. Esta es la relación que podemos tener por ahora.
Augustine suspiró y siguió mirando el techo.
Un ruido en la ventana. Volvió a oírlo: un suave golpe, el impacto de una piedra contra el vidrio.
Se levantó de la cama y se asomó intrigada.
Milán la miraba desde la vereda, con las manos en los bolsillos.
Un escalofrío recorrió su espalda. Revisó su celular, que había mantenido en silencio: tenía doce llamadas perdidas de él.
—¿Milán? —preguntó confundida.
—¿Puedes bajar?
—Es la una de la madrugada, Milán… ¿Qué haces aquí?
—Solo quería verte… estoy muy preocupado por ti. Llevo pensando toda la noche si acaso has comido algo, si estarías llorando, si quizás necesitabas a alguien que te consolara…
—Estoy bien, Milán, y realmente no me parece que te aparezcas en mi casa a esta hora. ¿Cómo sabes dónde vivo? Nunca te he invitado antes.
—Es solo que me preocupo mucho por ti, no tienes por qué ponerte nerviosa —aseguró, sonriendo—. Estás sola, ¿no? ¿Vas a bajar?
—No, y por favor no vuelvas a venir.
Cerró la ventana de golpe y juntó las cortinas. Sentía un peso en el estómago, un miedo primitivo.
Mientras más lo conocía, más veía cómo la careta que ocultaba su verdadero rostro se iba cayendo y empezaba a verlo por lo que en verdad era. Ocultaba su deseo de control con amabilidad, su obsesión con preocupación.
En esos momentos en que nadie más quería estar cerca de ella, pretendía presentarse como si fuera su único salvador.
Manipulador y peligroso.
—Ya se fue —informó Alderian, que se materializó al otro extremo de la habitación. Había salido brevemente a confirmar que así fuera.
—Milán me resulta cada vez más inquietante —confesó Augustine—. He llegado a sospechar que es él quien está detrás de lo que pasó hoy.
Alderian asintió con gravedad.
—He pensado lo mismo. Hoy estuve con su A’aruin y quedé más preocupado aún. No parece tener escrúpulos ni principios de ningún tipo.
—¿Eso fuiste a hacer mientras estaba en clases?
—Fui a la habitación de Milán a ver si encontraba alguna evidencia sobre lo que pasó hoy. No encontré nada, salvo a su A’aruin.
Augustine meditó, paseándose por la habitación.
—No puedo acusarlo sin pruebas. Para activar el protocolo de acoso en la universidad, debo tener al menos un medio de verificación.
Alderian parecía dubitativo.
—Bueno hay algo de evidencia en su habitación.
—Alderian no estaba del todo seguro de contarle, pero finalmente habló—.
No es prueba de que haya hecho algo ahora, pero sí de que tiene una clara obsesión contigo.
Lo sé desde hace algunos días… Lamento no habértelo dicho de inmediato. No quería preocuparte inútilmente.
Augustine escuchó entonces con detalle lo que había visto en anterior visita y las interacciones que tuvo con Antian, su A’aruin.
—No puedo decir que me esperaba esto, pero tampoco me sorprende demasiado. Es escalofriante —declaró Augustine, al cabo de un rato—. No puedo usar lo que viste como evidencia, pero, si tengo éxito mañana, contaré con las pruebas que necesito para hacer una denuncia.
—¿Cómo lo harás?
—Tendré que presionar a ese tal Isaac para que me diga quien envió esa publicación. Él es el único que tiene acceso a esa información.
Alderian de pronto dio un respingo.
—¿Qué pasa? —preguntó Augustine, sobresaltada.
—Alguien golpeó la puerta de mi casa, en A’aru. Debo ir… No me esperes. Es tarde y debes descansar. Regresaré antes de que despiertes mañana.
* * *
Un sonido antiguo, una campana, repicaba en ese momento.
Alderian parecía sorprendido ante el llamado de la puerta principal.
Una visita, algo muy inusual en ese palacio.
Más aún, teniendo en cuenta que debía de ser alguien que no lo visitaba a menudo.
De otro modo no se habría tomado la molestia de llamar y solo habría entrado al edificio.
Salió veloz de su habitación y descendió hasta el inmenso hall de entrada, volando para acortar camino.
Abrió la gran puerta y, en el descanso, un espíritu menor lo esperaba. Lo reconoció de inmediato: uno de los de servicio del Alto Consejo.