El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Capítulo Veinticinco

S u sospecha no podía ser solo recelo. Ese malnacido de Milán tenía que estar detrás de todo eso.

No tenía pruebas y tampoco entendía las razones que pudieran estar detrás de su actuar, pero era la única persona en la que podía pensar si se trataba de alguien que estuviera obsesionado con Augustine.

El día anterior, por primera vez, Augustine le había puesto un límite.

¿Sería posible que eso hubiera sido suficiente para provocarlo?

La habitación de Milán se encontraba vacía, como se imaginaba a esa hora.

El computador, principal herramienta para cometer el acto de violencia cibernética, estaba apagado. Nada en particular parecía sospechoso. Una habitación limpia y ordenada, como la imagen que Milán proyectaba al mundo. Pero no lo engañaba a él.

—Estás en mi territorio —habló una voz a sus espaldas. Antian, el A’aruin de Milán, lo miraba con una amenaza velada en los ojos.

—Vaya, estás en el mundo humano para variar. Eso sí es una novedad —respondió Alderian, agudo, sonriendo con un deje de burla. Antian apretó los puños mientras se acercaba lentamente.

—¿Qué asunto tienes aquí?

—Creo que tu humano ha estado portándose mal —señaló Alderian mientras lo rodeaba, sin quitarle la vista de encima. Cualquier gesto de reconocimiento sería suficiente para confirmar sus sospechas.

Antian comenzó a reír a carcajadas, una risa que le provocó escalofríos por la crueldad que encerraba.

—¿Sabes de qué me he dado cuenta en estos años? Realmente vibramos de forma similar al A’aruin al que estamos conectados. Milán y yo… somos parecidos, más de lo que crees. Y te diré una cosa: ese chico es capaz de hacer cosas terribles. Tienes razones para tener miedo.

Alderian tensó los músculos, abrió sus imponentes alas negras, preparado para atacar.

—¿Y qué vas a hacer? —prosiguió Antian, sin inmutarse—. Mejor dicho, ¿qué puedes hacer? ¿Crees que por tu pequeña hazaña hace algunos días eres muy especial? ¿Que quizás eres capaz de intervenir en algo si un humano ataca a otro humano? No puedes hacer nada, Alderian.

Antian se reía con placer.

—Intenta lo que quieras—prosiguió—. Estás atado a tu precioso Hilo de Plata, anclado en A’aru de forma permanente. No puedes venir acá, aunque quieras. Mejor haz como yo y quédate allá del todo. En este mundo no tenemos nada que hacer.

Lo dejó solo en la habitación. Si se hubiera quedado un minuto más, posiblemente Alderian hubiera sido tomado prisionero poco después por matar a un A’aruin.

* * *

La clase terminó y Alderian aún no había regresado. Su ausencia le pesaba más ese día, justo porque se sentía particularmente vulnerable. Un par de compañeras pasaron a su lado y, sin disimulo, comentaron:

—Nunca sabes cuando una mosquita muerta en realidad es una víbora.

—Mira que, con esa cara de inocente, se mete con todos…

Una furia desconocida se incendió en su pecho. Augustine se puso de pie con brusquedad.

—Repite lo que dijiste —exigió a sus espaldas. El aula se quedó en completo silencio.

—No he dicho nada que no esté diciendo todo el mundo —respondió una de ellas, mientras se daba la vuelta y la miraba de frente—. Te crees que porque eres un poco bonita puedes estar robando novios por ahí.

Augustine apretó los labios, pero al final se puso a reír con suavidad.

—Vaya, pero si tenemos acá a dos modelos de conducta moral y ética que toda mujer debería seguir —dijo con sorna—. ¿Quién eres tú exactamente para venir a juzgar mi vida? Si me meto con uno o con otro, ¿qué te importa a ti?

—Ni siquiera intentas negarlo —exclamó la otra chica, atónita.

—¿Y por qué habría de negarlo? —resopló Augustine.

Alderian, en ese momento, estaba a su lado, mirando la escena sin entender—.

Primero que todo, no tengo que dar explicaciones de mi vida privada y, segundo, creo que hace tiempo ya pasamos la época en la que las mujeres debíamos avergonzarnos por nuestra libertad sexual.

No me avergonzaré de mi cuerpo ni de mí misma por comentarios del siglo pasado. Vergüenza debería darles a ustedes.

No esperó su respuesta y cogió su mochila para abandonar la sala.

Caminó por el pasillo derecho hacia el baño. Escuchó que David la llamaba a sus espaldas, pero no se detuvo. No quería que la viera llorar.

Entró al baño, que estaba lleno, aunque logró encontrar una de las cabinas desocupadas y se encerró ahí. Pasaron dos minutos, cinco minutos, y el silencio le indicó que ya estaba sola.

Salió con cautela. Alderian la esperaba apoyado contra la pared. La miró interrogante, pero esperó a que ella empezara a hablar antes de acercarse.

—Hablar fue peor, ¿cierto? —preguntó con un hilo de voz. Todavía sentía ese calor en el pecho que la había obligado a actuar, pero empezaba a entender lo que había hecho—. Ahora todo el mundo pensará cualquier cosa de mí.

Alderian sonrió con dulzura y se acercó a ella. Se inclinó ligeramente, hasta que sus ojos quedaron a la misma altura.

—Estuviste genial —la elogió, sonriendo.

—No te burles, estuve fatal. Mi reputación se fue por el tacho de la basura.

—Pero eres más libre —resolvió Alderian—. No necesitas complacer a nadie, Augustine. Puedes hacer lo que quieras, le guste a quien le guste. Recuerda que eres un gato y todas ellas son ratones.

Augustine no pudo evitar sonreír.

Al salir del baño, el pasillo estaba casi vacío. Solo una persona se encontraba al otro lado del corredor. Se acercó a ella con una sonrisa compasiva en el rostro.

—Aquí estás —dijo Milán.

Augustine notó cómo Alderian se erizaba a su lado.

Augustine no sonrió de vuelta, simplemente, empezó a caminar y él la siguió de cerca.

—Vaya, han pasado muchas cosas… Quería decirte que yo no soy como tus «amigos». Yo sí te apoyo y te defenderé de quien se atreva a decirte algo.

Augustine se detuvo en seco y lo miró de frente.

—Te agradezco la intención, pero no necesito que me defiendas. Si no quieres verte envuelto en rumores, te sugiero que te mantengas alejado de mí.

Milán sonrió.

—¿Te preocupas por mí?

—Lárgate de una vez. —Escuchó decir a Alderian. No podía estar más de acuerdo con él.

Suspiró y dijo:

—Escucha, Milán. Estoy en una circunstancia muy incómoda. No tengo cabeza ni ganas para preocuparme por nadie más, por eso te pido que mantengas tu distancia.

—No… quiero que sientas mi apoyo en este momento difícil. Estoy dispuesto a enfrentar las consecuencias.

—Pues no sé si el hecho de que estés conmigo me ayude demasiado, precisamente por el tipo de rumor que circula en torno a mí. ¿No viste acaso la publicación?

—Sí la vi, pero todo es mentira. Nadie te conoce como yo, sé que eres inocente.

—Apenas nos hemos conocido en clases, ¿qué te hace pensar que sabes algo sobre mí?

Se alejó de Milán sin mirar atrás y no llegó a ver la sonrisa enigmática en su rostro. Pero Alderian sí la vio.

—Más te vale no estar detrás de esto… voy a estar vigilándote —amenazó Alderian, siguiendo a Augustine por el pasillo.

Augustine entró a la siguiente clase con menos confianza de la que quería proyectar.

Nadie la miró. Parecía, de pronto, invisible.

La brutal indiferencia de personas adultas le resultó más chocante que los comentarios ocultos.

Distinguió a Amanda sentada a pocos metros de ella. No veía a David por ninguna parte.

Amanda levantó el rostro como si hubiera sentido su presencia, pero miró de inmediato hacia otro lado para evitar encontrarse con su mirada. Ese pequeño gesto le dolió más que ningún insulto.

Se puso de pie y se retiró de la sala.

El calor quemante en su pecho, que antes se había mitigado, empezó a abrasarla por dentro nuevamente.

¿Qué era esa sensación?

Rabia. Ira.

Le costaba reconocer sus propias emociones, porque nunca antes se había visto expuesta a ellas de forma tan cruda. O no se había permitido reconocerlas.

Siempre complaciente. Siempre adaptada.

Basta.

—¿Qué harás ahora? —preguntó Alderian, sintiendo en sus venas correr el fuego que quemaba a Augustine. Se dio cuenta de que su conexión últimamente era mucho más íntima y era capaz de sentir las olas de emociones que la embargaban como si fueran propias.

—Voy a llegar al fondo de esto —respondió con determinación—. No estoy dispuesta a dejar que pasen por encima de mí gratuitamente. Quien sea que haya hecho esto ha dejado huellas… Si miras con atención, puedes llegar a descubrir cuál fue el primer movimiento que provocó el caos.

Alderian se paró frente a ella y la obligó a mirarlo.

—Ten cuidado, Augustine. El mundo humano está lleno de gente rota, gente que no teme hacer daño por placer.

—Sé que, como mi A’aruin, debes evitar que me meta en problemas… pero no puedo quedarme con los brazos cruzados. Sé mi hombre ahora, no mi protector. Si te preocupas por mí, entonces acompáñame… pero no me pidas que no haga nada.

—No te equivoques conmigo, Augustine… Adonde sea que vayas, yo iré contigo. Haz lo que quieras. Literalmente. Si quieres quemar el mundo, lo quemaré también. Si quieres transformarlo en un infierno, seré quien abrirá las puertas del abismo para ti.

Augustine sonrió abiertamente por primera vez en el día.

—Buen chico —contestó y siguió caminando rumbo a la biblioteca.

Entró a los cubículos donde estaban los computadores, inició sesión, estiró sus dedos y se sumergió en la búsqueda.

Se demoró varias horas en descubrir quién era la persona detrás de la cuenta Confesiones de Campus: Isaac, un compañero de último año de otra carrera.

No lo conocía en persona, pero se había cruzado varias veces con él en el pasillo.

Con un rigor frío comenzó a investigar sus horarios de clases. Ese día no iba a la universidad, pero al siguiente sí.

Se levantó decidida. Ya verían de lo que era capaz.