Capítulo 22
Capítulo Veintidós
— M e tienes así desde mucho antes de que pudieras verme —admitió Alderian con una vehemencia que la sorprendió—. Y tengo razones para pensar que ha sucedido lo mismo contigo. Me has deseado y anhelado desde antes de tu existencia actual como Augustine.
Un escalofrío eléctrico recorrió su espalda.
Un amor antiguo, prohibido. Sí, así se sentía.
Sus sentimientos por Alderian eran dolorosos y dulces al mismo tiempo, de una manera que no había experimentado antes.
Creía que había estado enamorada de sus anteriores parejas, pero esas emociones le parecían banales al lado de lo que Alderian provocaba en ella.
—Dejemos de perseguirnos la cola entonces, vida tras vida. Ha llegado el momento de dejar de jugar al gato y al ratón —manifestó Augustine—. Si tengo esta anomalía, no creo que sea una casualidad o un simple error. Creo que tiene significado y consecuencias, y pienso usarlo a nuestro favor.
Alderian ladeó la cabeza.
—Me pregunto quién de nosotros es el gato. Antes hubiera pensado que era yo, pero creo que estaba equivocado. Eres una gata muy astuta y seductora.
Sonreía mientras decía eso. Sus ojos brillaban de emoción.
—Prepárate para ser cazado entonces. Puedo ser muy persistente.
* * *
Elarión acompañaba a Ana a su control médico.
Mimí estaba con ella y, a su lado Om´n, su A’aruin.
El Hilo de Ana brillaba completamente plateado, hacía mucho que no lo veía así.
Su alivio se mezclaba con sentimientos de culpa por los pensamientos que había albergado en los últimos tiempos, tan lejanos de ella.
¿Qué era lo que la Mensajera tenía que lo confundía tanto?
No destacaba particularmente por su hermosura. Sí, reconocía que resultaba atractiva a su manera, pero no poseía una belleza, en definitiva, que lo invitara a admirarla por algo puramente estético y tan pasajero.
Podía reconocer en ella una lucidez que le resultaba intrigante, pero ni siquiera eso justificaba la obsesión que había desarrollado en los últimos días, en especial después de verla resistir el Olvido, aferrándose al recuerdo de Alderian.
Sí, eso sí le había afectado.
Verla tan devota a Alderian se sintió como un cuchillo ponzoñoso en el corazón. Elarión siempre había sido un A’aruin ecuánime, neutro, equilibrado. Y ahí estaba, como un chiquillo humano, sintiendo… ¿qué? ¿Celos?
O quizás simplemente envidia.
Ridículo, en cualquier caso.
Recordaba vagamente la forma espiritual de Augustine. ¿Aldana era su nombre?
Una A’aruin como tantos otros, nada especial.
Y, pese a eso, ¿cuántas veces en esos días se había imaginado reemplazando a Alderian? ¿Desplazándolo y ocupando su lugar junto a Augustine?
Porque sí, quería pertenecerle a ella, que su Hilo de Plata los uniera de forma irrevocable, aunque ese solo pensamiento fuera una herejía contra el designio de Lethe.
Sacudió la cabeza, molesto. Om´n notó el gesto.
—¿Qué pasa, Elarión? Llevas días peleando contigo mismo y siempre sales perdiendo.
Elarión pensó un momento antes de responder.
—¿Has sentido deseo, Om´n?
—Para sentir deseo debes tener una expectativa… Supongo que es algo que solo experimento cuando encarno como humano.
Elarión asintió.
—Hasta ahora, encarnar como humano me parecía «bajar» a un estado inferior. Pero ahora pienso que es la única ocasión en que somos realmente libres.
Om´n lo observó pensativo.
—¿Para qué quieres esa libertad? ¿Qué es lo que te falta ahora?
Elarión no sabía la respuesta, en verdad. Solo sabía que quería que los ojos verdes de Augustine lo miraran solo a él.
* * *
Saliendo de la ducha hacia su habitación, apenas cubierta por una toalla, Augustine se sobresaltó.
Sentado en su cama estaba Elarión. Con las alas a la vista, majestuoso como un rey, parecía sacado de un libro de dioses griegos.
—¿A quién quieres impresionar? —se quejó Alderian entrando desde la sala—. Pareces un pavo real exhibiéndote así.
Elarión se puso de pie y se acercó a la muchacha.
—Saludos, Mensajera.
—Hola… —Augustine se sentía algo cohibida al verse semidesnuda frente a él, aunque Elarión no pareció notar su incomodidad.
—¿A qué debemos el honor de tu visita? —preguntó Alderian.
—Vine a ver a la Mensajera.
—Precisamente a eso me refiero. ¿Por qué?
—No necesito darte explicaciones…
—No opino igual que tú.
—¡Basta! —los interrumpió Augustine—. ¿Qué pasa con ustedes? Dios, ¡parecen críos! Elarión, eres bienvenido siempre que quieras, aunque de preferencia, en momentos del día en que yo esté presentable.
—¡No le digas eso! —se quejó Alderian.
Augustine lo miró con una severidad que lo dejó mudo. Sacó un vestido de su armario y mientras se dirigía al baño para vestirse, le preguntó:
—¿Cómo ha estado Ana? Hablé con ella ayer y me dijo que está bastante mejor, ¿es así?
Elarión entonces le contó con detalle los avances de Ana, la franca mejoría que había observado desde que comenzó sus tratamientos. Sonaba entusiasmado y esperanzado.
—Qué alivio —declaró Augustine, volviendo a la habitación, ya vestida y con el cabello húmedo cayendo por su espalda.
—Sí, Ana ya está saliendo de esta crisis…
—Y también tú —añadió, sonriéndole con dulzura.
Elarión sostuvo su mirada largamente y continuó mirándola incluso cuando se ocupó en buscar su secador de pelo.
—Basta —le advirtió Alderian, cuando abandonó un momento la habitación.
Elarión no disimuló su irritación.
—No eres quien para decirme cuándo detenerme.
Nada más regresar, Augustine notó la frialdad en el ambiente. Sabía que Alderian se sentía amenazado por la presencia de Elarión, y le resultaba adorable verlo tan posesivo. Ambos la miraron cuando entró en su cuarto, pero ella solo tenía ojos para su A’aruin.
Elarión frunció levemente el ceño. Aunque su primer impulso fue irse, obstinado, decidió no moverse ni un centímetro.
Augustine rebuscó algo en su bolsillo, sorprendida. Su celular estaba vibrando.
—¿Hola? ¡Amanda!
Se puso a conversar animada, mientras a sus espaldas se desarrollaba una guerra verbal que prefería no escuchar. Se cubrió el oído libre para no distraerse.
—¿No es hora de que te vayas? —susurró Alderian, sonriendo con ironía.
—No, estoy muy bien, gracias —respondió Elarión, indiferente.
—¿Qué es lo que pretendes, Elarión? ¿Qué bicho te picó?
—El mismo bicho que te picó a ti —respondió, con una mirada reveladora a la joven que en ese momento se reía de algo que le había comentado Amanda.
—Claro, pero tú deberías ser inmune a ese bicho en particular… —Alderian no dejaba de sonreír, aunque en su voz se notaba la impaciencia.
—Parece que aún no desarrollo esa inmunidad de la que hablas.
Alderian suspiró, resignado.
—Sufrirás —declaró por fin, esa vez sin atisbo de ironía en la voz—. Augustine y yo tenemos una conexión contra la que jamás podrás competir.
Elarión lo miró por primera vez.
—Lo sé y, aun así, no me puedo alejar… ¿No te dice algo eso?
Alderian negó con la cabeza, impaciente.
—En otros temas, amigo mío, podría ser más tolerante contigo. Pero con esto no te dejaré siquiera intentar algo. Retírate. Ahora.
—Sí, veámonos más tarde en la cafetería. Avísale a David, no lo he visto desde que salimos de exámenes —se despidió Augustine.
Al darse la vuelta, Alderian estaba solo y la miraba con gran satisfacción.