El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 21
39%

Capítulo 21

Capítulo Veintiuno

E sa noche, ya de madrugada, Alderian regresó a A’aru con la mente sumida en un caos.

Augustine lo estaba volviendo loco. Tuvo que ocupar toda su fuerza de voluntad para no entrar en sus sueños en ese pequeño jardín y hacerla suya ahí mismo.

El deseo que sentía era como un fuego que ya se encontraba fuera de control. El límite que él mismo había trazado en ese momento era inexistente.

Se reprochó por sus permanentes contradicciones cuando se trataba de ella.

Después de todo, ¿qué podía ofrecerle?

Solo castigo, desolación.

Lo sabía y, aun así, quería creerla. Quería creer que Augustine voluntariamente estaba aceptando las consecuencias de lo que se estaba gestando entre ellos.

Antes de darse cuenta, estaba frente al dormitorio que ocupaba Aldana cuando él se encarnaba como humano.

Aldana.

Augustine.

La misma persona, la misma esencia, con la diferencia de que él existía solo en el mundo de la segunda.

Tocó el pomo plateado de la puerta.

¿Se molestaría Aldana si supiera que había entrado?

¿Pensaría que era un bicho raro?

Giró la manilla y cruzó el umbral.

Una luz etérea e inmaterial brillaba en ese espacio vacío. Se sintió extraño al pensar que Aldana había dormido en esa cama, que había visto su imagen reflejada en el espejo del tocador.

Ahora solo lo reflejaba a él.

Se sentó y pasó la yema de los dedos por el frío mueble. Con seguridad, cuando Aldana estaba ahí, ese lugar se sentía cálido y luminoso. Así era ella. Así seguía siendo. Humana o A’aruin, para él era lo mismo.

Un manojo de papeles llamó su atención… parecían cartas escritas a mano.

Habían pasado muchos años desde la última vez que había entrado a esa habitación. ¿Desde cuándo estaban ahí?

Cogió las hojas con cuidado, sintiéndose culpable de violar la privacidad de Aldana, pero, a la vez, con una curiosidad que le impedía marcharse sin más.

Leyó la primera frase y su corazón dejó de latir por un segundo:

22 de diciembre de 2005

Mi amado Alderian:

¿Qué? ¿Había leído bien?

¿Aldana le había escrito una carta a él? ¿Y lo hacía con una expresión de amor?

Sintió sudor frío en su frente. Respiró hondo y volvió a la lectura.

22 de diciembre 2005

Mi amado Alderian:

Si estás leyendo esto, tal vez hayas sentido curiosidad por mí. Has encontrado mis cartas porque has entrado a mi habitación, lo que quizás significa que estás pensando en mí ahora mismo…

Gracias…

Gracias por recordarme, aunque no sepas por qué.

¿Será que piensas en mí porque mi deseo desesperado de llegar a ti ha trascendido la muerte y el Olvido?

Quisiera hablar largamente contigo sobre tantas cosas… pero mi tiempo ya está llegando a su fin y me temo que el Olvido será implacable esta vez…

Lo único que puedo hacer es dejarte estas cartas que, sin sentido, escribí para ti en estos últimos años, esperando que logres entender las piezas de un puzzle incompleto.

Si, por el contrario, has entrado a mi habitación por mera casualidad y estas cartas te parecen un capricho extraño de tu compañera, te pido que intentes cuestionarte y entender por qué tu alma ha resonado conmigo, por qué tu Hilo de Plata te conecta a mí.

Y recuérdame de vez en cuando… por favor, prométeme que lo intentarás.

Tuya por siempre,

Aldana

Las manos le temblaban. Lo impensado, el milagro, estaba frente a sus ojos…

¿Aldana tenía sentimientos por él?

¿Lo que él, por siglos, pensó que era un amor unilateral había sido correspondido?

Su corazón palpitaba enloquecido ante la inesperada revelación.

¿Acaso los sentimientos actuales de Augustine eran un vestigio de lo que Aldana sentía realmente por él?

Miró ávido el resto de los papeles. Todos parecían entradas de un diario de vida, fechados entre 2004 y 2005, es decir, justo antes de que Aldana encarnara en Augustine.

Eso significaba que esas cartas habían sido escritas en su última encarnación como A’aruin.

Cerró los ojos, intentando calmarse.

—Ardamos juntos y no dejemos nada de pie —murmuró.

Un ansia salvaje le hizo volver junto a Augustine.

Ella dormía y, aunque su escaso lado racional le insistía en que debía dejarla tranquila, la carta de Aldana había roto el último seguro que quedaba resguardando su cordura.

No debía hacerlo, pero entró en su sueño.

La encontró sentada en el mismo banco del jardín interior en el que habían estado antes en la universidad. Una luz etérea llenaba el espacio de calidez.

Augustine se encontraba al lado de una versión onírica de él mismo y se sintió extrañamente conmovido al darse cuenta de que habitaba incluso en los rincones de su inconsciente, sin saberlo.

En un segundo, estuvo sentado en el lugar que antes ocupaba la versión imaginada de sí mismo. Augustine lo miraba con dulzura, una que nunca antes había visto. Su vulnerabilidad lo desarmó por completo.

—¿Qué harías si pudieras tocarme?

La pregunta de Augustine resonó como un eco de la conversación que habían sostenido un rato antes.

Alderian sentía su corazón golpeando su pecho, desbocado.

—Si pudiera tocarte… quizás comenzaría acariciando tus labios así…

Rozó con la yema de sus dedos la boca entreabierta de Augustine, pudo sentir su aliento cálido mientras acariciaba sus labios.

—Si pudiera tocarte —continuó hablándole al oído—, seguramente querría saber cómo se siente el sabor de tu piel.

Con su lengua rozó el lóbulo de su oreja, para besar luego su cuello.

—Querría sentir tu aroma…

Bajó hacia el nacimiento de sus pechos y hundió el rostro en su piel, con el fin de inhalar profundamente la intoxicante fragancia de su cuerpo.

—Y sobre todo… querría besarte.

Se lanzó a los labios de Augustine con urgencia. Ansiaba sentir su sabor, devorarla por completo. Introdujo su lengua con violencia, a lo que Augustine respondió con igual intensidad.

Se separó brevemente para mirarla.

¿Lo estaba disfrutando ella también?

Augustine jaló su Hilo de Plata para obligarlo a iniciar un nuevo beso, más salvaje que el anterior.

La atrajo hacia sí y la sentó a horcajadas sobre su ingle. Augustine sintió su miembro erecto y presionó sobre él con un gemido de placer.

Aunque sabía que ella estaba influida por su estado onírico, con escaso autocontrol, no le importó en ese momento. Quería poseerla y que sintiera un placer que la hiciera olvidar cualquier experiencia que pudiera haber tenido en el pasado.

Sin interrumpir el beso, desabotonó su blusa y dejó al descubierto los generosos pechos que tanto había ansiado acariciar.

—Que exquisita eres, Augustine —murmuró mientras sus manos la recorrían con avidez. Ella jadeaba extasiada, arqueándose ante su tacto. Alderian aprovechó ese cambio de posición para llevarse sus pechos a la boca y succionarlos con fuerza. La sensación era mejor de lo que había imaginado.

En ese instante, el cuerpo de Augustine comenzó a deshacerse, como una flor de diente de león al viento, hasta desaparecer por completo, dejando sus brazos (y su cuerpo ardiente) vacíos.

Augustine había despertado.

* * *

El sonido de la alarma reclamaba con insistencia su atención.

¡No! No quería despertar.

Si cerraba los ojos, ¿podría volver a dormir?

Su corazón acelerado y el calor en su entrepierna delataban su agitación interna.

Dios, qué sueño más erótico. En su vida había sentido esa pasión… Y Alderian…

¿Cómo podría mirarlo ahora sin recordar sus ardientes fantasías?

—¿Estás despierta?

Se sobresaltó al escucharlo entrar en su habitación desde la sala contigua.

¿Cuándo había llegado?

Se cubrió el rostro con la sábana, incapaz de verlo sin pensar en que quería sentir nuevamente sus labios en la piel.

—¿Estás bien, Augustine?

Su voz sonaba muy cerca.

Se descubrió lentamente para encontrarse con su rostro a solo centímetros del suyo.

—Deberías haber dejado esa alarma apagada. Nos interrumpieron en el mejor momento —comentó Alderian con una sonrisa sensual.

Augustine se incorporó de un salto y lo miró atónita.

—¿Eras tú? ¿Realmente eras tú?

Alderian se sentó a su lado. Ya no sonreía.

—Si no hubiera sonado ese despertador, no me hubiera detenido.

Tenía toda la intención de seguir hasta el final…

¿Que qué haría si pudiera tocarte? Augustine…

si pudiera tocarte, no dejaría un centímetro de tu cuerpo sin explorar.

Te haría mía de todas las maneras posibles para que mi olor quedara tan impregnado en tu piel que todos supieran que eres mi mujer ahora y para toda la eternidad.

Augustine contuvo el aliento, sintiendo que su pecho explotaba por las palabras que por fin, se daba cuenta, había querido oír desde el principio mismo.

—Pero, Augustine, amor mío… —Augustine se estremeció al escucharle usar un apelativo tan afectuoso— Si tú quieres que paremos acá, todavía estamos a tiempo.

Siempre podemos decir que entré en tus sueños sin tu permiso…

Fue mi decisión, no la tuya. —Augustine iba a decir algo, pero Alderian la interrumpió—.

Sin embargo, si decides continuar, si te sientes como yo…

entonces estamos en un punto de no retorno.

No hay vuelta atrás. Yo seguiré hasta el final, aunque signifique sumir en cenizas este mundo, porque no me estoy entregando a un destino trágico, ni permitiré que nadie te haga daño.

Alderian sostenía su mirada sin un atisbo de duda. Iba en serio.

Augustine sonrió satisfecha.

—Hay algo que no entiendes, Alderian —susurró—.

Quiero que te obsesiones tanto conmigo que no quepa en tus pensamientos nada más que yo…

Deseo verte perder la cabeza y que lo único que veas sea a mí.

Solo hay una elección que debes hacer hoy: desearme tan intensamente que no seas capaz de controlarte más.

Porque no quiero tu control, quiero tu fuego.

Los ojos de Alderian se encendieron con un brillo dorado y se acercó lentamente, como un depredador.

—¿Qué estás diciendo? —Su voz sonaba como un dulce y peligroso ronroneo—. ¿Acaso no ves que ya me tienes así?