Capítulo 20
Capítulo Veinte
A lderian miraba el techo abovedado de su habitación, tendido sobre el suelo frío.
A duras penas había logrado regresar al lado de Augustine después de sacarla del aula, pero el doble esfuerzo le estaba pasando factura. Le dolía cada músculo del cuerpo, como si mil astillas se le hubieran clavado por dentro.
¿Cómo había logrado trasladarla tan lejos y con tanta precisión?
No lo sabía. Era la primera vez que intentaba una hazaña así y la había concretado solo por instinto.
No se trataba de una maniobra habitual en absoluto, apenas conocía a unos pocos A’aruin capaces de dominar la técnica, y, aun así, solo trasladaban a sus humanos unos cuantos metros lejos del peligro.
Sintió el eco de unos pasos subiendo por la escalera. No se sorprendió demasiado cuando vio entrar a Kala en su habitación.
No se incorporó, apenas alzó los dedos de una mano en señal de saludo mientras la seguía con la mirada.
—Todos están hablando de lo que pasó, Alderian —saludó ella, al mismo tiempo que se sentó con naturalidad en uno de los divanes—. ¿Se encuentra bien Augustine? Supe que estaba muy cerca de las Sombras. La gente presente terminó hospitalizada por el efecto.
—Augustine está bien. Logré sacarla a tiempo —respondió Alderian, desganado.
—No lo podía creer cuando me lo dijeron —admitió Kala, al cabo de unos momentos de silencio—. Dicen que es una técnica peligrosa, por algo casi nadie la utiliza.
—Lo haría de nuevo si fuera necesario, ya me conoces.
—Estás demasiado apegado a tu humana, Alderian —expuso la joven con cautela—.
Deberías considerar poner un límite a tu deber.
No es adecuado que te pongas a ti mismo en riesgo, incluso por su bien.
¿Qué pasaría si mueres en el intento de protegerla?
Se quedaría a la deriva, como un barco perdido en la tormenta.
Moriría de manera inevitable, al perder su conexión con A’aru.
—Ese es un buen punto —concedió Alderian, incorporándose con esfuerzo—. Entonces solo me queda una opción.
Kala lo miró intrigada.
—No puedo morir. Debo protegerla y seguir viviendo. Ser más fuerte.
Alderian hablaba en serio. Kala se sintió avergonzada, aunque no entendía del todo por qué.
—No tienes remedio —dijo, sonriendo.
—¿Qué otros rumores has escuchado? —preguntó Alderian, interesado—. ¿Hay alguna pista sobre la razón del ataque?
—No hay pistas, pero todos coinciden en que fue un hecho muy anormal. Las Sombras rara vez toman la ofensiva… nadie entiende este comportamiento. Lo más llamativo es que hayan actuado juntas, casi como si tuvieran un plan.
—Eso no tiene mucho sentido. Las Sombras son seres inferiores, incapaces de actuar con una intención propia.
—Bueno, lo que pasó hoy dice lo contrario. Hay quienes afirman, además, que hoy tenían un objetivo, que buscaban atacar de forma deliberada, aunque no veo qué asunto puedan tener con un grupo tan pequeño de humanos.
Alderian se puso en alerta. Era imposible que se tratara de una coincidencia. El único Hilo Negro había sido el de Augustine, tal como Elarión había notado con perspicacia, incluso antes que él mismo.
Y estaba ese asunto que lo inquietaba: las Sombras llevaban ya un tiempo buscando a Augustine, aunque nunca de una forma tan agresiva. No podía ser casualidad, considerando su anomalía.
—Es posible que citen a todos los que estuvieron involucrados hoy para dar testimonio, para que te prepares —continuó Kala.
Precisamente, lo que se temía.
Escucharon a lo lejos la Trompeta de la Tarde, puntual como siempre, convocándolos a Lethe.
—¿Puedes ponerte de pie? —preguntó Kala con amabilidad.
Alderian se incorporó en silencio como respuesta.
El recorrido se le hizo eterno. Sentía las alas rígidas y agradeció en su interior que Kala lo acompañara.
No confiaba del todo en su capacidad para mantenerse en el aire por mucho tiempo.
Pese a todo, llegaron sin contratiempos, aunque, apenas apoyó un pie en la hierba a orillas de Lethe, notó un extraño silencio a su alrededor.
El grupo de A’aruin presentes en su sector lo reconoció de inmediato. Sus alas negras eran inconfundibles. Escuchó susurros mal disimulados, notó miradas furtivas, mientras se abría paso hasta la ribera.
No terminó de comprender qué estaba ocurriendo hasta que uno de ellos se acercó e interpuso en su camino. Se trataba de Alineth, lo recordaba porque se habían cruzado un par de veces en el pasado.
—¿Es cierto que hoy utilizaste el traslado alquímico en tu humana? —preguntó sin rodeos.
Alderian lo miró de frente y asintió con la cabeza, en guardia y sin entender del todo las intenciones del otro. Apenas lo admitió, las conversaciones se elevaron con excitación.
—¿Cómo lo hiciste? ¿Alguien te ha enseñado? —Había admiración en su voz.
—Por favor, déjenlo pasar —intervino Kala—. Ha sido un día agotador para él y para todos los que estuvieron presentes…
—Nadie me ha enseñado —interrumpió Alderian—. Solo seguí mi instinto. No creo que sea una técnica que se pueda enseñar. Para mí fue más bien recordar algo que mi cuerpo ya sabía hacer.
Apenas usó la palabra «recordar» se arrepintió. No debería hacer ni decir nada que pudiera levantar sospechas sobre una posible anomalía del Olvido. Para su alivio, nadie pareció reparar en esa sutileza.
La Trompeta hizo el último llamado, invitándolos a entrar en Lethe. Entonces se hizo un silencio sagrado, reverente, y los A’aruin se adentraron lentamente en sus aguas cristalinas.
Alderian sentía su arrullador canto mientras se sumergía. El dolor fue cediendo poco a poco y su energía espiritual comenzó a restablecerse.
Cuando el sagrado ritual terminó, varios A’aruin lo rodearon nuevamente, todavía curiosos.
Aunque quería satisfacer su curiosidad, rechazó la invitación de bajar a una taberna en la zona más poblada de A’aru, donde normalmente se reunían todos a esa hora a socializar.
Demasiado acostumbrado a su soledad, sólo anhelaba el silencio de su palacio.
Mientras volaba de regreso, un pensamiento no terminaba de abandonar su conciencia.
¿Realmente había «recordado» algo?
¿Era posible que la anomalía también lo estuviera afectando?
* * *
Apenas pegó ojo por la noche, después de ver a ese extraño frente a su casa.
No estaba segura de quién era y, en realidad, no quería acusar injustamente a nadie, pero no se pudo quitar de encima la sensación de amenaza.
Esa noche, Alderian le hizo falta.
Tenía clases temprano ese martes, por lo que se encontró con el bullicio y el tráfico de la hora punta. De pie en el bus, entre humanos y A’aruin, Augustine escuchaba todo tipo de conversaciones.
Se sorprendió cuando escuchó que mencionaban el nombre de Alderian. Puso atención, preocupada.
—Te digo que es cierto, logró un traslado de kilómetros. Es un fenómeno —decía un A’aruin de aspecto juvenil a otros dos que lo escuchaban con expresión sorprendida.
Uno de ellos notó que lo miraba fijamente y se sobresaltó. Augustine pudo apenas disimular, actuando como si estuviera mirando más allá de él.
Alderian había logrado algo insospechado, incluso para los de su especie por ella. Sintió una tibia calidez en su pecho.
Apenas bajó del bus, frente a la universidad, se topó de bruces con Milán, que parecía encantado de verla.
—¡Augustine! —la llamó, alegre—. Qué casualidad verte aquí. ¿Cómo lo pasaste este fin de semana? No me llamaste al final para hacer algo.
—Bien, gracias —respondió escueta, forzando una sonrisa. Su eterna costumbre de ser siempre amable la llevó a ignorar los sentimientos contradictorios que le despertaba Milán en ese momento.
Mientras se dirigían al salón de clases, Augustine lo miraba de reojo intentando entender qué aspecto de él le generaba ese rechazo visceral, pero, salvo el hecho de que caminaba demasiado cerca de ella, nada más lo hacía ver particularmente amenazante.
Sintió un alivio inmediato cuando, a lo lejos, distinguió a Amanda. Su amiga la saludó con entusiasmo y se acercó a conversar. Caminaron los tres hasta la sala y se sentaron juntos, Augustine al medio.
En ese momento, apareció Alderian frente a ella, con una expresión de repugnancia que la tomó por sorpresa.
—Ya veo quién era el que te tenía tan inquieta —se limitó a decir—. Lamento haberme demorado, todavía ando un poco lento.
Augustine lo miró de reojo, pero con su sola presencia sentía que podía volver a respirar.
—Escúchame, Augustine. Este tipo de hombres no merece ninguna consideración de tu parte. Debes ser firme, rechazarlo sin miedo.
Augustine se limitó a sacar su libro sin decir nada, considerando que el A’aruin de Amanda estaba cerca y que comenzó a interrogar a Alderian acerca de los eventos del día anterior.
Apenas terminó la clase, se excusó, aduciendo que tenía asuntos urgentes que atender. Amanda intentó retenerla para que fueran todos por un café, pero no quería escuchar nada. No quería pasar otro minuto cerca de Milán.
—Vamos a algún lugar en el que estemos solos —pidió Alderian.
Augustine asintió de forma imperceptible, solo evidente para él.
Caminó por los antiguos pasillos abovedados, dejando atrás salas, patios y áreas comunes.
Se dirigió a una puerta de madera que conducía a un pequeño jardín interno, atrás de una antigua capilla.
Era un espacio encantador, olvidado, con muy poco tránsito por estar lejos de las aulas. En ese momento, no había nadie cerca.
Se sentó en una de las bancas, junto a las estatuas que adornaban el lugar. Una de ellas representaba a un ángel.
Augustine encontró un poco irónica la casualidad.
—¿Estás bien? —le preguntó a Alderian—. He escuchado todo tipo de cosas sobre lo que hiciste ayer. ¿Cómo te sientes?
Él se sentó a su lado, mirándola en silencio.
—¿Qué? —preguntó al ver que no decía nada.
—Se siente bien que te preocupes por mí. No estoy acostumbrado —dijo Alderian con simpleza.
La joven se mordió el labio y sintió un hormigueo recorrer su vientre.
—Eres tan contradictorio, Alderian —le reprochó con un suspiro contenido.
—¿Por qué dices eso?
—Me confunde tu manera de actuar. Te acercas y te alejas como si fueras una ola de mar. Eres impredecible, turbulento, peligroso a veces, pero tranquilo y refrescante después. Decídete qué serás para mí. No me gusta tu indecisión.
—¿Qué quieres que sea para ti? —preguntó a su vez Alderian.
Su mirada preocupada no le gustaba. No quería su preocupación.
—No me contestes con una pregunta.
—Augustine, no estoy en posición de querer nada de ti.
Lo que sea que crees que sientes por mí es solo efecto de la cercanía forzada que hemos tenido este último tiempo.
Es normal que estés confundida. Pero no por una vida humana en la que vives esta anomalía vamos a poner en riesgo tu existencia completa.
—No entiendes, Alderian. Precisamente porque mi vida como Augustine no es infinita, no quiero perder el tiempo.
Alderian cerró los ojos un momento antes de contestar.
—No me digas eso, Augustine. Mi capacidad para ser lógico tiene un límite. Si me sigues empujando, no me contendré más.
Sí. Esa era la mirada que quería de él. Una mirada cargada de pasión y de anhelo. Una mirada que parecía que la iba a quemar viva.
—Tal vez sea eso, precisamente, lo que quiero… que no te contengas más.
—No sabes lo que dices. No sabes lo que puedo llegar a ser si no me contengo.
Augustine se sintió excitada ante esa perspectiva.
—Me molesta no poder tocarte —confesó Augustine en un susurro apenas audible.
Alderian calló un momento para luego responder tan suavemente como ella.
—¿Y qué harías si pudieras tocarme?
La miraba expectante.
La piel de Augustine se erizó de deseo.
—¿Qué haría? —repitió y se mordió los labios.
Alderian observó cada uno de sus gestos con una fascinación que no intentó ocultar. Se acercó hasta quedar a escasos centímetros de ella, apenas respirando.
—¿Qué querrías hacer conmigo? —insistió. Ya ni siquiera intentaba disimular el deseo en su mirada ni en su voz.
Los labios de Augustine estaban entreabiertos, a solo centímetros de los de él.
—Sabiendo que no puedo tocarte en este momento me preguntas eso… Para ser un ángel, puedes ser muy cruel —respondió Augustine.
—¿Cruel? Deberías tomarlo como una advertencia. No deberías jugar con mi fuego, Augustine. No quiero quemarte —repuso Alderian mientras se alejaba despacio.
Augustine lo tomó por su Hilo de Plata de manera inesperada y lo acercó a ella.
—Pues quémame. Ardamos juntos y no dejemos nada de pie.