Capítulo 19
Capítulo Diecinueve
E l Guardián del Orden terminaba de cerrar la grieta en el mundo humano. Con las manos apoyadas sobre la pared de la sala, ya no quedaba rastro visible de la fisura que había dado lugar al caos. Observaba en silencio, atento a lo que ocurría entre quienes aún permanecían en la habitación.
Ya habían llegado los paramédicos y atribuían lo sucedido a una fuga de gas, tal como él había sembrado en sus mentes.
—¿Tienes alguna idea de lo que ha pasado, Guardián del Olvido? —preguntó el Guardián del Orden, acercándose. Se le notaba exhausto. Cerrar la grieta le había supuesto un esfuerzo considerable.
—En mis recuerdos, nada como esto ha ocurrido, ni siquiera en el Antiguo Orden, pero claro, antes éramos más Guardianes…
—respondió el niño, con gesto preocupado—.
Creo que la debilitación progresiva del vínculo entre A’aru y el mundo humano ha vuelto frágiles algunos puntos de nuestra conexión.
Las Sombras son oportunistas, quizás han visto en este quiebre la posibilidad de volver a ocupar esta dimensión.
—Las Sombras siempre han logrado escabullirse hasta aquí a pequeña escala—replicó el Guardián del Orden—. Nunca antes han intentado su ingreso de forma tan masiva.
—Te equivocas —lo corrigió el niño—. Hubo un tiempo en que las Sombras eran parte del mundo.
—No he visto nada de eso en los libros de nuestra biblioteca…
—Eso es porque los libros que han sobrevivido no cuentan la historia completa —le interrumpió el niño—.
En el Antiguo Orden, la unión entre A’aru y la dimensión humana era robusta y había una gobernanza compleja de todos los Guardianes de A’aru que incluía la existencia de otras criaturas.
Era un ecosistema más rico que el actual.
—Si en el Antiguo Orden la conexión entre A’aru y el mundo humano era más fuerte, quizá deberíamos intentar restablecer aquello que la fortalecía.
El niño sonrió, pero su mirada era afilada.
—Es irónico que seas tú quien sugiera algo así, cuando fuiste el principal artífice de eliminarlo. No preguntes más. Los tiempos pasados han sido olvidados por una buena razón.
—Pero es importante conocer esa información para entender lo que está ocurriendo ahora —rebatió el hombre.
—Mi soberanía, mi decisión. —Con estas palabras, el Guardián del Olvido apeló a la autoridad de su dominio y la discusión forzosamente terminó.
* * *
Aunque habían transcurrido ya varias horas, Augustine todavía no lograba sacudirse la fría sensación de muerte que la había abrazado cuando el Olvido quiso tomar su mente.
Sola en su habitación, repasaba una y otra vez los eventos de esa mañana, demasiado asustada como para dormir, aunque ya era entrada la noche.
Alderian la había dejado poco después de que llegaran a casa. Resultaba evidente que no se encontraba en buen estado después de la hazaña de trasladarla lejos del peligro, pese a lo cual no se quejó en ningún momento.
Pensar en que estuvo tan cerca de uno de los miembros del Alto Consejo la abrumaba. Su poder se había sentido aplastante, absoluto, y entendió que su anomalía podría traerle problemas no solo a ella, sino también a Alderian.
Pero ¿por qué? ¿Por qué estaba prohibido todo contacto de forma tan amenazante?
Desde hacía días, un atisbo de duda rondaba sus pensamientos, cada vez más nítido.
¿Por qué los humanos habían sido capaces de representar ángeles en tantas obras de la antigüedad, incluso mencionarlos en textos religiosos, si el contacto con ellos se suponía imposible?
Algo no le cuadraba.
Se sentó frente al computador y escribió algunas palabras en el buscador.
Cualquiera que la viera en ese momento pensaría que había desarrollado un súbito interés por el arte: en la pantalla se desplegaron distintas obras plásticas que tenían algo en común.
En todas aparecían ángeles acompañados de humanos; en algunas, incluso, había contacto físico entre ellos.
De hecho, existían mitos que hablaban de relaciones románticas con este tipo de seres… ¿Respondía todo a un simple producto de la imaginación humana? ¿O había existido algún tiempo en que ese contacto sí fue real?
Augustine se puso de pie y empezó a caminar nerviosa por la habitación. Cada vez que giraba, el monitor quedaba a su espalda, pero inevitablemente volvía a mirarlo. La fotografía de Psyché et l’Amour , de William Bouguereau, seguía abierta allí, insistente.
Conocía bien el mito: una mujer que se enamora de Cupido, que la visita cada noche y que la ama sin mostrarle jamás el rostro.
Una historia de amor condenada desde el principio, pero a Augustine solo le interesaba un detalle: en ese relato, el contacto físico entre un ser alado y una humana era real.
Y no podía engañarse. Quería creer que si era posible.
En ese mismo momento, Alderian estaba en algún lugar de este universo. No como una ilusión o un espejismo, sino un Alderian con un cuerpo real. Elarión incluso mencionó que se hallaba en un palacio, es decir, no en un lugar abstracto, sino en un sitio muy concreto.
¿Existiría alguna manera de llegar hasta él?
La grieta de esa mañana le había demostrado que el paso entre dimensiones no era una fantasía.
Ideas peligrosas en tiempos peligrosos.
No debía empujar sus anhelos en esa dirección, pero la experiencia de casi perder completamente los recuerdos de Alderian la hicieron cobrar súbita conciencia del escaso tiempo que tendrían juntos.
No quería dejar su existencia humana, y olvidarlo, sin haber podido siquiera acariciar su rostro alguna vez.
Augustine se asomó a la ventana, buscando aire fresco. Sentía la ropa pegada a la piel, el cuerpo sudado e incómodo.
Entonces lo vio. Había alguien de pie frente a su casa.
No alcanzó a distinguirlo bien, ya que, en cuanto ella apareció, la figura se dio media vuelta y se alejó con rapidez.
¿Milán?