Capítulo 18
Capítulo Dieciocho
C uatro días libres.
Parecía mucho tiempo, pero transcurrió demasiado rápido.
Ahí estaba de nuevo, sentada en la sala, escuchando el interminable discurso del profesor.
Alderian se encontraba a su lado y parecía más concentrado en la clase que ella misma.
Los últimos días le había visto debatir consigo mismo.
No sabía qué había pasado para que tuviera ese cambio de actitud, pero no lo dejaría retroceder tan fácil.
¿Te parece muy interesante aprender sobre la teoría de la conservación de la energía? , escribió en una esquina de la página donde tomaba sus notas y dejó el comentario a la vista de Alderian. Él la miró risueño, pero no dijo nada.
¡Dime algo! , exigió, sonriendo con disimulo.
Alderian miró el texto y siguió escuchando con renovado interés al docente.
Un zumbido vibrante los alertó a ambos y a todos los A’aruin que estaban presentes en ese momento.
Los Hilos de Plata de todos los humanos se tiñeron de rojo de forma súbita, incluido el de Augustine.
Alderian se puso de pie de inmediato, el aula se volvió un caos del que los humanos eran completamente ignorantes.
Augustine fue testigo de cómo los A’aruin se ponían en guardia y de cómo se manifestaban de golpe aquellos que, hasta hacía unos instantes, estaban en A’aru, todavía sin entender el peligro que los amenazaba.
Fue entonces cuando Augustine la vio.
Una grieta oscura, apenas perceptible, se abrió en uno de los muros de la sala.
De ella se deslizó una sombra semilíquida que avanzaba como una serpiente.
La fisura se ensanchó, visible ya para todos los espíritus protectores, que se dirigieron de inmediato hacia ese punto.
En cuestión de segundos dejó de ser un simple resquicio para convertirse en un cauce desbordado del que fluía el extraño líquido.
Un grito desgarró el silencio del aula.
Uno de sus compañeros se había desmayado. Sangre le brotaba por los oídos.
Augustine miró inquieta a su alrededor: todos sus compañeros, incluso el profesor, parecían afectados por un súbito malestar. Una chica sentada más cerca del muro también perdió el conocimiento y otro compañero vomitó.
En ese momento, lo detectó.
Un Hilo negro.
Su propio Hilo.
Alderian extendió de golpe sus alas y se interpuso entre ella y la masa oscura que se expandía por el lugar. Ya no era una simple mancha; estaba adoptando una forma que Augustine no alcanzó a identificar. Se puso de pie de un salto.
En ese instante, Elarión se manifestó con sus majestuosas alas desplegadas y la cubrió por el flanco que aún estaba desprotegido.
—¡Alderian, llévate a la Mensajera! ¡Es a ella a quien quieren! —apremió Elarión con voz ronca.
Alderian lo miró apenas un segundo y, tras una evaluación fugaz de la situación, envolvió a Augustine con sus propias alas. Lo último que ella alcanzó a ver fue a Elarión, envuelto en una luz blanca, abalanzándose contra la oscuridad.
—¡Alderian! ¿Qué está pasando? —preguntó la joven, con una voz que intentaba mantenerse serena.
Cuando él abrió de nuevo sus alas, Augustine comprendió que ya no estaban en la sala de clases. Se encontraban en uno de los baños del tercer piso del edificio contiguo, que casi siempre estaba desocupado.
Su Hilo había recuperado el brillo plateado, pero Augustine sintió que el pánico le secaba la garganta. Al notar que Alderian guardaba silencio, se dio cuenta de que su figura se veía traslúcida, casi invisible.
—¡Alderian! —lo llamó agitada.
Él alcanzó a decir algo, pero su voz no llegó a sus oídos. Antes de que pudiera entender qué estaba ocurriendo, él ya no estaba allí.
Jadeando de ansiedad, se asomó al pasillo para chequear alrededor. Como era horario de clases, se encontraba desierto y no se vislumbraba nada similar a la grieta que acababan de dejar atrás.
—Mensajera —llamó Elarión a sus espaldas. Augustine se sobresaltó al escucharlo.
Entró rápido al baño, cerró la puerta y pasó el seguro.
—¿Qué está pasando, Elarión? —susurró, frenética—. ¿Qué le pasó a esa cosa negra? ¿Dónde está Alderian? ¿Cómo están mis compañeros?
Elarión levantó una mano para indicarle que guardara silencio.
—No tengo respuestas, vengo a protegerte en caso de que algo más ocurra.
—¿Qué le pasó a Alderian?
—Está en su palacio, lejos de aquí. Trasladar a un humano físicamente de un lugar a otro requiere un increíble uso de energía y voluntad.
No muchos A’aruin son capaces de eso, o de mover a un humano más allá de unos pocos centímetros.
Alderian te trasladó de edificio y de piso.
Impresionante —admitió Elarión con un gesto disimulado de aprobación.
Alderian sintió una calidez en su pecho ante el elogio de Elarión.
—¿Y esa cosa? ¿Qué era?
—Era una Sombra, pero diferente a todo lo que yo había visto antes. No estoy seguro, pero sé que es algo grave porque se presentó en el lugar el Guardián del Orden. En breve, llegará el Guardián del Olvido para asegurar que ningún humano recuerde lo ocurrido.
—Es un alivio…
—No lo es.
Augustine lo miró sin comprender.
—Alderian te sacó de la habitación frente a cincuenta A’aruin.
Con seguridad el Guardián del Olvido te buscará para borrar tu memoria.
Eso será suficiente para suprimir tu anomalía y restaurar el Olvido original.
Lo siento, Mensajera… no podré protegerte si eso ocurre.
Pero, antes de que tu memoria desaparezca, quería que supieras que seguiré sirviéndote a la distancia, aunque ya no seas capaz de verme ni escucharme.
Elarión hablaba en serio.
—¿Cómo supiste que estaba en peligro? —preguntó con un hilo de voz.
—Simplemente lo supe… ¿No es asombroso? —Elarión sonreía con tristeza.
En ese momento, un niño de unos doce años apareció en la habitación, seguido de dos guerreros que le escoltaban.
—¿Esta es la humana?
Su voz era suave, pero cargada de un poder sobrecogedor. Sus pies se sentían pesados como plomo, pero Augustine hizo un esfuerzo sobrehumano para mantener una expresión neutra en su rostro mientras se acercaba lentamente al lavabo y se lavaba la cara.
Elarión observaba en silencio.
—¿Qué haces acá, Elarión?
—Saludos, mi señor. Alderian me pidió vigilar a su humana mientras permanecía en A’aru.
—¿Qué está haciendo ese muchacho tonto? —bufó el niño—. ¿En qué estaba pensando cuando sacó a su humana así, poniéndose a sí mismo en riesgo, además? ¿Acaso no sabe que trasladar a un humano de esa manera es peligroso?
—Guardián del Olvido, Alderian es conocido por ser devoto a su humana. Lo ha sido en todas las vidas en las que me ha tocado estar con ellos. Al ver un peligro inexplicable como el que enfrentamos, me parece que solo actuó por instinto.
—Sí, es probable —concedió el Guardián del Olvido—. Vamos a limpiar su desastre.
Acercó la mano al Hilo de Augustine y el color cambió de inmediato. Un lila intenso recorrió veloz la hebra en dirección a la joven y se mantuvo así durante algunos segundos.
—Ya está hecho —concluyó el niño—. Acompáñala hasta su casa mientras Alderian no regrese. Y no te metas en problemas. Si pasara algo parecido de nuevo, simplemente ve a A’aru e infórmalo de inmediato.
—Sí, mi señor.
A los pocos segundos se encontraron de nuevo solos. Él la miraba con una tristeza insondable y la siguió de cerca mientras regresaba a su casa. Augustine no dio señal alguna de verlo ni de escucharlo.
—Mensajera, cumpliré mi promesa —prometió Elarión, solemne—. Te protegeré siempre que no vaya en contra de mi deber con Ana.
—¿De qué hablas? —Alderian estaba ahora a su lado. Augustine caminaba delante de ellos, dándoles la espalda.
—¿Estás bien? ¿Cómo has podido regresar tan rápido?
—Dime qué pasó. Sentí el contacto del Guardián del Olvido, no me digas que… —
Elarión lo miró en silencio y asintió. El rostro de Alderian se retorció en una expresión de agonía y se desplomó de cuclillas, como buscando un punto de apoyo inexistente.
—Lo importante es que la salvaste —intentó consolarlo—. Si no la hubieras sacado de ahí, Augustine estaría muerta.
Alderian no fue capaz de responder.
—Yo sí debo de tener un problema —declaró Augustine de pronto—. ¿Cómo puede ser que, habiendo recibido el tratamiento del Olvido directamente del jefe, no me haya afectado?
Augustine los miró de frente. Sonreía, pese a que le temblaban las piernas.
—Perdóname, Elarión. No quería engañarte. Me daba miedo que alguien nos estuviera mirando, con tantos ojos vigilando.
Alderian tardó solo un segundo en llegar a su lado. Augustine pudo ver con claridad que lloraba. Su hermoso rostro transmitía la más dulce expresión que había visto en su vida.
Elarión contemplaba la escena, atónito.
—Lo has hecho muy bien —felicitó Alderian, aún conmocionado—. Sigue caminando a casa como hasta ahora, estamos cerca.
La joven no dijo más y obedeció en silencio.
—Esto excede mi comprensión, Alderian. Esta anomalía desafía toda lógica. Me preocupa lo que pueda suceder si el Alto Consejo se entera de esto —confesó Elarión—. Ni siquiera creo que consideren redestinarla.
—Ya no se trata solo de vernos o escucharnos. Es que el Olvido no la ha afectado —Alderian pensaba en voz alta—. Augustine, toma el teléfono como hiciste antes y contéstanos desde ahí.
La joven sacó su celular del bolsillo y lo llevó al oído. Elarión notó que aún temblaba.
—¿Qué hiciste cuando el Guardián del Olvido tocó tu Hilo de Plata? —preguntó Alderian.
—No estoy segura… estaba muy nerviosa. No diría que hice algo, pero sí que deseé algo intensamente. Quizás me aferré a ese deseo.
—¿Qué deseaste? —preguntó con suavidad Alderian.
Augustine no respondió de inmediato. Finalmente susurró:
—No olvidarte…
Elarión frenó en seco tras sus palabras.
—Lo siento, debo irme junto a Ana ahora —se excusó con la voz apagada.
Se marchó antes de escuchar una respuesta.
—¿Sabes? —continuó Augustine—. Realmente, sentí miedo hoy. Por un momento, noté una neblina espesa en mi cabeza. Era capaz de recordar tu nombre, pero no tu rostro ni tu voz… sentí que tu recuerdo se deslizaba de mi mente como agua en un vaso roto: lento, pero perdiéndote sin poder evitarlo.
Alderian la escuchaba con los ojos cerrados, el ceño fruncido. Cada palabra de Augustine le atenazaba el corazón.
—Gracias por aferrarte a mí —agradeció Alderian—. En estos momentos, no hay nada que deseara más que poder tocarte.
Augustine dejó caer la mano que sostenía el celular y se dio la vuelta lentamente, hasta quedar frente a él. Alderian abrió los ojos y, sin pensarlo, posó su mano en el rostro de la joven, como acariciándola.