El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 17
32%

Capítulo 17

Capítulo Diecisiete

L a sala de conferencias del Alto Consejo resultaba demasiado grande para las tres personas que la habitaban.

Sus altas paredes con intrincados diseños y las finas columnas de mármol albergaban un ambiente que se sentía opresivo.

Desde los ventanales se veía un cielo plateado, acuoso como una aurora boreal, imposible de adivinar si en ese momento era de día o de noche.

En la estancia había siete tronos de madera blanca, magníficos sitiales tallados con exquisito arte, aunque solo tres estaban ocupados.

Un niño de aspecto sereno, cercano a los doce años, ocupaba uno de ellos.

El Guardián del Olvido, un título adquirido en una época que nadie, salvo él, podía recordar.

Su rostro parecía inexpresivo, casi ausente, mientras escuchaba a la mujer que en ese momento monopolizaba la conversación: la Guardiana de los Hilos.

El tercer miembro del Consejo asentía con vehemencia mientras la escuchaba.

Era un hombre de mediana edad, con una barba meticulosamente cuidada.

El Guardián del Orden, sin duda, apreciaba los esfuerzos de la Guardiana por mantener cualquier anomalía bajo control, y de eso trataba el discurso que ella protagonizaba:

—La unión entre A’aru y la dimensión humana cada día es más frágil —exponía la Guardiana de los Hilos, al mismo tiempo que se levantaba de su sitial.

Caminó un par de pasos por la sala y su eco resonó contra el mármol blanco—.

Es indudable que estamos entrando en una crisis de nuestra civilización producto de la desidia de algunos A’aruin y no cumplir con su mandato sagrado.

Ruines, corruptos, buscan ir en contra de la unión que el mismo Lethe les designó.

—Eso no sería un problema si fueras más prudente con los Hilos de Plata existentes —la cortó, con voz suave pero implacable, el Guardián del Olvido. El niño no se levantó de su asiento; bastó con que alzara ligeramente la barbilla—. El problema eres tú.

La Guardiana se detuvo en seco.

—Has pensado, durante cientos de años, que puedes cortar los Hilos a voluntad, reasignarlos si quieres, y no asumes que, al hacer eso, muchas almas se han perdido y han debilitado el sistema en su conjunto —continuó él, sin parpadear—.

Cortar Hilos no es, ni debería ser, una solución para mantener el orden.

—Mi soberanía, mis reglas —le recordó la mujer, mirándolo a los ojos con intensidad.

Un silencio absoluto se impuso en el salón.

—Esa premisa solo es válida en tanto no afecte la estabilidad de A’aru.

Tu soberanía no puede afectar la de los demás —respondió el Guardián del Olvido con calma, como si estuviera enseñándole una lección a un niño pequeño—.

La gobernanza de los Hilos afecta directamente a la unión cósmica de nuestras dimensiones.

Tu tendencia sistemática a devolver almas a Lethe nos está extinguiendo. Debes detenerte.

El Guardián del Orden se inclinó hacia delante en su sitial. Su barba recortada a la perfección le daba un aire maduro y marcial.

—Su excelencia el Guardián del Olvido no está considerando que el actuar de la Guardiana de los Hilos ha suprimido rebeliones en gestación —replicó, con tono firme—.

A’aruin negándose a encarnar como humanos, o queriendo unirse a otros A’aruin distintos al de su Sincronía Original, humanos intentando traspasar los portales prohibidos hacia A’aru. No podemos tolerar el caos.

El niño frunció un poco el ceño y cerró los ojos. Luego, llevó su mano derecha a la sien como si escuchara un murmullo lejano.

—El hecho es que no hay almas nuevas —manifestó al fin y abrió los ojos—. Lethe no nos ha bendecido con nuevas generaciones y, junto con el genocidio masivo que está ejecutando la Guardiana de los Hilos, nos estamos enfrentando al declive de nuestra civilización.

—¡Guardian del Olvido! —protestó la mujer escandalizada—. Yo no estoy llevando a cabo un genocidio, estoy cumpliendo con mi deber con Lethe.

—Su excelencia, me permito estar en desacuerdo —respondió el niño sin inmutarse.

Un silencio profundo cayó sobre el Alto Consejo, mientras un rayo prístino entraba a través de los cristales y llenaba la sala de una luz plateada y melancólica.

El Guardián del Olvido se levantó de su trono sin mirar a ninguno de los dos. Se dirigió a una de las siete puertas que conducían al exterior del edificio. La Puerta del Olvido, que solo se abría ante su presencia.

Antes de cruzar el umbral, sus ojos se posaron fugazmente en los sitiales vacíos. Un suspiro casi imperceptible se escapó de sus labios.

Un largo pasillo lo esperaba a la salida de la estancia. Sus muros, construidos en un material de brillo incandescente, se encontraban tallados con finura, formando intrincados árboles con sus ramas y delicadas flores. Era como entrar en un bosque encantado, de resplandor sutil y antiguo.

El Guardián del Olvido caminó despacio por el corredor y se detuvo frente a uno de los árboles, del que surgía un rostro de mujer con los ojos cerrados.

Se acercó con calma y extendió su mano hacia el bello semblante.

Cuando lo hizo, las hojas se empezaron a mover, como si un viento invisible soplara con suavidad, y la mujer abrió los ojos, mientras su gesto adquiría una hermosa expresión.

Contempló las delicadas facciones en silencio, quizás recordando tiempos que nadie, salvo él, conocía.

Cuando retiró su mano, la mujer volvió a dormirse.

* * *

El cielo resplandecía en tonos rosados y anaranjados en un atardecer que parecía derretirse sobre las montañas que se alzaban sobre la ciudad. Augustine aún no había regresado a casa. Después de separarse de Ana por la mañana, quería despejarse pensando en otros asuntos.

Alderian la acompañaba en silencio, con un humor sombrío tras la terrible noticia de Lina.

Aún no lograba recuperarse del impacto. Lina había sido una amiga cercana en una época en la que las vidas de sus humanos coincidieron en esta tierra.

No la veía desde hacía algún tiempo, pero jamás imaginó que tendría un final así.

¿En qué pensaba cuando se enamoró de un A’aruin?

No podía criticarla. Él mismo estaba caminando al borde del abismo.

Contempló a Augustine que, sumida en sus propias reflexiones, no parecía haber notado nada.

Descansaban sentados sobre un césped bien cuidado, a la orilla del río que atravesaba la capital dividiéndola en dos. Augustine apoyaba su espalda en el tronco de un gran sauce, inmóvil y pensativa. Desde allí observaba el horizonte embelesada, como si nunca antes hubiera visto un atardecer.

—¿Hay algo así en A’aru? —preguntó sin mirar a Alderian.

—No exactamente… —respondió él—. Podría decir que la geografía se parece: la ciudad está rodeada de cadenas montañosas, igual que aquí, pero en A’aru siempre parece que estamos en una noche con luna llena. No puedes ver la variedad de colores que tienen los atardeceres humanos.

—¿Se está a oscuras? No me imaginaba que fuera así.

—No oscuro —aclaró—. Es luminoso a su manera, pero es como estar siempre en esa hora del día en que el sol ya se escondió, aunque todavía es de día.

Guardaron silencio mientras el astro rey terminaba de ocultarse y la luz se volvía más suave, para dejarlos lentamente en la penumbra. Augustine giró despacio hacia él. Estaban muy cerca.

—¿Como ahora?

Alderian la miró en silencio. No respondió con palabras, solo asintió.

—¿Te has enamorado alguna vez, Alderian?

La pregunta lo tomó por sorpresa.

—Los A’aruin no tenemos permitido enamorarnos. Esos sentimientos se nos permiten solo cuando nos encarnamos como humanos —explicó con amargura, apartando la mirada hacia el río.

—No entiendo… O sea, ¿dos A’aruin no podrían tener una relación romántica mientras protegen a sus humanos? —insistió—. Noté que pareces muy cercano a Kala…

Alderian la miró con un gesto de dolor que no logró disimular.

—¿Por qué me preguntas algo así? Nunca me imaginé teniendo ese tipo de relación con Kala ni con nadie.

Augustine no discutió y Alderian se arrepintió de inmediato por haber sido tan duro con ella. Recordó con un vacío en el pecho que le había prometido que serían solo los dos de ahora en adelante, pero ¿podía siquiera cumplir una promesa así?

—¿Sabías que en A’aru hay un árbol muy parecido a este?

—comentó al cabo de un rato con un tono casi jovial, tratando de limar su anterior aspereza—.

También está a la orilla de un río. He estado pensando, mientras mirábamos el atardecer, que este rincón se parece mucho a un lugar al que voy con frecuencia.

Augustine se levantó con aparente interés por el melancólico sauce. Extendió la mano para rozar una de sus ramas y, de pronto, su rostro se iluminó con una idea.

—¿Qué tal si venimos otro día y colgamos una cinta de este árbol? Puedes hacer lo mismo en A’aru, y así parecerá que vivimos en el mismo lugar. Será como si viviéramos bajo el mismo cielo.

Alderian se puso de pie, mirando sus facciones, bañadas por la última luz del día. Augustine parecía irreal bajo esos colores, como un sueño que alguna vez había tenido.

Su rostro quedó a apenas unos centímetros del de ella. El silencio entre ambos se sentía peligroso, excitante.

—¿Y tú? ¿Qué sientes cuando estamos juntos?

La pregunta de Augustine lo hizo retroceder.

Había un límite que no tenía permitido cruzar. No sin pagar un costo.

Si este era la vida de Augustine, no estaba dispuesto a cruzarlo.

—Eres mi humana. Por supuesto que quiero protegerte. Ese es mi deber —contestó y le dio la espalda—. Vengamos otro día a poner esa cinta…

—¿Eso es todo lo que quieres de mí? ¿Protegerme?

Alderian mantuvo su rostro inexpresivo y giró para mirarla.

—¿Qué más esperabas?

La dejó atrás, sabiendo que esa no era la respuesta que ella esperaba escuchar.

El silencio entre los dos se mantuvo hasta llegar a casa. Alderian no sabía si quizás Augustine estaba enojada o dolida, pero el recuerdo de Lina era lo suficientemente vívido como para mantenerse firme en su convicción.

—Ha sido un día muy largo —declaró Augustine tras cerrar la puerta—. Estoy muy cansada, solo quiero dormir.

—Me iré para que puedas ponerte cómoda —respondió Alderian, preparándose para regresar a A’aru.

Augustine dejó de lado los libros que estaba levantando del sillón y lo miró en silencio.

—No es necesario que te vayas —dijo con espontaneidad—. Después de todo, no verás nada que no hayas visto antes.

Comenzó a desabrocharse la blusa lentamente, sin dejar de mirarlo mientras lo hacía. Se la quitó y se quedó solo en ropa interior.

Alderian se puso de pie con brusquedad; su pulso acelerado, sintiendo que su cuerpo respondía excitado ante la osadía de Augustine.

¿A qué estaba jugando?

Confundido e incapaz de controlarse, huyó sin decir una palabra.

No llegó a ver la sonrisa triunfadora de la muchacha, mientras volvía a ponerse la camisa y seguía ordenando sus cosas.