El Hilo de Plata (El Legado de A’aru 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

Capítulo Dieciséis

E larión se manifestó en la habitación y vio que Augustine dormía profundamente. Permaneció de pie, en silencio, contemplando durante largo rato a la humana cuya anomalía había cambiado su destino.

Por supuesto que la conocía. La había visto crecer año tras año y también la había encontrado en otras vidas. No era la primera vez que su camino se cruzaba con el de Ana.

¿Había notado algo extraño en ella antes?

Sería una mentira decir que sí. Siempre le había parecido una humana más, una entre las muchas que había visto vivir y morir.

Pero esa noche la veía bajo una luz distinta.

¿Una humana capaz de percibir los Hilos de Plata? ¿De ver a los A’aruin y escuchar sus voces?

Era una anomalía profunda, lo bastante grave como para informar de inmediato al Alto Consejo.

Sin embargo, algo nuevo había despertado en él ese día. La curiosidad.

Y decidió que un fenómeno tan insólito merecía ser observado de cerca.

Alderian lo observaba en silencio, consciente de lo extraño que debía parecerle la situación.

—Hablemos en A’aru —propuso, con un instinto territorial que le exigía alejarlo de Augustine.

Elarión negó apenas con la cabeza y lo miró directo a los ojos.

—¿Hace cuánto tiempo está pasando esto? —exigió saber.

—Apenas unos días. No ha pasado mucho… y nadie más conoce la anomalía, excepto tú.

Elarión caminó con pausa por la habitación hasta detenerse frente a Augustine. Alderian lo seguía con la mirada, inquieto. En sus ojos reconoció la misma mezcla de avidez y reverencia que había visto cuando hizo el juramento.

En concreto, por ese acto, sagrado y casi olvidado en el tiempo, se sentía especialmente intranquilo con Elarión.

¿Por qué se inclinaría ante una humana?

—¿Supiste lo de Lina? —preguntó Elarión.

—¿Qué hay con ella?

Elarión respiró profundo.

—Fue devuelta a Lethe hace algunos días.

Alderian no respondió nada, mudo por el impacto.

—Aparentemente, la Guardiana de los Hilos descubrió que tenía una relación con otro A’aruin.

No se sabe quién era él, o si fue devuelto también a Lethe —continuó, suponiendo que Alderian querría saber.

Después de todo, el humano de Lina se relacionó con Augustine en una vida pasada.

Con seguridad, habían compartido bastante en esa época.

Al ver que Alderian estaba conmocionado, no insistió.

* * *

—Mensajera, despierta.

La voz de Elarión resonó con una vibración profunda en sus oídos. Se incorporó soñolienta, pero en cuanto se dio cuenta de quién la había despertado, se despabiló.

—¿Dónde está Ana? ¿Está todo bien? —preguntó, alarmada.

El ángel la tranquilizó con un gesto sereno de la mano antes de responder.

—Ana está durmiendo con su hermana. Han conversado largamente… Diría que no fue una conversación fácil para ninguna de las dos, pero se dijeron cosas que tenían pendientes desde hacía mucho tiempo. El Hilo Rojo de Ana ha disminuido notablemente en intensidad.

—Qué alivio…

—Mañana irán juntas a pedir apoyo en un centro de salud. La hermana de Ana no quiere arriesgarse a que esta situación siga empeorando. Diría que ese es el mejor resultado que podíamos esperar. Hace mucho que Ana debería haber pedido ayuda.

Su voz todavía transmitía dolor. Augustine se sintió profundamente conmovida y, a la vez, agradecida.

—Elarión, han sido tiempos difíciles para ti también. Los A’aruin están condenados a observar impotentes sin intervenir, aunque su mundo se destruya… Lamento tanto que hayas pasado por todo esto…

Elarión ladeó su majestuosa cabeza, mirándola con una mezcla de incredulidad y curiosidad.

—¿Condenados has dicho? —preguntó, pensativo—.

No lo había pensado así antes, pero ahora que te veo, que hablo contigo y que veo cómo eres capaz de comunicarte con Alderian, lo que dices tiene sentido.

Estamos condenados… ¿Por qué no puedo hablar también con Ana, como lo hace Alderian contigo? Se siente injusto y arbitrario.

Augustine no supo qué responder y se sorprendió cuando Elarión avanzó un poco más, hasta situarse a menos de un metro de distancia. Se acuclilló y la miró desde abajo, con intensidad y en silencio.

—¿Quién eres tú para desafiar las leyes de A’aru? No veo nada especial en ti como para que seas la causante de una anomalía así.

—Oye, no te pases —advirtió Alderian, con una amenaza velada en sus palabras—. Permití que la despertaras solo porque sabía que no tendríamos otro momento para conversar, y sé que Augustine está preocupada por Ana, pero no te atrevas a menospreciarla.

—Perdón, Mensajera… Creo que mis palabras han sonado groseras y no era mi intención —admitió el ángel—. Quiero mirarte más… Quiero verte de cerca, con cuidado…

Augustine lo observó, confundida.

—¿Es que acaso puedes ver de cerca a un humano que no sea el que está atado a ti? —preguntó sorprendida.

—Si no lo he hecho antes, no es porque no pueda, sino porque no me ha interesado. Pero ahora sí —resolvió Elarión, enigmático, con la mirada insistente fija en la muchacha.

Alderian puso su mano frente a los ojos de Augustine e interrumpió el intenso intercambio de miradas.

—Cuidado, Elarión —advirtió. En su voz se adivinaba una furia parecida a un volcán despertando.

—Tú ten cuidado —respondió el ángel, poniéndose de pie.

Uno al lado del otro, Elarión se veía imponente: era más alto y corpulento—.

Con todo lo que está pasando, ¿qué pretendes hacer?

Sabes que sería más seguro para la Mensajera si presentaras la anomalía al Alto Consejo de manera voluntaria.

No hacerlo se parece demasiado a un acto de traición.

Un silencio pesado cayó entre ambos.

—¿Nos delatarás? —preguntó por fin Alderian con frialdad.

El ángel negó con la cabeza.

—Mi lealtad a la Mensajera perdurará por esta vida y las que vengan, porque nos ha salvado de un peligro inminente, de una cascada de sufrimiento de la que nos habría sido difícil salir. No la arriesgaré por ningún motivo y la protegeré como pueda.

—Honestamente, no sé si me alivian o me enfurecen tus palabras —resopló Alderian irritado—. Augustine es mía, yo soy de ella. No te atrevas a meterte entre los dos con la excusa de protegerla.

—Ese pensamiento es peligroso, Alderian. No sigas —advirtió Elarión con gravedad.

Elarión les dio la espalda por un momento y caminó por la habitación, en una honda meditación.

—Pese a todo, algo en esta situación me colma de esperanza —dijo al fin—.

Si, como dijo la Mensajera, estamos condenados a pseudovivir mientras observamos impotentes, significa que quizás existe un lugar o una realidad en la que no estemos condenados.

En la que seamos libres y no testigos mudos de la vida de un humano cuyo destino está atado tan estrechamente al nuestro.

Verlos a ustedes me hace pensar que no es imposible…

así que, Mensajera, me mantendré cerca: seré tu bastón, tu brazo y tu apoyo siempre que me necesites. Quiero ver qué tan lejos llegas.

Dicho eso, desapareció de la habitación.

—Qué intenso —se quejó Alderian—. No lo tomes muy en serio, no tienes que demostrarle nada a nadie.

—Pero tiene algo de razón, después de todo. Que tú y yo estemos así tal vez signifique que existe otra manera de relacionarse entre un humano y su A’aruin. Una manera en la que existamos para el otro… Puede que en el pasado las cosas fueran diferentes. ¿O ha sido siempre así?

Alderian frunció el ceño, intentando recordar.

—Incluso a los A’aruin se nos ha sometido al Olvido —respondió con amargura—.

No siento que haya perdido algún recuerdo, pero tampoco soy capaz de responder a tu pregunta.

Todo lo que puedo recordar es haber estado unido a ti y tú a mí.

Recuerdo todas tus vidas pasadas, así como seguramente tú recuerdas todas las mías.

Pero hay un «antes» que no logro evocar…

¿Quién fui yo antes de estar contigo? ¿Estuvimos siempre juntos? No lo sé…

Augustine sopesó sus palabras mientras se masajeaba las sienes con los dedos. Le dolía la cabeza.

—Dejemos este tema ahora. Son las cuatro de la madrugada, tú tienes que dormir. No es momento para intentar comprender los misterios de este Universo.

—Me dormiré, pero Alderian…, esta noche, ¿podrías quedarte a mi lado?

—No me iré, duerme ya mi dulce Augustine.