Capítulo 15
Capítulo Quince
A ugustine acompañó a Ana hasta su casa y decidió pasar la noche allí. Ana vivía sola con su hermana mayor. Sus padres habían muerto cuando todavía estaban en la escuela y su hermana había asumido el rol de la madre que habían perdido.
La vida no había sido sencilla para ellas desde entonces y, en definitiva, Ana cargaba con demasiado peso sobre sus hombros.
Augustine siempre la había visto tan adaptada y optimista que nunca imaginó que estuviera sumida en sombras tan profundas.
Por primera vez se alegró de poder ver los Hilos de Plata.
De no haber sido así, no quería ni imaginar qué podría haber pasado.
—Ana…, ¿has hablado con Mimí sobre cómo te sientes?
La joven negó con la cabeza, aún con los ojos enrojecidos.
—Hablemos con ella, ¿sí? Estoy segura de que hará lo posible por entenderte y ayudar.
Le preparó un té mientras la esperaban.
Al cabo de media hora, el tintinear de unas llaves en la entrada anunció la llegada de la hermana de Ana, una mujer curtida por la vida, pero de aspecto aún juvenil.
Se veía como un pilar firme sosteniendo el mundo entero.
La seguía de cerca su A’aruin, una entidad de apariencia madura, andrógina, que apenas cruzó la puerta notó el Hilo rojo de la muchacha.
No parecía sorprendido. Seguramente, no era la primera vez que lo veía así.
—¡Augustine! Qué sorpresa verte acá, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos visitaste.
—Buenas noches, Mimí —saludó la chica con cariño—. Tienes razón, ha pasado demasiado tiempo. Me aseguraré de venir a visitarlas más a menudo a partir de ahora.
Augustine mostraba una amplia sonrisa, pero mientras Mimí se quitaba el abrigo y guardaba las compras del mercado, miró a Ana con insistencia. Su amiga captó el mensaje, respiró hondo y, con un arranque de valentía, la abrazó por la espalda.
—Mimí…, ¿podemos conversar un momento a solas?
Augustine se retiró discreta hacia la habitación de su amiga, con el fin de darles espacio para hablar. Llevaba tanto rato forzando la sonrisa y mostrándose fuerte que ya no sentía los músculos de la cara.
Al entrar en la pieza, el silencio la golpeó con fuerza. Se dejó caer sobre la cama y se cubrió el rostro con ambas manos, conteniendo las lágrimas y la angustia que le oprimían el pecho. Todo parecía una pesadilla impensada.
—¿Estás bien? —preguntó Alderian a su lado.
—No lo creo, no estoy bien.
—Has hecho algo extraordinario hoy. Protegiste a Ana cuando su A’aruin no podía hacer nada más.
Augustine retiró las manos de su rostro y lo miró.
—¿Alguna vez te has sentido así? ¿Impotente por lo que no podías hacer por mí?
Alderian sonrió con tristeza.
—Más veces de las que quiero recordar.
—Elarión estaba sufriendo mucho… y Ana ni siquiera es consciente de él. Si ella lo supiera, si hubiera tenido su compañía a lo largo de su vida, ¿podrían las cosas haber sido diferentes?
—Nunca lo sabremos, aunque sospecho que sí.
—Este es un sistema de mierda, Alderian, lo digo en serio. ¿Qué tiene de bueno tener a dos espíritus unidos para nunca poder hablar entre sí ni reconocerse mutuamente? No lo entiendo.
Alderian miraba el suelo. Quizás él tampoco lo entendía.
—Pero, ahora mismo, somos muy afortunados —repuso con suavidad al fin—. Mi voz sí llega a ti, tus ojos son capaces de verme… incluso, puedes tirar de mí como si fuera tu marioneta.
Alderian sonrió tirando del Hilo de Plata como recordatorio de su pequeña escena de celos de la tarde.
—Solo te di un pequeño recordatorio.
Alderian se mordió el labio inferior, en un intento de disimular una sonrisa.
—Abrázame —pidió Augustine, desolada.
Alderian no respondió de inmediato.
—Sabes que no puedo… —dijo afligido.
—Estoy triste y nerviosa… ¿No puedes consolarme?
Alderian suspiró y puso su mano sobre su frente.
Augustine tuvo una leve sensación de vértigo y se incorporó en la cama. Algo se sentía diferente.
—¿Qué hiciste? —preguntó, mirando a su alrededor, como si ahí estuviera la respuesta.
—Consolarte —respondió él y la abrazó con fuerza.
Augustine perdió el aliento al sentir su cálido contacto contra su cuerpo.
¿Cómo era posible?
—Estás durmiendo, mi Augustine. O, más bien, te hice dormir. Estamos en tus sueños —explicó sin que ella tuviera que formular la pregunta en voz alta y sin dejarla ir.
—Se siente tan real —susurró, aferrándose a su abrazo.
No dijeron nada por varios minutos, tan solo permanecieron así.
Alderian acariciaba su cabello y le daba suaves palmaditas en la espalda.
Augustine rodeó su cintura con las manos, sintió su firme cuerpo debajo de su camisa.
Tuvo la tentación de acariciar y recorrer su ancha espalda, pero se contuvo.
Alderian se separó levemente y apoyó su frente en la de ella.
—¿Te sientes un poco mejor?
Augustine asintió en silencio. Despacio, llevó una mano a la mejilla de Alderian y rozó su suave piel. Él retrocedió unos centímetros.
—¿No puedo? —preguntó en un susurro apenas audible.
—No es eso… Es que no estoy acostumbrado —admitió Alderian. Acercó su rostro a la mano extendida de Augustine y lo apoyó en ella, cerrando los ojos. Augustine lo sostuvo y lo acarició con su otra mano suavemente, recorriendo sus facciones con la punta de sus dedos.
—Dices que yo también he sido tu A’aruin en el pasado y tu mi humano, ¿verdad? —preguntó Augustine.
—Así es… cuando mueras, volverás a A’aru y yo encarnaré como humano de manera simultánea.
—Te extrañaré… No me gusta que las cosas sean así.
—Si te sirve de consuelo, no me recordarás. Cuando recuperes tu forma A’aruin, perderás todos los recuerdos de haber sido Augustine. Estos momentos solo quedarán guardados en mi corazón.
—¿Cómo podría ser eso un consuelo? Es lo más triste que he escuchado en mi vida.
Alderian la abrazó fuerte.
—No pienses en eso ahora —pidió con suavidad—. Te dejaré dormir. Estás agotada y no es bueno que yo permanezca demasiado tiempo acá.
Acarició su rostro por última vez y besó su frente. Después de eso, ya no supo nada más.