Capítulo 14
Capítulo Catorce
A ugustine abrió la mampara de vidrio de la cafetería, mirando alrededor. Era el primero de sus días libres, se había enfrentado el día anterior a un examen muy denso y solo quería relajarse después de esas semanas tan agitadas.
En una de las mesas del fondo identificó a Kathy, que le hacía señas con la mano. No la veía desde hacía un par de meses, al igual que a Ana, que todavía no había llegado.
Se abrazaron con cariño y Augustine notó la presencia de su espíritu protector, una joven menuda y preciosa como una muñeca.
Saludó a Alderian con familiaridad y Augustine no pudo evitar sentir una punzada de celos.
Alderian rio con algún comentario que le hizo Kala, como así se llamaba, y sin pensarlo tiró fuerte por debajo de la mesa de su Hilo de Plata.
Alderian la miró sorprendido, pero ella se hizo la desentendida mirando al otro extremo de la habitación.
En ese momento llegó Ana, enérgica como un torbellino.
Sin embargo, Augustine tardó menos de un segundo en darse cuenta de que algo no marchaba bien.
El Hilo que la conectaba con su A’aruin se mostraba negro por completo.
Alderian y Kala enmudecieron al verlo, y así entendió que se trataba de una condición anormal.
Ana se veía igual que siempre, así que Augustine no era capaz de adivinar el significado de ese color. Trató de mantener su expresión alegre mientras ponía atención a la conversación de los A’aruin.
El espíritu de Ana se llamaba Elarión y era un joven de aspecto imponente, alto y estoico, como un guerrero sagrado.
Tenía un encanto distinto al de Alderian, una belleza tranquila y noble.
Augustine quedó muy impresionada al ver a una criatura tan majestuosa como un unicornio sumida en lo que parecía ser la más absoluta desesperación.
—¿Qué está pasando, Elarión? —escuchó preguntar a Kala con su voz musical—. ¿Está Ana enferma?
Augustine se asustó.
—No… o no de algo que se pueda sanar físicamente, al menos.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Alderian.
—Ana no ha estado bien. Este semestre ha sido difícil para ella y ya, desde hace un tiempo, piensa que su vida no tiene sentido, que sus esfuerzos no lo tienen… No importa cuánto le hable, mis palabras simplemente no llegan a ella.
Un silencio sepulcral cayó sobre los tres.
«¿Estoy entendiendo bien?», pensó Augustine, con un vacío sordo en el pecho. «¿Acaso Ana está pensando en hacerse daño?».
La miró incrédula. Ana reía como siempre y escuchaba con sumo interés lo que Kathy le contaba en ese momento.
—Si el Hilo se ha ennegrecido, quiere decir que está decidida y que planea hacerlo pronto —manifestó Alderian, serio.
Elarión asintió.
—Creo que será hoy. No… estoy seguro de que será hoy. Hasta ayer, su Hilo estaba rojo. Había peligro, pero no era inminente.
Augustine escuchó lo que parecía un lamento sincero de parte de Kala. No estaba llorando, pero el dolor en su rostro resultaba conmovedor.
—¿Has intentado hablarle en sueños? —preguntó Alderian, aunque su voz carecía de esperanza.
—Así he logrado que resista este tiempo, pero, por algún motivo, ya no puedo entrar en ellos. Creo que su espíritu atormentado rechaza mi presencia.
La desesperación comenzó a invadir a Augustine y, por un momento, pensó que no lograría disimular su angustia. De reojo, vio la expresión horrorizada de Alderian, quien, en su íntima conexión con ella, había notado el cambio en su estado emocional. Respiró profundo.
Al cabo de una hora empezaron a prepararse para la despedida. Augustine apenas había participado en la conversación, pero Kathy estaba tan animada que ese vacío no se llegó a notar. Cuando Kathy tomó su abrigo para despedirse, Kala se atrevió a hablar:
—Puedo quedarme contigo hasta el final, Elarión —se ofreció, con una voz pesarosa que anticipaba el dolor de lo que estaba por venir.
Elarión movió lentamente la cabeza.
—Ese momento será solo para Ana y para mí. Este dolor permanecerá en nuestras almas durante las próximas vidas. No quiero arrastrarte a ese terrible instante ni que también tengas que sufrir por ello. Encontrémonos en otra vida, cuando estemos mejor. Por favor, vete y no mires atrás.
Su serena resignación transmitía un lamento contenido.
Kala siguió a Kathy mientras salía de la cafetería, pero antes de marcharse miró a Elarión por última vez.
Augustine y Ana quedaron a solas.
—¿Te acompaño a la parada de buses? —ofreció Ana, sonriente. Solo en ese momento, Augustine se dio cuenta de que esa sonrisa no alcanzaba a sus ojos. Llevaba una máscara puesta, una que ya no podía engañarla.
Comenzaron a caminar y Ana dijo:
—Ha sido un día muy lindo, qué bueno verlas a Kathy y a ti bien… Han sido mis grandes amigas por muchos años y me gusta verlas felices, haciendo lo que les apasiona…
Una especie de vapor oscuro emanaba de su Hilo, aún más denso que antes.
«Se está despidiendo», entendió Augustine.
Dudó solo un segundo y ya no lo pensó más. La abrazó con fuerza, aferrándose a su calidez.
—No lo hagas —gimió, dando rienda suelta a las lágrimas que había luchado por contener toda la tarde.
—¿Qué dices? —Ana parecía confundida, pero un atisbo de duda asomó en sus ojos.
—Sea lo que sea que estés pasando… o por muy difícil que sea todo ahora mismo… podemos superarlo. No estás sola…
—¿Por qué me dices eso? —Ana sonrió, nerviosa.
—Lo sé. Lo sé todo. No lo hagas. Estoy acá para ti.
Alderian se llevó las manos a la frente y cerró los ojos, mientras Elarión observaba la escena pasmado.
—¿Cómo es posible…? —musitó el A’aruin.
—Amiga, no sé de qué estás hablando —reaccionó Ana, al mismo tiempo que se separaba de su abrazo. Su Hilo seguía negro, rezumando muerte.
—Sí que lo sabes. Lo sabes muy bien. No sé exactamente qué te ha llevado a tomar esta decisión, pero sí sé que no va a terminar con tus problemas.
Entiendo que quizás sientes que no te entiendo, que no podría ponerme en tus zapatos, pero quiero intentarlo.
Quiero entender. Y, como yo, somos muchos los que te amamos y sufrimos al ver tu dolor.
No pudo evitar mirar a Elarión en ese momento y sus ojos se cruzaron brevemente, lo suficiente para que él pegara un respingo de comprensión.
—Ella me ve —dijo Elarión. No estaba preguntando. Miró a Alderian, exigiendo una explicación, pero él no le devolvió la mirada. Simplemente observaba a Augustine.
El silencio cayó entre las muchachas, hasta que por fin Ana formuló la pregunta que flotaba en el aire:
—¿Cómo lo supiste?
Al admitir en voz alta lo que tanto había querido negar, su Hilo dejó de ser negro y se tornó de un rojo carmesí intenso. Augustine se sobresaltó un poco al ver el cambio y, aunque trató de disimularlo, el gesto no escapó a la ávida mirada de Elarión.
—Aunque te lo dijera, no me creerías… Lo importante es que lo sé.
Abrazó de nuevo a Ana y sintió que ella lloraba quedamente. Esa vez era Ana quien se aferraba a Augustine, como si se tratara de un salvavidas que la mantenía a flote en medio de un vasto y peligroso océano.
—Augustine, mensajera cuya voz logró llegar a mi humana, sé que me escuchas —habló Elarión, solemne, desplegando de pronto sus magníficas alas blancas—. El Hilo rojo simboliza peligro, pero no peligro inminente. Has hecho un buen trabajo, y mi gratitud hacia ti no tiene límites.
Como un guerrero de la Edad Media, se arrodilló frente a la joven con la cabeza inclinada, en un acto de sumisión inesperado. Alderian contemplaba atónito la peculiar escena. No todos los días se veía a un ángel arrodillado.