Capítulo 13
Capítulo Trece
L os pasos de la mujer resonaban en la enorme estancia de mármol blanco. Sus aposentos inmaculados eran dignos de su alto rango como Guardiana de A’aru, uno de los tres poderes del Alto Consejo. Se encontraba en ese momento en uno de los cuartos con piscina interior de su palacio.
Magníficas alas blancas surgían de su espalda como único adorno. No llevaba joyas ni una corona. No los necesitaba para lucir imponente y poderosa. El vapor cálido de la habitación hacía que su vestido de seda se pegara a su piel, marcando las formas de su voluptuoso cuerpo.
Un espíritu de servicio abrió la puerta y se inclinó.
—Su Excelencia, han capturado a los A’aruin que ordenó buscar.
—Haz que me esperen en el salón —ordenó, al mismo tiempo que dejaba que su vestido se deslizara al suelo y se sumergía en las cálidas aguas termales.
Su Hilo de Plata lucía diferente al del resto de los habitantes de A’aru.
Visiblemente más grueso y brillante, flotando hacia el techo, donde se separaba en miles, millones de hebras, como un entramado cósmico infinito.
Era la Guardiana de los Hilos, monarca absoluta del destino de las uniones designadas por Lethe.
Flotando en el agua, con la mirada perdida en el cielo, contemplaba el tejido plateado con satisfacción.
Todas esas almas estaban bajo su dominio.
Pasó cerca de una hora disfrutando su baño y solo entonces se preparó para dirigirse al salón. Cubrió su desnudez con una delgada bata casi inmaterial, a través de la cual se podían adivinar los rincones de su cuerpo.
No tenía motivos para sentir pudor. Los A’aruin cautivos no saldrían vivos de allí.
El salón seguía la misma línea elegante que el resto de su palacio, con magníficos pilares enmarcando el corredor que rodeaba la recámara. Un vitral en el techo permitía la entrada de la prístina luz de la luna eterna de A’aru, bañando con sus rayos a la pareja que esperaba de pie en el centro.
Los centinelas no se habían tomado la molestia de encadenar a los prisioneros. Después de todo, ¿quién en su sano juicio intentaría escapar de la Guardiana de los Hilos? No había lugar donde esconderse cuando se trataba de ella.
Los A’aruin prisioneros eran un hombre y una mujer. Tomados de la mano, se enfrentaron firmemente a la mirada de reprobación de la soberana.
—Tienen agallas para hacer eso en mi presencia —comentó con una voz suave—. Separaos.
La orden de un Guardián de A’aru tenía un poder vinculante extraordinario. Resistirse era inútil, doloroso incluso.
La pareja soltó sus manos, con un gesto de sufrimiento. Estaban intentando oponerse, pero sin éxito.
—¿Pensaban que no me daría cuenta? —preguntó la Guardiana de los Hilos acercándose—. ¿Creían que podían romper las leyes de A’aru impunemente? Sus Hilos me pertenecen, no hay nada que yo no sepa.
—Su Excelencia, imploramos piedad —rogó la mujer con voz temblorosa—. El amor en el mundo humano está permitido… ¿Por qué se nos prohíbe a los A’aruin, cuando tenemos el mismo corazón?
—El amor humano es un amor efímero, condenado a ser olvidado —explicó la monarca, a la vez que tomaba asiento en un sitial ubicado al centro de la sala—.
El amor de un A’aruin, en cambio, es eterno…
y esa misma eternidad amenaza los cimientos de nuestra sociedad.
Mírense ahora mismo, cuestionando el orden de A’aru en nombre de su amor.
—Guardiana de los Hilos… no somos un peligro para A’aru. No hemos descuidado a nuestros humanos en este tiempo —argumentó el hombre con rotundidad.
—Eso crees tú, pero te recuerdo que, mientras seas un A’aruin, tu único deber es dedicarte a tu humano y a Lethe.
¿Saben cómo me he dado cuenta de esta irregularidad?
—continuó sin alzar la voz—. Los Hilos que les conectan con la dimensión humana son frágiles, como hebras secas.
Son inútiles, no alimentan en nada a nuestro sistema, solo absorben energía de los demás.
En otras palabras, son ramas que tenemos que podar.
Se puso de pie y se acercó con paso sinuoso. Su presencia empequeñecía a los amantes condenados.
—Guardiana de los Hilos… ¿no podrían redestinarnos en su lugar?
Si nos une con un sagrado Hilo de Plata, estoy segura de que el nuevo hilo traerá beneficios a A’aru…
No seremos una rama seca y recibiremos nuestro castigo, al estar condenados a permanecer separados por el resto de la eternidad —imploró la mujer.
—¿Cuántas veces he escuchado la misma petición? Ya he perdido la cuenta.
Era una pregunta retórica, la Guardiana no esperaba respuesta.
—Son A’aruin corrompidos por un deseo carnal que no debe estar presente entre humano y espíritu protector. Eso solo traería más problemas a futuro.
No siguió escuchando las súplicas de los condenados, llegó el momento de ejecutar su voluntad.
Se dirigió primero a la mujer, que le resultaba más molesta por su ruidoso llanto.
Puso la mano sobre su Hilo de Plata y, como si de un frágil cabello se tratara, se rompió a su contacto.
La A’aruin abrió los ojos y guardó silencio, incapaz de decir nada más.
Su cuerpo comenzó a deshacerse en un fino polvo que flotó etéreo hacia el entramado de hilos del techo.
—Regresa a Lethe… —dijo la Guardiana, mirando hacia arriba. Momentos después, se enfrentó al hombre—. Puedes elegir tu destino: dedicarte a tu humana sin pensar en nada más, o ir a Lethe. Es tu decisión.
El A’aruin se encontraba en evidente estado de shock, por lo que se demoró en articular palabra, pero antes de que la Guardiana levantara su mano hacia su propio Hilo, reaccionó.
—Obedeceré, mi soberana. No volveré a descarriarme.
Ella sonrió con satisfacción y le dio la espalda. Tomaría un nuevo baño; no quería tener residuos de polvo en el cuerpo.